22 may 2011

"Dejando huella" (Un relato de 1.270 palabras)


Sí, estoy atrapado; colorado como un tomate y sudando la gota gorda… ¿Que cómo he llegado a esta situación? Tal vez la responsabilidad última la tuvo mi madre, al dotarme de una educación por la que debía saber comportarme correctamente en cualquier circunstancia. O quizás sea la crisis, que me obliga adaptarme a una economía, digamos, más “económica”.
Sea lo que fuere, no lo sé muy bien, algo me empujó al poliderportivo de Valdemorillo (pero que mentirosillo soy, la explicación es más sencilla: en el único gimnasio del pueblo no me sentía demasiado cómodo —les invito a leer España profunda— y la voz de mi mujer se hacía eco con mayor fuerza en mi cabeza, “pagamos un poco menos por el gimnasio y además tenemos piscina,… piscina,… piscina”).
—Vale, vale. Ya te he oído —protesté por la insistencia de Eva.
—Piscina,… piscina —seguía susurrándome al oído.
Cómo me gustaría estar ahora en la piscina. Está cubierta y dividida en calles por unos cables de acero recubiertos por unas piezas de plástico amarillo, que cuando nadas con estilo “libre” como yo, descubres, en manos y pies, que no tienen nada de blanditas. No importa. En este momento me encantaría compartir calle incluso con esos que te miran condescendientes, cuando detrás de ti se forma una caravana de nadadores resignados… ¡Pero si los hay que nadan con aletas en los pies!
—Y además tiene sauna —argumentaba Eva con voz sugerente.
Sí, amigos. Lo hizo, repitió “sauna” varias veces. Y aquí estoy, encerrado en un cubículo de paredes forradas de madera, sudando y resoplando por el calor seco que despiden unas piedras de un rincón. Es un espacio en el que caben con holgura cuatro personas, seis algo apretadillos; y, como era de esperar, reservado para los de tu mismo sexo.
Debe ser muy poco estimulante ver sudar a los del sexo contrario a tu lado… O tal vez sea todo lo contrario, y que las normas traten de impedir que te descubras atractivo bajo las gotitas de sudor que resbalan hacia la barbilla, para abortar el ritual del cortejo: ¿qué, nos hacemos una duchita de agua fría juntos? Porque, afortunadamente, no es necesario ir a los vestuarios para refrescarse: hay una ducha a la entrada de cada sauna.
Sólo tienes que apretar un botón en la pared y de la alcachofa sale un torrente de agua tibia, que se enfría en la medida que se usa. Lo ideal sería repetir el proceso de frío-calor varias veces, para estimular el sistema circulatorio y eliminar toxinas; pero en la práctica no aguanto más de dos duchas. Me entran un mareo y debilidad que como advertencias fisiológicas tomo muy en serio.
Normalmente la sauna está vacía, pero cuando llegas a la entrada y descubres unas gafas y un gorro de baño en el banco de enfrente de la ducha, sabes que no estarás solo detrás de la puerta. En esta ocasión, además, había unas aletas. Debían pertenecer al tipo que se hace tres largos y saca pecho mientras espera a que yo termine el primero. Sí, un pecho depilado que parece burlarse de sus homónimos pilosos.
Como yo apunto canas, y bastantes, y para más añadidura por el resto del cuerpo, en el último corte de pelo no detuve la máquina en la cabeza: su capacidad segadora me descubrió un cuerpo nuevo. Valeee, fue por los nadadores depilados de la piscina. Uno quiere pasar desapercibido, aunque bien pensado creo que ahora llamo más la atención, porque todos me conocen de vista, y a la vista salta que a mi imagen le falta algo… Suspiro en la sauna, dándome cuenta de que tal vez el culpable de mi situación sea yo mismo.
