6 may 2011

La ciudad huele a desaparecida.



La ciudad huele a desaparecida. Un olor definitivo que amenaza con perpetuarse, prendido en las chimeneas picudas, colgado en los aleros de los tejados. La ciudad está encogida sobre sí misma, aparenta un caracol protegiendo sus partes más blandas. Acaracolada, cierra sus ojos en dirección al río, que finge ser rojo en vez de transparente en siluetas. Los pájaros han dejado de cantar en los árboles que se nutren de sus lodos. Los cisnes no parecen tan hermosos como lo eran antaño, total, hace una semana que se convirtieron en seres sombríos,  fantasmales. Una pátina de niebla espesa cubre el lecho del río.
El aroma a desaparición impregna tragedias y odiseas, exacerbando unas y menguando las otras.  Todos cuantos tienen un poco de olfato, sienten algo lleno de miseria en medio de sus ropas.
El conjunto de edificios de ladrillos recocidos y corazones encerrados,  con opacos cristales por toda libertad, vela desasosiegos, igual que un ser completo. Se sabe atado con una correa, mientras mira sin cesar hacia el lecho del río que alimenta sus cimientos, lamiendo húmeda la lengua que le besa. En sus entrañas, nervios  recorren tabiques; relámpagos de acero a punto de volverse humanos, desquiciando las cañerías que los acogen. Las tripas ayer, hoy, mañana, no funcionan bien, por mucho empeño que pongan los periódicos y otros noticieros tintados. Está atascada, esta urbe en sólidas nieblas, en presagios funestos, en jirones de lienzo abstracto.
Un hombre camina borrascoso, con pies sin melodía. Si sonara música, su desconcierto sería tan grande que tropezaría con las notas. Respira al ritmo pulmonar que  impone el suelo que hollan sus ojos. Desparrama líquidas miradas que caen tumultuosas, sobre las aceras que recorre, junto con la mutación que  golpea sus piernas, llegando a perder el equilibrio.  Escasos son los momentos en los que consigue verticalidades mantenidas. Le embalsama el faldón de su chaqueta más abajo de las rodillas, las mangas huyen, largas, vanidosas, de la sujeción que pudiera darle el soporte de sus hombros. Su pelo, encrespado en brumas sin delinear, lucha contra el viento, por dibujar larguras canosas a su espalda. Siente que arrastra tras de sí, atado con cuerdas invisibles, un lastre pesado e incómodo; el amanecer. Continúa andando, situando carrera a la distancia precisa para levantar, poco a poco, en cada paso, diferentes tonalidades, cada una más nítida que la anterior, hasta desplegar, en velamen perpetuo a la tierra que abandona tras sus pies, al sol. Luz que recién creada le habla con aureola semiesférica, ciñéndolo dentro de una ensoñación alucinatoria. Es un milagro que sea él, junto con su piedra de afilar, chirriantes y oxidados ambos, quienes levantan madrugadas.
El afilador continúa su camino, promiscuando pasos por el puente de tres arcos, por soportales pétreos, suciedades nocturnas, limpiezas diurnas. Desconoce cuánto tiempo lleva recorriendo las mismas losas, recostadas sobre el antiguo arenal. Tal vez se olvida cada vez que las desgasta. Tal vez no las recuerda porque vive divagando lapsos de realidad. Se cree menos alto, más fornido, más viejo. Menos acuchillado por dentro, por la fricción de sus propios huesos. Cualquiera podría intentar sacarle de su error, pero él no lo creería. Firme, continúa arrebatando el día a la noche que venció la pasada batalla en los cielos. Hoy su ardua tarea se le antoja más difícil. El amanecer de hoy resiste, clavando sus pies en el mar, sin querer mostrar voluntad. Mezcla tiempos y desea un indulto. Hace oposición la criatura ante el firme empuje del afilador, que, tensando los músculos del cuello, con la vista en un punto fijo en el cruce próximo, se concentra en arrimarlo. La antaño bicicleta, ha mutado en un ser híbrido; rodando con su parte delantera y con el antiguo asiento trasero, ahora piedra de amolar, consiente ser zarandeada, tratándola como simple apoyo de palanca.
En ausencia de luminosidad amanecida, jamás acabará su trabajo, pues los bordes instrumentales no brillarán. Ya había transitado días en los que la oscuridad  ocupaba  el universo, cegando alientos y exterminando ilusiones. Todo ello le pudrió el alma. La gente que acude a su quehacer no pedirá explicaciones. Nadie lo conoce y nadie desea conocerlo. Un afilador, nada más. Chifla, soplando su flauta de Pan, arrancándole tonos graves y agudos. Transita su latido por cada nota. Afilando, apenas habla en monosílabos, come en la lejanía, lloroso vergonzante, inundado por su envés, apenas dormitando, con latido solitario. Es solo un tipo que llegó. Pero hace bien su trabajo. Los vecinos se lamentan con exigencia, descubriendo cuchicheos sobre filamentos gruesos de la calle.  Sesga su vida en  partes cortantes al limar cada cuchillo, tijera, machete, navaja o instrumento menos inocente.  La ciudad vigila su llegada y situar el día, también es tarea suya. Desesperado, chifla fuertemente y el sol asciende, recortado sobre un lecho azulado. Nadie pasea hoy por sus orillas. El silencio le asalta, por exponer su innegable presencia. El afilador se pregunta dónde estarán los pájaros que antes ensordecían su caminar. Allí, a la vera del río, nadie pasea orillas; las hojas de los árboles duermen, envueltas las respuestas sobre larvas indudables que no aletearán jamás.
Porta su quejoso compañero, papeles dactilados con noticias similares a la que horripila a la ciudad. Las niñas desaparecidas son comunes y cíclicas. Cuando vuelve una, descerrajada de esta vida, las demás semejan ordenarse en una decidida fila para ocupar su lugar. Se diría que están organizadas en un concurso de méritos. Tal vez sea por sus finos cabellos, por su bondad reflejada, por su inocencia, el aroma que desprendan, o algo tan arbitrario como el color de sus zapatos. El afilador camina, ya con el sol golpeándolo amistosamente en parte de atrás del cuello. Le anima su presencia, mientras toma aire suficiente para chiflar de nuevo. La primera voz: “¡afilador!” proveniente de la curva que forman unas casas marineras, con idénticas macetas, le rescata de su pozo. Es una voz que visualiza sólida, que se enrosca en sus huesos, que pugnan por sobresalir, como un hechizo, dándole identidad.
Detiene a su compañero y se dispone a la faena. Comienza a mover sus pensamientos al ritmo que marca la piedra esmerilada. Gira la rueda; a la par, en su cabeza, recuerdos y vacíos, centrifugados en dolor reseco; un gran reserva con ocasos mayores. El monótono ruido, masca en grano fino sospechas sobre la cercanía de quién ha elegido la niña en esta ciudad. Tal vez ahora mismo, se acercó a él para darle uno de los cuchillos, tijeras, navaja, con los que rasgará su íntima piel rebosante de ilusiones. El cordelero se le acerca. Una silueta rechoncha con grandes mofletes. Su antítesis completa. La única persona que realmente espera al hombre y no al oficio. “Sargento, a sus órdenes”. El suspiro del hombre es realmente pesado, sin oxigenar. Odia que le recuerden quién fue un día, que sabe tan lejano como la diferencia entre  un querubín a algún ser demoníaco.