—Hola —saludé al hombre que estaba sentado en el banco superior de la sauna.
Era el único hombre que hacía uso de la sauna, y no me agradaba la idea de sentarme en el banco inferior. Solamente podía sentarme enfrente de las piedras calientes o debajo de aquel tipo. En una opción me achicharraba demasiado la cara, y en la otra me calentaba la idea que pareciera estar insinuándome, de que él no apartara el ojo de mi culo… (Lo sé, los hombres somos un poco ridículos).
Me senté a su lado (de igual a igual, ya sabes, que no haya nadie por debajo) y no cruzamos ni una palabra. Ni siquiera la clásica conversación de ascensor sobre el tiempo o sobre los resultados del último partido de fútbol. Y lo agradezco, sin duda me haría parecer mariquita el hecho de no entender de fútbol… Cómo explicar que a mí me gustan las plantas, que me estoy haciendo un huerto con sus zanahorias y sus calabacines…
Al cabo de unos minutos el hombre de las aletas se despidió. A través del cristal de la puerta pude ver que no recogía sus cosas, y que poco después accionaba la ducha. Lógico, de poco vale una sauna si luego no te duchas con agua fría. Yo empezaba a necesitar refrescarme, de modo que en el momento que oí que no accionaba la ducha salí de la sauna.
Un culo apretado, musculoso y depiladísimo, trataba de contener en la base de la espalda los restos de jabón que bajaban de los hombros… No sé porqué se me antojó muy lubrificado. ¡Por todos los santos, que soy muy heterosexual! Regresé hacia la sauna más sofocado que antes. ¿Por qué diantres se tenía que duchar allí? ¿Y en pelotas?
Pues nada, heme aquí, sin duchar, mareado, enrojecido por el calor y la vergüenza, rezando para que no entrara de nuevo en la sauna. ¡Joder mamá, podrías haber sido más flexible! ¿Y tú, Zapatero, qué habrías hecho tú si en mi situación te encontraras a Rajoy desnudo, llevándose el índice a la boca? En fin, cuatro minutos de disparates varios se me hicieron interminables.
Y más porque cada quince segundos me asomaba al cristal para ver si me esperaba agazapado en algún lugar de la estancia. Cuando finalmente se marchó… (¡ay que ver lo que tardan algunos en quitarse el jabón!) salí escopetado hacia la ducha. Juraría que el agua fría sobre mi piel provocaba un pequeño siseo y que se levantó una ráfaga de vapor.
“Nunca más, nunca más” me decía sabiendo que me refería a que nunca más entraría sólo en una sauna. Mi hijo Alejandro también era socio del polideportivo, y a pesar de tener sólo doce años tiene una envergadura física próxima a la mía: ronda el metro ochenta. Sería, sin saberlo él, mi guardaespaldas una o dos veces por semana.
Me dirigí a los vestuarios, un intenso olor a colonia cosquilleó mi pituitaria. En el momento en que las taquillas se presentaron a mi vista el hombre del pecho (y trasero) depilado abandonaba la estancia. Vi que en uno de los armaritos descansaba un objeto verde, pensé en advertirle de un posible descuido. Pero deseché esa opción, podía ser un ardid para provocar un segundo encuentro (Lo sé, lo sé; los hombres podemos ser muy retorcidos en esto del amor).
¡Que le den por culo!, me lo quedaría yo: él me había hecho pasar un mal rato, y eso podía ser una justa compensación. ¿Qué sería? Podría ser un móvil muy pequeño, tal vez un reproductor de música o un mechero de gasolina. “Eau de oranges verts”, era un frasquito de plástico verde y estaba vacío. Vaya chasco.
¿Por qué las colonias parecen mejores si están denominadas en francés? Me respondo al tener la certeza de que yo, jamás, me acercaré a un tipo perfumado con agua de naranjas verdes… y menos en una sauna.


Si gustan, pueden conocerme un poquito mejor en Te voy a contar un cuento

17 may 2011

Tomar las armas

Un hombre se inclina a recoger su lápiz,
Se ha caído.

Se inclina con cuidado, pues el cuerpo (como todo lo demás) ya no es el de antes.
Este hombre se inclina, y al hacerlo, pensamientos lo abordan, imágenes se le cruzan
Delante.
Como electricidad.

De repente, parece ganar vértigo y perder equilibrio.

Le cuesta cada vez más llegar, la vista se le nubla, la mente se puebla.
El hombre sigue allí.
Así.
Inclinado,
Con la mitad de su cuerpo hacia abajo, estirando su mano,
A punto de tomar el lápiz,
Pero no.

Transpira.

El hombre ahora teme, que todos a su alrededor noten lo que le sucede.
Súbitas palpitaciones lo asustan.
El hombre siente que el tiempo se detiene.
Todas las miradas, adivina, sobre él.

Sufre.

Trata de concentrarse, de apurarse. De centrarse en ese lápiz.
Es en vano.
Inventa excusas para el momento de incorporarse. Imagina que cara pondrá, como fingir que nada pasa, que nada paso por su cabeza.
Cuando, en realidad, todo ha pasado.


El aire del lugar ya es irrespirable, la tensión parece apoderarse de todo.
Cree, el hombre, que todo a su alrededor ya es niebla, bruma…
Al menos eso quisiera.


Imagina las risas solapadas, como sobradoras. De costado, pequeñas, con la boca entre cerrada.
Imagina las cargadas, las preguntas inquisidoras.
Ya lo sabe,
Ya lo saben.

El hombre tiene pánico.
¿Notaran, entonces, lo que paso?
Aun peor ¿Sabrán, al fin, lo que verdaderamente piensa? Lo que oculta. Aquello que esconde bien atrás de su mente, de sus ojos.
¿Adivinaran en su rictus el alarido contenido que grito? ¿Verán en sus gestos la cara de espanto que percibió?
¿Y qué hay de las voces?
¿Y qué hay de sus silencios?
¿Descubrirán el peso de sus silencios?

Se dice a sí mismo “eso no debe suceder”,
No puede permitirlo.

El hombre, lento, como una clavija, como un engranaje sin aceitar, se incorpora. Se toma con una mano la base de la espalda pretendiendo dolor.
Una vez incorporado los mira, uno a uno. A todos, a toda la ronda alrededor de la mesa.
Detrás de sus lentes empañados todos parecieran haberlo notado.

(A decir verdad, detrás de esos lentes empañados el mundo entero parece distinto)


En silencio,
Planea su huida.


Un hombre se inclino. Un hombre ha caído.
Para siempre.
Para no volver a ser el mismo.













Danilo Gatti
http://www.unfrioyrotoaleluya.blogspot.com

21 ene 2011

Gloria

“Gloria a Dios en las alturas
Y en la tierra, paz a los hombres...”
"Misa Criolla" - Ariel Ramírez






¡Gloria a la juventud! ¡Gloria a la juventud por llevarme hacia allí!

La JunxPile tomo el barrio, se nota en cada cuadra.

La vida aquí, ahora es eléctrica, energizante. Ni siquiera podemos detenernos a pensar que esta pasando.
Se nos escapa esta vida de las manos, como arena, como agua. Pasa frente a nosotros corriendo y se nos ríe en la cara.

Los viejos sacan sus sillas a la puerta y se sientan a esperar a la muerte.
Los jóvenes, descarados, los asustan, los matan, los meten para adentro y les gritan: "¡Allí se quedan!"

Que cruel invento el tiempo, un día arriba y al otro abajo. Ya nadie escucha tu opinión, a nadie le importa lo que tengas para dar.
Cruel, y aun así, lo más justo que he conocido…
Hordas de jóvenes esperando que envejezcas para sacarte de tu lugar, debemos estar atentos. Todos y cada uno de nosotros.


Nunca vi un sol tan fuerte como el de aquella primera vez, era claro, era divino. Dios nos hablaba a través de él, algo quería decirnos. Parecía su aceptación...una señal... Siempre supe que él estaba de nuestro lado...
Nunca volví a ver una tarde de sábado como aquella, jamás.

Una brisa de verano en pleno invierno, acariciaba nuestra cara.
Caminar era bendito, me sentía un privilegiado, la historia demandaba estar allí. Era urgente, necesario. Ese era el mundo y no existía nada mas...
Aquí y ahora.