“Calla, cordelero” Odia que, pese a la amistad que los une, ligado al hecho de que, un buen cordelero sería el único capaz de crear una cuerda lo bastante resistente para no ser cortada, gracias al embadurnamiento de alquitrán, le  abofetee con recuerdos;   contundencia dolorida que le retuerce la carne. Apenas le interesó en el pasado permitir escalar hasta sus hombreras, unos galones. Una jornada exacta los lució, para verlos arrancados cuando dominaron los enemigos y, a cambio de un plato diario de mala bazofia, desertar su juventud, mientras se arrastraba preparando zanjas de concentración en las carreteras. Confeccionada con dos palos cruzados, vislumbró su sombra. Tan efímero su cargo militar como su creencia en el ser humano.
El cordelero se acomoda en un saliente de la fachada más cercana, creado con el  propósito de disfrutar del mediodía, que luce esplendoroso cuando alguien lo engancha en lo alto. Cuando el ángelus es bien recibido por las gentes. Mira al afilador moviendo la cabeza con resignación negada. “No tiene remedio, sargento. Siempre tras esos papeles, mírese”
El afilador frunce el ceño y calla. El cordelero desbroza silencios que amenazan con  espesarse. “No es cosa suya, mi sargento. Esta niña no es aquélla. Aquello sucedió y nadie tuvo la culpa…” Hace una pausa por mirar detenidamente el rostro del hombre que gira la piedra de esmerilar, de afilar los cortantes, de fabricar mortíferas herramientas. De súbito, habla: “Fui yo. Recuerdas, cordelero… yo maté a aquella niña, que podía ser cercana o lejana, o la de la ciudad de al lado. Soy un asesino, ésa certeza no me deja pensar con claridad. Cuando llegan noticias de otra criatura desaparecida, veo en mi mente aquella que maté con mis propias manos. Mis pesadillas son sus latidos decreciendo bajo los míos. No consigo dejar de pensarlo. Me obsesiona, impidiendo perdones”
El cordelero suspira. Su ceñida chaqueta teme reventar por las puntadas. Da un golpe tímido con el pie en el suelo y exclama: “No, sargento, usted cumplió con su deber. Fue un acto humano y extremo. Ninguno de nosotros podíamos reprocharle nada jamás, nadie fue capaz de acabar con aquella barbarie. Lo de éstas pequeñas es otra cosa, es un vil asesinato. Lo suyo no. Lo suyo fue bondad, fue ayuda, fue piedad y clemencia” Entre los dos se hacen visibles aquellos días y sus terribles circunstancias. El antiguo sargento se inmoviliza, frenando la rueda con repentino susto emocionado.
 Él, soldado joven y prometedor, con futuros adelantados en visados de felicidad y éxito. Hasta caer bajo la guillotinada realidad. Fue el mismo día que lo condecoraron, ascendiéndolo de categoría. Sargento. Ya imaginaba el júbilo de su preciosa novia, el contento de su madre, el palmoteo cómplice de su padre, el orgullo militar de su envejecido abuelo. Todo diluido, irreal como aire soñado. Efímero. Llegó con las costuras del uniforme todavía hilvanadas. La fuerza militar enemiga, se hizo con el puesto de mando y le arrancó galones, junto con honor, alma y dignidad. Pasaron a sus compañeros uno tras otro, frente al pelotón de fusilamiento, con rostros desalineados de gran profesionalidad; con horror y miedo los anteriores. Gritos, sangre. Espantado, un escondrijo lo mantuvo inmóvil hasta que escuchar la respiración balbuceante de María, que lloraba con hipos imposibles de refrenar.
María era hija de la cocinera. Su madre tuvo la desgracia de ser la única mujer que se encontraba en aquella avanzadilla. En manos tan bárbaras, no sobrevivió apenas cuatro horas. Fue la cloaca, el trofeo de la victoria, el parapeto de iras; el merecido triunfo de aquellos hombres recién vencedores, aleccionados para apoderarse del botín que encontraran: bienes, provisiones, hombres por matar y rematar, también, si hubiera, de cualquier hembra.  Sería divertido, les repitieron antes de la batalla. Recompensas de guerra. Ímpetu sexual atroz por estar vivo. Se despojaron de su condición de humanos. Tal vez nunca poseyeron esa condición. Es posible la ocultación del salvajismo, agazapado bajo cáscaras civilizadas. Todos ellos condenables; sus conciencias se expiarían eternamente.
Cuando el recién sargento fue consciente de violento fin que esperaba a la chiquilla,  ángel menudo y sonriente que le buscaba ondeando dibujos, dándole a probar recetas primerizas, orgullosa de su vestido lazado; algo viscoso le afianzó las entrañas, retorciéndoselas. No iba a permitir que ultrajaran y asesinaran de forma tan vil a tan encantador e inocente ser.
María lloraba, emborronando dolorosas punzadas a través de lágrimas. No distinguía a su madre entre la bandada de buitres que la carroñaban, sin importarles los gritos que cada vez eran más tenues. Cuando el sargento llegó junto a María, la pequeña se tranquilizó, abrazando al que consideraba su amigo. Deseando un salvador.
El chico supo de su inutilidad. Mientras la abrazaba, para ocultarla tras su  envergadura de soldado galante y efectivo, le susurró al oído que era incapaz de salvarla.  Sus lágrimas se mezclaron con las de la niña. Pidió permiso para librarla de una muerte segura, horripilante y desgarradora. De convertirse en una muñeca rota. Recibió por respuesta una sola palabra de una voz madurada. Firme. “Hazlo” dijo.
“¡Hazlo, hazlo, hazlo!!” repitió mirándolo, igual que si deseara traspasarlo. Le cubrió el rostro de besos, apresurada. Tuvo él que cerrar los ojos mientras la asfixiaba al apretarla fuertemente contra su cuerpo. Ella no dejó de mirarlo, mientras su vida huía. Se desmadejó con increíble facilidad. No pesaba su cuerpecito en su abrazo. La depositó dónde pensó no la encontrarían. Cerró sus párpados con extraordinaria ternura.
El cordelero calla. El afilador, descosido el corazón, enmudece trabajando lamentos. Demasiado revoltijo entre el corazón y el estómago. Ya no sabe ni querer con uno ni comer con el otro. Siente sus vísceras troceadas.
Una tortura permanente viaja en la parte trasera de su bicicleta, con ruido constante y aquella manía de golpearle sistemáticamente en los tobillos, hasta producirle llagas que jamás curan. Quisiera encontrar aquél animal que mata por matar, para satisfacer locuras. A él sí  le correspondería que lo asfixiase, hasta privarle del aire al que tienen más derecho los demás. Sería, piensa, su indulto, atenuante de amargas penas, su reconciliación con un dios que permite ciertas cosas sin atreverse a dimitir de su vergonzante supervisión.
 La figura del cordelero se deslía en la humedad del aire. Lo olvida el afilador mientras arrastra los pies hacia la otra punta de la calle. Alguien le reclama de nuevo. Más trabajo, menos pensamientos.
El anochecer cae igual que una guillotina. De golpe, con impía sequedad, deshaciendo en unos minutos tanto esfuerzo por sostener la vigilia. Nunca lucha, siempre llega, junto con las oscuridades, los crímenes, los malos pensamientos, las perversiones, los sueños realizados, los insomnes, los olvidados. Demasiado pecaminosa, la oscura noche. La ciudad engulle al afilador en la primera trazada de madrugada, escupiéndolo a media noche como se desecha algo exprimido, ya arrugado y seco. Con él, vagan recortes de periódico, dolor y amortajamiento dentro de una chaqueta. Borrascoso, se disuelve en la negrura.
La ciudad huele a desconocida.





16 abr 2011

FLEMA DECORADA



Flema decorada
                               No sé todavía lo que sucedió. Perdone el desorden; no pienso con claridad. ¡Estoy demasiado nerviosa! Muchas gracias por venir tan pronto, tengo algo que contarle y no puede esperar. Todavía estoy aturdida. Respiraré hondo y comenzaré de nuevo.  ¡Oh, pero si es la hora del té! ¡Pase, por favor, aquí en mi cocina estaremos bien! He recogido todo lo que se rompió. ¿Me acepta un té? Estupendo, nos confortará a ambos. Colocaré la tetera al fuego. Tengo un don especial para prepararlo, lástima que su visita sea improvisada, hubiera preparado unas pastas caseras ¡Pruebe mi tarta, es la envidia de las vecinas, una de mis mejores recetas! Después se daré  por escrito, si lo desea, para su señora.
Pregunta usted por qué le he llamado. Es difícil para mí ordenar ideas. Que conste: tengo claro que una madre debería sentirse orgullosa de cualquiera de sus hijos. ¡Pero hay excepciones! Es la realidad.  Los míos son diferentes, cada uno de ellos es la parte de una unidad, que tal vez se pudiera ver como yo misma. O no. En fin, vamos allá.
Ayer, era un día especial, lo marcaba el calendario religioso anglicano. Siempre he sido amiga de seguir las costumbres, mi madre lo hacía, e incluso mi abuela antes que ella; me dispuse a cocinar desde primera hora de la mañana. Soy mujer de asistir al oficio diario, pero esa mañana, precisamente dejé tal quehacer celestial, porque sepa que al ser devota cotidiana, creo contar con cierto margen religioso para cometer algún “pecadillo” alguna que otra vez. Así me criaron, sabe, al igual que a usted, porque la gente ordenada y cabal como nosotros suele tener el mismo ritmo de cuna. Bien, pues me levanté con el primer cantar del gallo, ése rollizo que ve ahí fuera, entre las gallinas. Es un animal orgulloso y ayer se libró del puchero, pero si usted acepta venir a cenar mañana, con su señora esposa, tan linda ella, le daré matarile con muchísimo gusto. Asado, supongo. Su señora parece preocuparse por la forma de cocinar, lo digo por lo delgada y elegante que se presenta siempre en  nuestras reuniones. Lo cocinaré al horno en menos de lo que cantó ese día.
¡Pues, ya ve mi cocina! Es la mejor habitación de mi casa. No es muy grande, pero está muy bien aprovechada. Todo a medida, cada esquina, cada rincón. La decoré yo misma con colores favorables para estimular el apetito. Algo que dicen sobre las papilas gustativas y los jugos gástricos. Lo he leído en una de ésas revistas de moda y decoración, como la Actually Home. ¿La compra también su señora? Un “estilo y elegancia” propios, eso es lo que buscaba. No crea usted que fue fácil. Muchas sugerían los tonos verdosos, pero en esta vida elegir bien y a tiempo es una virtud que no se debe descuidar. ¡Imagínese como hubiera resultado si me confundiera! La moda actual, con rojos y blancos es perfecta. La tela la compré por metro y lo he confeccionado todo yo misma, con la Singer que heredé de mi difunta madre. Le he metido pespunte a los visillos y bordados bonitos en el mantel de hilo; mire, si se le da la vuelta, no adivinará usted si es el derecho o el revés. Con todo el sacrificio en cada puntada. Ése es el signo de la buena bordadora. ¡Queda preciosa mi cocina con su bolsa de pan, trapos a juego, manoplas guateadas y un precioso delantal! Rastreé el mercadillo para escoger los motivos decorativos: frutas rojas, cerezas, manzanas, fresas. Una es una perfeccionista. El delantal está hecho a medida. Lo plancho y lo almidono con frecuencia. Su puntilla necesita mucho mimo. ¡Ah, mírelo, está manchado de sangre! Todo ha quedado perdido. Más rojo de lo necesario. Tardaré mucho en dejarlo como antes. ¡Qué ganas de llorar, es una pena tan grande lo que ha sucedido…!
Usted ya conoce como somos las madres. Siempre preocupándonos por los demás, descuidando nuestra vida, porque “ellos, son nuestra vida”
Tras ponerme el delantal, comencé a sacar todos los ingredientes de la nevera y de la despensa. Todo fresco, condición imprescindible para cocinar. Porque alimentarse  es mucho más importante de lo que la gente cree. Es un material que se incorpora a tu propio cuerpo, y si no permites que te violen, te unten con gasolina o te rocíen los ojos con lejía, ¡cómo vas a comer cualquier cosa! Ya lo dicen en la televisión:
 “Procúrese buenos productos alimenticios, son los ideales; aquellos que susciten dudas deben ser rechazados y alejados de los anteriores. Repase atentamente los estantes de su nevera o despensa… y ¡rechácelos sin miramientos!
Si, tiene razón. No puedo perderme tanto en detalles, tiene usted más cosas de las que ocuparse.
Llegó primero John, mi hijo mayor. Un niño maravilloso. El mejor hijo que una madre puede desear. Cumplidor, jamás me ha dado un problema. Ya de pequeñito era adorable, siempre con sus ojitos mirándome para pedir algo con  sonrisa plácida. En el colegio era apreciado por los demás, yo notaba la envidia de las madres de los otros niños, los que salían sucios, manchados, llenos de rotos en los pantalones, peleados y despeinados. Sin embargo, mi Johny siempre tan cuidadoso, tan formal, con todos sus libros y deberes al día. Llamaba la atención su impecable caligrafía. Su mente tiene las cosas claras. Con su habitación tan limpia y ordenada como yo mantengo mi cocina. Me abrazaba con verdadera inocencia pintada en su carita. Un niño ejemplar, se lo digo yo. Pero claro, la envidia es muy mala y a veces, me lo pegaban, los muy bárbaros. Volvía a casa llorando, porque es un sentimental, demasiado parecido a mí, y yo, para consolarlo le hacía una tarta de ésas de chocolate, sabe, se chupaba los dedos y se reía tan feliz. Se olvidaba del incidente. No guardaba rencor a nadie. Demasiado bueno. Ya le digo, un cielo.
 ¡Oh, ya está sonando la tetera! Quiero que esté al punto. Vuelvo en un minuto, voy a buscar otro cuchillo.
¿Le gusta mi azucarero? ¡Fíjese, también tiene flores blancas sobre fondo rojo! Fue un regalo de John, cuando viajó por negocios a Europa. Viaja con frecuencia, por su trabajo. Medio mundo, ha recorrido. Es un trabajador excelente, la empresa lo sabe, por eso acuden a él. Siempre me trae algo, es muy atento. No olvida querer a su pobre madre. ¡Ay, que desgracia más grande ha sucedido! Quién lo hubiera dicho. ¡Mi pobre hijo!
¡Sigo, sí! No se preocupe… Verá, más tarde, mucho más, llegó Mike, otro hijo que tengo. Mike nació distinto, desde el principio. Fue un descuido por mi parte, porque ya sabe que las mujeres podemos controlar un poco lo que nos sucede ahí abajo, claro que con mi marido no pude replicar demasiado. Era él quien mandaba, sin escuchar mi voz al no ser al terminar la faena, cuando estaba ya satisfecho y agotado. Él fue el culpable de que se engendrara, llegando a nacer. No pude oponerme. Esto se lo confieso a usted, sabiendo que no saldrá de nosotros.
 ¿Quiere más té? ¿Otro trozo de tarta? No sienta apuro, hombre. Esto es confidencial.