Nuestro desastroso Big Bang. Hermoso y desastroso Big Bang.

Revueltas donde quiera que mirara, viejos llevados en anda hacia el mar, los jóvenes reían, reían frenéticamente…
Sonrisa diabólica y mirada vacía…
¡Alegría!

Los niños, por su parte, habían escapado. Libres al fin, se abrían paso entre la gente, entre los jóvenes armados hasta los dientes.

¡Gloria a la juventud! ¡Gloria a la juventud por llevarme hacia ese lugar!





















Danilo Gatti
http://www.unfrioyrotoaleluya.blogspot.com

17 dic 2010

Tu espalda de pez

Tú, desnuda, frente a la ventana en la que se vislumbran paisajes invernales y tejados nevados de esos que enfrían las manos. Tu pelo, lugar donde naufragan mis manos, dibuja un largo recorrido arbitrario hasta caer en tu oscuro anverso en el que es recogido por tus deliberados dedos que me alumbran cuando despierto.

Yo, descafeinado, rodeado de ideas y sentado en mi azotea. Tus brazos, caída al infierno y al placer, mechas de libertad. Incalculable la matemática de tu cuello, perfecto y rejuvenecedor. Tus hombros, de aspecto suave e iluminados por la luz fría de invierno que invade el lugar de mis manos, son mares incomparables a los de otras mujeres.

Tu espalda de pez, porosa, es fragancia de cuatro estaciones en la que siempre se me hace tarde y, generosamente, deja hueco prioritario, entre su superficie pulida, que sugiere en tu columna los peldaños con dirección a mi cuarto. En ella olvido al olvido, me desconecto, escribo en cada pedazo que soy feliz y traspasando tus fronteras me siento humano. Yo, despierto sin abrigo, sólo y enfrentado, al frío castellano de diciembre.

4 nov 2010

Pequeñas diabluras (un cuento de 815 palabras)