Pues como le iba diciendo, este segundo hijo nació atravesado en todos los sentidos, mal embarazo, mal parto, mala crianza.  Lloraba por todo lo que no debía llorar y callaba por todo lo que debía gritar. Un horror en el colegio, me avergonzaba ir a buscarlo, siempre lleno de golpes, sucio, sin hallar consuelo en mis postres. Los profesores acababan dejándolo arrinconado, olvidado en clase. Un estudiante inútil. Un hijo inútil. ¡Qué diferente a su hermano! Éste jamás me dio un abrazo. Yo tampoco, pero es que no me salía antes; ahora menos. Hoy es el día en que no tengo ningún regalo suyo. No sabe quererme. Le intenté enderezar, poniéndole de ejemplo a su hermano. Castigándolo con mi indiferencia. Le azoté igual que lo haría un hombre. Siguió en sus desviaciones. Creo que nunca supo ni quiso mejorarse a sí mismo. Parece moldeado a partir de algo oscuro, por las manos del diablo. Luego, imagínese, se metió en líos, cada uno peor y más hondo que el anterior, hasta que no pudo salir de ellos. Jamás ha elegido bien. Su vida ha sido un fracaso. Lo despidieron de los trabajos. Vagabundeaba y se emborrachaba. Robó en el último. Intentó hacer negocios con mala gente y lo patearon por todos los lados. Ahora es un vago embrutecido que espera vivir a nuestra costa, de su hermano y mía. ¡Mire que le hemos dado oportunidades! Todas fallidas. Coge el dinero y lo gasta en mujeres, juegos inconvenientes y juergas peores; como si no sintiera el sudor de su sacrificado hermano pegado a los billetes. Su mente es un caos.
¡Desagradecido! Pretende ser parásito de mi John. No lo permitiré.
Tome más tarta, me ha sobrado mucha y temo que se me estropee. ¿No la quiere? Se la envolveré entonces. ¡Sería un crimen tirar algo tan delicioso!
Como era de esperar, llegó tarde a comer. Su hermano y yo ya comenzáramos a contarnos nuestras cosas, riéndonos por lo contentos que estábamos de estar juntos. Un nuevo ascenso laboral para John, y  clases nuevas de manualidades del Club Social de Mujeres, para mí. Brillaba el sol entre los visillos, iluminando la mesa que yo colocara con todo esmero. ¡Me encanta que venga mi hijo John a comer! Todo es mejor, más reluciente, más real, y a la vez, mágico. Llevaba toda la mañana cantando mientras cocinaba. Tenía la mesa más bonita que se pueda imaginar; copas transparentes, cubertería brillante, servilletas bordadas a juego con la mantelería. Flores blancas y rojas adornando como centro de mesa. Digna de salir en la televisión, oiga. Todo por mi Johny.
Entró Mike en mi cocina. Fue como si alguien pintara de gris los cristales de las ventanas. Se nubló dentro. Se oscureció fuera. Perdió la brillantez, el encanto, solamente con su presencia. Ganó en sordidez e injusticia. Posee algo maligno, algo insidioso y oculto. Rompe mi tranquilidad ; el orden de esta santa casa. No parece hijo mío. Tal vez no lo es y me lo cambiaron al nacer. No me disgustaría saberme ajena. A veces olvido que ha compartido mis entrañas. ¡Ya no sé lo que digo! Siento vergüenza por si me ve como mala madre, cosa que no es cierto. He luchado por los dos, pero está claro que una tiene que proteger al más valioso, o por lo menos no permitir que haya distancias o daños entre ellos. Al menos, cuando son niños. Los adultos son distintos. Se lo tienen que ganar, como todo en esta vida. Recuerde lo de los alimentos. ¡Ay! No se debe pensar en voz alta estas cosas. Debería callar.
Menos mal que usted tiene que guardarme el secreto, ¿o no? Naturalmente que sí. Es su obligación.
Todo comenzó bien, relativamente. John comía con apetito, alabándome el asado que tan magníficamente le cociné, es su plato favorito. Nada de sofisticaciones ñoñas; es muy sencillo: partiendo de una temperatura en el horno de… ¡Vale, vale, qué tonta soy! Le pido disculpas. Continúo: Mike no hacía más que darle vueltas a la comida, con más ganas de mover la boca para hablar que para ingerir mis maravillosos platos. Al final, estalló, igual que hacen los granos llenos de venenoso pus. Los inservibles de la sociedad, rapiñeros de esfuerzos ajenos son impredecibles. Comenzó por gritar que quería dinero, mucho más dinero, que estaba en un lío, que lo amenazaran de muerte, que quería la mitad de su herencia, que su hermano tenía todo y él nada, que éramos nosotros los culpables de su desgracia, que la sociedad le rechazaba, que su propia familia le daba la espalda, que la última fianza no la pago nadie y tuvo que chupar calabozo por culpa nuestra. Me tachó de chalada egoísta y a su hermano le llamó algo muy feo relacionado con escapar de las muchachas.
John y yo fingimos no prestarle atención, esperando que su acceso de furia se calmara. Nos miramos y continuamos charlando y riendo como si él no estuviera presente. Eso le enfureció más.
Cogió el cuchillo que antes usara yo para trinchar la carne. ¡Se había vuelto loco! ¿Cree usted que estaba con el “síndrome nosequé”? Me asusté muchísimo y comencé a gritar al ver como se acercaba a su hermano. Tenía la mirada de los locos asesinos. Ojos inyectados en sangre. Me aterrorizó verlo dirigirse a mi John. El filo del cuchillo era reciente, lo afilara yo hacía unos minutos. Brilló bajo el reflejo del sol.
Apenas recuerdo nada más. Bueno, miento. Quisiera no recordarlo. Mi hijo se tapó la cara con las manos y los brazos; ése salvaje no paraba de proferirle insultos a la vez que lo hería una, otra vez, otra… ¡no paraba! No lo pensé: le arrebaté el cuchillo, no comprendo cómo, pero lo hice. Lo vi todo rojo. Mi pobre John salió corriendo mientras yo tomaba cartas en el asunto. Nadie va a arrebatarme lo más preciado que tengo. Soy su madre, sí, pero no consiento que un mal hijo destruya a uno bueno. Tan bondadoso mi Johny, quedó por un momento quieto, mirándonos y llorando. Ni siquiera tuvo fuerzas para desenclavar el cuchillo. Se horrorizó con las manchas en mi delantal, porque no quiso abrazarme. Debió de impactarse mucho, tal vez porque Mike quedó con los ojos abiertos, mirando sin ver.
Parí un ángel y un demonio. Usted estará de acuerdo. Igual que Caín y Abel. Ya estaba escrito.
¡Hice justicia como madre!
¿Qué “dónde está el cuchillo”…? Pues ahí mismo, tras la puerta del saloncito. Continúa clavado en su estómago. Lo arrastré por las piernas, no quería mancharme más. Ya me había ensuciado bastante la cocina, ¡qué dirían las vecinas si ven semejante caos desde la ventana! Desde luego, pienso alegar que no recuerdo nada y que de hacerlo, fue en defensa propia.
¡Bueno, esto es todo, muchas gracias por venir! Tenga en cuenta que este té con mi exquisito dulce, queda enmarcado en el secreto de confesión, reverendo. Necesitará tiempo para imponerme penitencia y absolverme de mi pecado.
 Le acompaño a la puerta.
No se preocupe demasiado, reverendo padre. ¡Que sea dios quién me juzgue! Compraré loza nueva; ya la veo, magníficamente blanca con algún toque rojo. Me las apañaré con las manchas. Fue una suerte elegir los colores, así algún posible resto pasará desapercibido. Al final, todo ha salido bien, tal vez un poco a destiempo, pero bien ¿no está de acuerdo conmigo? Dé recuerdos a su señora, espero verla pronto… ¡Le encantará mi maravillosa cocina!
                                   ******************************************                   

19 nov 2010

ACORDES SUICIDAS



Cada noche. Amontonando la anterior con la posterior, regreso para repetirme.  Tanta sucesión de oscuridades acumulo hoy en las roídas solapas que mi cuello abriga, que no me percatara: me muevo en una noche eterna. Mis días giran en ella, se confunden, se superponen amaneceres por levantar mañanas y anocheceres recién acostados los ocasos. Las luces de las farolas en hilera, caminan como yo, ida y vuelta por este puente sobre el río pintado de negro.
Cada noche, desde hace no sé cuantas, mis pasos se ennegrecen para ir al otro lado de la ciudad en sueño, para volver atrás cuando siempre distinta a la anterior, duerme ya. 
Siempre quise ser músico. Pero no lo soy. Olvidé serlo.
Vuelvo con los zapatos más desgastados, incrédulos al pisar los adoquines sumisos, permitiendo desgastar mis suelas. Vuelvo también, para qué negarlo, con el alma descolgada, los forros de los bolsillos descosidos, las ojeras pronunciadas. Soy un ser cansado que se derrota, obligándose a desplazar espacios. El hambre, el sueño y la sed; dimensiones que hacen tropezar pero que jamás ayudan empujando hacia el frente. La pobreza ha despertado un ejército de hombres que caminan sin recordar que en la oscuridad nacen, brillantes, las estrellas. Yo formo parte de esa formación de cadáveres cegados, desengañados y tristes. Sumidos en la contemplación cabizbaja, de nuestros calzados.
El cansancio hermanado con el hambre, igual que los bordes de un periódico manoseado, está mordido por el tiempo. Preciso un descanso para mi ardorosa frente. Mis manos necesitan asirse a la barandilla de este puente. Siento la frialdad de la piedra, precursora de la brisa ascendida desde la superficie del río. Las aguas reflejan mis melancolías internas, dándose a nuevas inundaciones y a antiguos reproches. Tal vez debería poner fin, con el poder de cancelar, finiquitando la cuenta pendiente con la vida. Decir, entonando en susurros “adiós muchachos, compañeros inexistentes…” calmando deberes y  deudas.
Una vez quise ser músico. Saxofonista. Apenas lo recuerdo.
Jamás he tenido un saxofón entre los dedos. Solamente aire.
Fue entonces cuando la escuché. Quiero decir que la escuché DE VERDAD. Voz áspera, desgarrada y eterna. Capaz de izarse desde la nada hasta el todo. Me rodeaba, vistiéndome con su cálido cuerpo.
Era música. Sólida, envolventemente tímida, descaradamente disgregada, con acordes nítidos y modelado artístico, con tono de intuida partitura. Era música, notas sonoras capaces de comprender, de desdichar llorares, de reír felicidades, de ondear espíritus invisibles tras el pendular segundero de la vida. Concierto volador que nace desde el corazón y se metamorfosea en los que lo convierten en propiedad. No necesité poner rostro al artista. Cada noche, retornando hacia un cuarto sin calor y un frío camastro, escuchaba aquella voz instrumental que tomándome de la mano, mientras cruzaba una y otra vez el mismo camino hacia la ciudad;  afinaba mi desacompasado discurrir.
Era una canción profunda y grave; triste y melancólica; sencilla y compleja. Era también reflejo de mi sentir, del desánimo de mis huellas, encuentro casual conmigo mismo en cualquier esquina. Decían que un desconocido tocaba el saxofón en aquellas noches urgentes, amparado por el misterio y la infinidad de sombras. Comentaban que era un alma errante, una tiniebla humana que alguien viera lanzarse desde la balaustrada de piedra. Rasgando la quietud engañosa de las aguas, a lo largo de los años. Siempre la misma historia, distinta figura y siempre semejante suicidio. La gente olía la desesperación en la celosía divisoria de los márgenes de la muerte. Intenté asomarme por ver la línea de flotación en uno de los pilares, mas fue imposible. Pensé en desdibujar mi infortunio, venciendo la altura de la frontera. Deseé no pensar.
Algo sucedió. Me sentí sin fuerzas. Perdí el aliento. Las piernas se negaron a sostener el pesado chaquetón que hundía mis hombros, igual que un destino insoportable, sin abrigarme nunca lo suficiente.
Creo que me desmayé. No lo sé. No lo sabré jamás. Pensé en el saxofonista.
Mis párpados se abrieron, tamizando desde la negrura hasta la iluminación tacaña de las farolas. Continuaba entre los dos extremos del pasadero. Aquella canción seguía sonando. Ante mí, la figura de un hombre encogido, con hombros vencidos. Demasiado parecido a mí para no serlo. Me desconcertó el verlo desde el lado contrario del que recordaba en el anterior lapso temporal. Dentro y fuera de él. Observando sus pensamientos, conocedor del inminente movimiento que le haría entrar en un reino desconocido, pero deseado. Allí permanecí, con  bolsillos rotos, pelo revuelto, demasiado largo, demasiado encanecido, agarrado al borde, enfrentado a la profundidad del hambriento caudal. Conocía lo que sucedería y mientras lo pensaba, la escena se volvió real: me asomé, se asomó, el que era yo; perdió el equilibrio cayendo hacia la boca devoradora de las acechantes aguas. No oí gritar a nadie, pero sí algo alteró la melodía.
Un acorde, dos, tres. Silencio en partitura de aire. Cayeron armoniosos; bajé la vista hacia mis manos. Entre ellas, un saxofón brillaba con algún reflejo mate. Mis dedos, perfectamente colocados se movían sin mi voluntad, con el latir de los pasos de los transeúntes. Insuflé aliento sin tener la certeza de poseer albergantes pulmones de viento. Incliné mi espalda elevando mi soplar hacia el estrellado cielo. El paisaje empedrado, con su rumor de río, con sus luces insuficientes, continuó ante mí. Se perdieran tres acordes y la vida de un hombre. Pero naciera un relevo para la leyenda, naciera un saxofonista. El que siempre aspiré a ser.
Inmortalmente, la música acompañó a la noche. Yo también…


***************************************************************


1 nov 2010

Palabra Padre.



                  Allá, encogiéndose de hombros, alguien secuestra la palabra “padre” en el mismo instante en que una anciana hunde una rabia antigua en su pecho y mi mujer se deja besar por otro hombre. No soy creyente en casualidades, no me extenderé en filosofías, que al fin, son disertaciones inútiles para llevar bajo el brazo en días de lluvia, con el objetivo noble de  guarecerte de la furia de las nubes, ni para conseguir dinero, ni para saciar un hambre que provoque nerviosismos en un alma, en otras ocasiones, sosegada y tranquila.
Cada persona tiene unas raíces, o desea tenerlas, para ello, las fomenta y repara cuando están enfermas,  las busca incansable para encontrar aquellos rostros, gestos, modismos, en los que reconocerse. Buscan una reafirmación del ser, incluso el contrario al que encuentran; benditos ellos, tienen esa característica que les permite elegir el parecerse o repudiarse. Lo peor es marchar hacia esa empresa a ciegas, tanteando en el vacío, cuando ya aprendieras a caminar. Pero mi caso es así, he tenido que recorrer el camino inverso. A contra corriente, mi ser ha luchado contra las fuerzas que se empeñaron en ahogar mi voluntad. Tristemente, lo consiguieron.
Todo el mundo comenzó a gritar de repente bajo mi piel, ahogando con sus voces la mía, tímida al principio, pugnando razonar y expresar una voluntad, una libertad, una decisión. Pero las voces son eso, sonidos producidos por gargantas, ecos que repiten lo que gritan otras que lo hicieron mejor, antes o más alto. El griterío de los otros, esos que habitan otras pieles que tú no conocerías aunque las tocases, amaras, nacieran de ti o contigo, son sordas excepto para sí mismas. Pisotearon en ahogos la mía, que se convirtió en quejido arrojadizo, dispuesto a luchar, a reivindicar sus razones.
Luchar es siempre intentar doblegar al otro, sumirlo en un nivel de no poder, del que te apoderas  con triunfo. Por eso lo haces; por eso lo hicieron. Fue encarnizada batalla, hincando uñas y dientes en ideas bandera, donde colgar cada futuro de tu vida, despreciando incluso la muerte en aras de una pancarta incrustada en algún circunloquio cerebral. Todo desaparece. Nada más existe desde ese momento. Yo miraba sus rostros, miles de bocas abiertas, rugiendo su verdad, tan opuesta a la mía. Querían el poder de tener la razón, aún a costa de matar mi pasado, mis recuerdos, de sacrificar mi yo para convertirme en un icono de supuesta justicia.
Ojalá jamás se fijaran en mí. Quisiera que todo fuese como antes de que mi nombre apareciera en los noticieros, o el nombre de padre; nuestra foto fue girando a través de los medios de comunicación con titulares llamados  al impacto visual y a rescatar la historia torcida del que yo saliera, también, descuadrado. No hay una pieza mecánica encajable que se parezca a mí.
Padre, así le llamaré siempre, porque lo fue, escapó lleno de miedo, sin lágrimas, dándome un apretón de manos como despedida. Sus ojos me agradecieron el tiempo compartido, la oportunidad de ser mi padre, los míos respondieron de igual forma. Fue un placer ser hijo suyo. Imposible parecerse más, dos personas, que en aquél gesto. Era el adiós definitivo; una muerte dolorosa. Un padre pierde a un hijo, un hijo pierde a un padre: nadie pensó en la tragedia que arañó nuestro corazón. A pesar de todo, de pecados, de errores, de engaños. Si yo le había perdonado, porqué no los demás, me preguntaba mientras cumplía veinte, cien, mil años de añorar a aquél hombre que me arropaba cada noche y me ayudaba a comprender los entresijos de cada día.
No, dije a las voces, no, no, nadie tiene derecho a marcar a alguien por un error, por un punto oscuro, por motivaciones que tal vez las circunstancias habían construido férreas, sin posibilidad de sortearse. La vida es una carretera continuamente accidentada, ojalá fuera un saludable camino llano. Es el corazón el que ve la diferencia. En mi sufrimiento, estoy solo.
Las voces eran sordas. Pero chillaban para que las escuchasen los demás, con la añadida complacencia de oírse a sí mismas. Sus gritos querían ser reconocidos como grandes héroes. Todo esto abrió las puertas y las ventanas de mi casa hacia un mundo que entró, violentando mi pecho, hiriendo el de mi mujer, que no supo, pudo, quiso, resistir a mi lado. La extrañeza de mi negativa a renegar de quién me acunara tantas veces, dándome cada cumpleaños un año más de cariño y de compañía, fue una ofensa para ella, al igual que para los demás.
Se dejó besar por otro. Me abandonó ciega y muda. Sorda que los demás. Nunca supo quererme, igual que dicen hizo él. Aunque yo sepa que es mentira. A ella sí que la comparo con un monstruo y no al que me secuestrara en los tiempos políticos del antiguo régimen, dejando agonizar a mi madre por sus ideas. Desconozco si pasaba por allí, si me recogió de algún camastro lleno de sangre; si se lo pidió mi madre con susurros al ver algo de bondad en su mirada de ser humano. Quizás deseó ver mis ojos en los de aquel uniforme que la contemplaba morir.
Sea como sea, estoy aquí, desde la sentencia del juez, que me obliga a pasar las pruebas genéticas que me despojarán de mi infancia, perdiendo cada día algún bello recuerdo, siendo sustituido por unos postizos, de una familia que se empeña en inocularme a la fuerza cariño hacia ellos, tan sólo por constar en un papel, que les pertenezco desde la justicia y la sangre.
Aunque la anciana, madre de mi madre, piensa que ha recuperado a su nieto, gracias a la justicia al fin de su vida, lo que le ayuda y conforta antes de irse al más allá, junto a la hija que le arrebataron; sé que ante la situación de poder salvar de un pelotón de fusilamiento a mi verdadero padre y a ése desconocido auténtico, yo salvaría a quién adecuaba su paso al mío, para que no me fatigase al volver cada tarde a nuestra casa.
Tal vez, no tengo alma, ni justicia, ni valores. No lo sé. No me importa.
Ahora continúan las voces gritando por otras justicias. Nunca cesan.
Yo me silencio.




16 oct 2010

Tribalidades


 Tribalidades
 

¿Qué es esto? Me pregunta con desconcierto. Casi me da la risa, y eso que no estaba la situación para demasiadas chanzas. El pelo revuelto de él,  desorden en la habitación, caos en la cama. Yo, desnuda. Todo absolutamente perfecto, ¿o no? Vuelve a preguntar pero con más voz, como si ya hubiese pensado algo al respecto.
    -Pues…- le respondo, divertida ante su azoramiento - pues… es un tatuaje.
Ahora sí que abre la boca igual que si estuviese en la consulta de un dentista trastornado. Oigo el tragar de saliva, y llevo la mano a mis labios, para no soltar la carcajada que me provoca el contexto. - Si, un tatuaje… - pongo cara de mimosa asustada, que  casi siempre da resultado, aunque por dentro… me río; no paro de reírme.
 -Pero… pero… ¿porqué?- Balbucea.
 Será tonto, ¿qué clase de pregunta es ésa?
-Un tatuaje sin un por qué, Juan, no tiene importancia…
 Me tapo con la sábana el pubis dibujado, que tan poco éxito de crítica ha cosechado en su debut.  
-Déjalo, pensé que te gustaría…
-¿Gustarme? ¡Me gusta y mucho! ¡Muchísimo! -exclama entusiasmado- solamente te pregunto por qué… ¡y AHORA!
Ahí estaba el quid de la cuestión, lo que le desosegaba a este hombre que compartía hasta hace un momento íntimo de los de envidiar en las películas “sexxxxmuchosequis”
Lo que apenas sospechó, es que estaba metido en un lío. Fue a la hora de poner la lavadora. Hay algo en los hombres que les escapa por las ranuras, es decir, puede que un día aparezcan en casa con una ristra de nuevos boxes-tanga, de colores y dibujos manga,  que sobrevivan ocultos tras el último cajón del lado de su armario, pero llegará un momento, y eso no hay fallo, en que sucios, usados y con rendimiento extraído, los plantarán en la lavadora como confortándose: Ella (yo) no los va a ver. Ella (yo) no será capaz de verlos; los estoy convirtiendo con mis poderes supermágicos en trapos invisibles, volátiles. Cierran los ojos, los echan todos juntitos, tal vinieron de la tienda, como buenos amigos de fechorías adúlteras, y creen que también una cierra los ojos por sistema al sacar la colada. No lo entiendo. Y algunos son brillantes en su trabajo, con altos cargos, con caras serias y preocupadas, con análisis económicos, filosóficos y políticos, incluso futboleros, que nadie osaría rebatir. Para luego pifiarla de esa manera. En fin.
Eran bonitos, que conste. Chulísimos. Agarré el primero que pariera el bombo de la lavadora y lo sostuve frente a mí. Caramba, que sexy. Visualicé su cuerpo metido dentro de semejante prenda; mala cosa hice, rápidamente se acercaba una desconocida. La imaginación es lo que tiene. Hace trampas. Vale, lo imaginé con esa pose de navegante con los pulgares en las caderas, uhmmm, tampoco es buena cosa, pero por lo menos soy yo la que aparezco. Hasta que no lo soy. Acabaron todavía húmedos en el suelo, pisoteados con saña imaginándome que pateaba alguna parte de su anatomía. Que le duela, me decía mientras intentaba no resbalar.
Si ha cambiado el blanco calzón, eterno, holgado que me obliga a comprarle desde tiempos de mari-castaña, por estos brillantes colores llenos de dragones a punto de devorar “sabediósquéanimesfemeninas” es que algo hay. No es mi estilo bucear en pensamientos obsesivos ni hacer de espía en mis posesiones, así que me planté un dibujo de grueso trazo, en todo el hueso del pubis, que por cierto, dolió… aunque reflejó menos mi expresión bajo la aguja del tatuador que la cara de quién me lo hizo… ejem, otra historia.
Pero sigo con la estela del tattoo. Se levanta cuán largo es; que lo es, mucho. Antes de que haga un gesto, le digo - ¿Por qué AHORA?, me preguntas POR QUÉ AHORA, qué sucede AHORA, ¿algo que NO SUCEDÍA ANTES? Creo que lo veo sudar por un momento, pero no quiero precipitarme en sus reacciones. Parece un animalito a punto de ir a la cazuela. Por cierto, tengo hambre de que lo que va a decir. Comienza a andar de un lado al otro, cosa cómica porque ya se sabe, un hombre desnudo, balanceándose, es un hombre llamado a la comicidad. Yo, de espectadora de primera fila.
         -¡No, no, todo está bien, todo está MUY BIEN! Me ha sorprendido, eso es todo. No sueles ser así, no me lo esperaba.
 -Pero ¡bueno!, Juan, si lo esperases, no sería una sorpresa, no crees…
         - Claro, claro, pero tú no eres de ésas.
Huy… qué mal dirige las conversaciones este atribulado hombrecito, porque lo crea o no, ha empequeñecido a pesar del balanceo constante. Me impaciento.
         - Mira, fue un detalle que pensé que te agradaría, un toque de locura, una tontería si quieres, perdona si he destrozado esos esquemas tan preconcebidos que tienes sobre mí, si crees que debo, por mi naturaleza insípida, según tú, dejar de hacer ciertas cosas que te resulten sorprendentes, así será. No quiero que  trastornes. Esto último lo digo con un tono de: “trastornado, eso eres, eso estás…”
Por supuesto, la incipiente película de dos rombos acabó ahí. Dónde hubo rescoldos, a poco que se mezcle agua, nace una pasta inservible. Durante unos días el silencio sobre el episodio, fue roto en nuestros pensamientos, mas no entre horarios laborales, mantelerías bordadas o visitas al supermercado. Yo, cada ducha diaria matinal, me contemplaba, menos orgullosa y más melancólica el grafitico dibujo, frotado a sabiendas que no se borraría con el gel que lo ocultaba, pecadora, en el minuto cinco del enjabonado. Desconozco lo que hacía él, pero sus maravillosos e irisados calzones desaparecieron, ellos sí, del mapa de nuestro cuarto. Al día siguiente, fue el jabón de afeitar y aquella asquerosa loción que utilizaba para el post-barbeo. Tardó tanto aquel día que temí no volviera por sus cuatro trajes y la corbata pintada por mí en aquel ataque de manualidades con las que rellené el invierno pasado.
Llamé por teléfono, en un ataque visceral y ovárico,  necesitada de un hombro o una conspiración feminista en grado sumo. Responde la hija de mi mejor amiga, con horrible resultado; hablo también de la niña, por supuesto. Su madre está fuera de la ciudad; no, ni idea cuándo vuelve. Vale, me tragaré mis amarguras, porque ella no lo conoce. Soy muy celosa para con mi vida privada. También estaba ocupada en otras cosas. Que no lo haya conocido me otorga la libertad de exagerar, bajarlo a los infiernos y hundirlo en palabras movedizas sin posibilidad de críticas absolutorias o atenuantes. Quiero la condena completa.
Todo lo que cambia, impone. Es ley de vida que esto suceda, pero los indicadores son tímidos al comienzo, por lo que tendemos, como buenos humanos, a dejarlos medrar hasta que nos devoran. Entre Juan y yo, se habían roto hacía tiempo demasiadas cosas como para retroceder, siempre más costoso en emociones y llantos. Nada sería igual. El amor  es un jarrón que se hace añicos y jamás se recupera del todo, perdiendo su razón de existir. Me convencí de eso, cuando una tarde de domingo, ya desaparecida del salón la antigualla del tocadiscos de Juan, su maqueta a escala del Fórmula uno de “noséquién” y otra hilera de calcetines, sin duda para acompañar a los calzoncillos provocadores del desastre, fui a dar con mis pesares ojerosos a la cafetería, dónde llegué arrastrándome, en una cita con la amiga de la hija horrible. Soy mala persona. Bueno, no.
Venía guapa, la condenada. Feliz. Odio la luz feliz de la gente espumosa, me agotan, porque mi espuma es poco consistente, un soplido… y se va…
Sacude su melena brillante y castaña, ahora con mechas rubias. Se ríe. Me dice que por fin tiene a alguien con quien no contaba. Vuelve a reirse. La veo distinta, más definida. Se habrá blanqueado los dientes, además. Prosigue con su cháchara:  que si yo sabré entenderlo; cuando llega la ocasión no hay que dejarla escapar. Deseo que se calle pronto, pero continúa como animada por una manivela. Que si el tío le contó que se llevaba mal con su pareja, arpía desde las uñas de los pies hasta la coronilla. Qué si está a punto de instalarse en su casa. Que si llevan ocho meses juntos, en total… ¡toda la vida!, suspira satisfecha. Pánfila inocente. Otra que ha caído en garras del futuro desamor.  Sonrío interiormente, el hombre ése no sabe lo fea que es su niña. Ni lo feos que pueden salirle los hermanos. Porque ella es mi amiga, pero no es Venus ni Afrodita. Tampoco demasiado lista. Ya me he convertido en una amargada vieja. No es envidia, que conste. Sorbe su café. Vuelve a reír tontamente, se calla, se queda pensativa. Todos los síntomas de un revuelto enamoramiento físico. No he comenzado todavía a hablar de lo que debo, ni de lo que quiero. Hace una llamada al móvil, mensajea, sus ojos brillan, y vuelta a sonreír. Estoy a punto de levantarme e irme. Tanta felicidad ajena me sienta mal. Pero como es un problema mío, aguanto mecha.
Viendo la necesidad de centrarse o engañarme, intenta anular las comisuras de su sonrisa perpetua y bobalicona, se sienta erguida, con la columna vertebral forzadamente recta y se dispone a fingir que escucha. Me dispongo a hablar. Pero en el limbo, entre digo y dice o digo y escucha, se produce algo que echa al traste mi deseo de vivir mi episodio contado en un duelo rápido. Algo así: (¿Juan?… ¿Qué Juan?)
Me suelta de sopetón: - Oye, tú que sabes de todo… ¿dónde puedo conseguir un tatuaje? de ésos… ya sabes… íntimos… algo tribal, me lo ha pedido mi nuevo… bueno, se llama Juan
Ahora sí me levanto, un poco temblorosa. Busco la salida sin abonar la cuenta. Pienso mil cosas a la vez; lo hago fatal, por falta de costumbre, sobre todo bajo estrés.
Recurriré al láser, más no puede doler
Malditos calzones.

OBRAS RECIENTES

Blogger TemplatesRecent Posts Widget for Blogger
Planeta de Escritores 2010

Planeta de Escritores 2010