Mi padre es muy exigente conmigo, y debe serlo, porque tanto la familia como los grandes accionistas esperan que desarrolle todo mi potencial… Buf, ¡cómo anhelo aquellos tiempos del pasado! La vida era más sencilla, las cosas se llamaban por su nombre: se imitaban modelos virtuosos de conducta y se despreciaba la mediocridad. Ahora no sé si podré cumplir las expectativas de mi padre, y no porque me considere envilecido por la vulgaridad de los que no ambicionan. No.
Es más bien un asunto de apetito: mi alma inmortal nunca se sacia de belleza, y exprime cada verso para lamer las gotas de poesía que contienen las venas de los poetas… Y como un demente necesito más, ya no me conformo con palabras que hacen gemir: ¡quiero sentir toda la tragedia del Universo escondida tras los pétalos de una flor marchita! ¡Quiero ser el aire que se desliza por los orificios de una flauta… Ser un re, un do sostenido, vibrar en un sol brillante! Quiero ser ese grito de placer de los que comparten el silencio de una noche.
Pero en los planes de mi padre no cabe mi necesidad de vivir la belleza, por eso me refugio aquí, en este invernadero, dónde mimo mis plantas carnívoras lejos de su mirada desaprobadora. Él jamás comprendería toda la armonía y belleza de este mundo que he  creado para mí. Pero no tardé en descubrir que mi ecosistema era inestable: debía proporcionar alimento a las plantas, incesantemente, para que pudieran sobrevivir.
Por azar, uno de los insectos, una mariquita, se escapó de los dientes y de los ácidos de mis plantas; y aprendió a sobrevivir modificando sus hábitos alimenticios. La ausencia de pulgones provocó que comiera de aquello que debía devorarla…
La mutación resultante en la siguiente generación de mariquitas no pudo ser más hermosa. Habían desarrollado una fascinante coloración roja en el dorso, que funcionaba como bolas de discoteca en cuanto eran alcanzadas por algún rayo de sol, y por añadidura, vibraban en delicados tonos argenta, como diminutos espejitos metálicos que entrechocan entre sí.
Poco a poco se estableció un equilibrio natural, ajeno a mi voluntad, que regulaba los individuos de uno y otro orden. De tal modo que si un exceso de mariquitas podría acabar con las plantas, sucedía que éstas obtenían más alimento y brotaban nuevos retoños. Y en caso contrario, sólo sobrevivirían las plantas más fuertes.
Generación tras generación las plantas desplegaron nuevas habilidades cazadoras y endurecieron la piel de sus ramas con brillantes superficies doradas. ¡Al fin disfrutaba de un jardín único, vivo y hermoso!
—¿Qué… qué es esto? —gimió mi padre en la entrada del invernadero— ¿Es aquí dónde pierdes días enteros? —tronó enrojecido por la vergüenza y la ira.
—Es un trabajo de campo, un experimento, padre…
—¿Bailar entre mariquitas es un experimento,… hijo?
Podía ser hiriente sin proponérselo, suspiré y él me acompañó con una exhalación más profunda. Notaba como se tragaba la frustración por no ser lo que esperaba de mí.
—¿Sabes, acaso, cuántas personas dependen de ti? No, te replanteo la pregunta de un modo que puedas entenderlo mejor: ¿sabes cuánto pesa el futuro de millones de almas? —guardó silencio un instante y añadió: Yo te lo diré, ¡unos pocos gramos de inmadurez! —dijo tocando mi cabeza con su puño cerrado.
Es mi padre, y sé cuál es su lugar en el universo. Esa es la única razón por la que le respeto, la única. Sé íntimamente que yo jamás tendré su autoridad, su energía, que jamás podría reemplazarle en su empresa… No comprendo porque se empeña conmigo… tanto.
—¿No podrías demostrar un gesto de buena fe? Algo que revele que comprendes a tu viejo padre, y que aunque no compartas los mismos intereses, podrías…
—Sí, padre —interrumpí levantando mi mano derecha, como los cristos prerrománicos, en un gesto de eterna bendición.
Cerré los ojos un instante. Sabía que mi padre estaba impaciente, que la misma incertidumbre le hacía gozar y sufrir a partes iguales. Y bajé el brazo.
—¿Ya está, qué has provocado? —se interesó mi padre— ¿Alguna pandemia como las de la edad media? No, no, eso es demasiado vulgar. ¿Tal vez algo más apocalíptico como el fuego que sale del infierno y la noche eterna en unos días? ¡Vale, vale, ya sé que es un clásico algo desfasado!
Sonreí. Sabía que le había desconcertado.
—Bueno, dime algo, porque por más que espío a la humanidad no veo cataclismos.
—Papá, en muy poco tiempo tendrás muchos lamentos que escuchar… He quebrado su sistema financiero, la economía mundial se desploma como las fichas de dominó en una fila.
Mi padre estaba perplejo, sentí su sorpresa y admiración.
—¡No podía esperarse nada menos del hijo de Satanás! —proclamó irradiando un orgullo y aprobación que no deseaba.
Suspiré, era jugar en su mundo… Yo tengo planes muy hermosos en el mío de mariquitas y plantas carnívoras…

Fin

Disfruta de otros interesantes relatos en Te voy a contar un cuento

24 sept 2010

Un domingo cualquiera

¿Usted en mi lugar no hubiera hecho lo mismo? Sinceramente, vamos, dígamelo… míreme a los ojos…
Vera, yo tenia que hacer una cosa, una cosa importante y mi perro no dejaba de ladrarme. No es que me molestara a mí, yo ya estaba acostumbrado. Pero es por la gente, por los vecinos de al lado... no son muy cordiales que digamos. Esos ladridos seguro les molestan, siempre me preocupe por eso, pobre gente, seguro se creen que lo hacemos a propósito, que esta es una casa de locos…
Es importante quedar bien, no generar problemas, porque la gente es mala y comenta. Se creen cualquier cosa, y cuando te queres acordar todo el mundo ya tiene una mala imagen de uno…. A mi me importa lo que puedan pensar sobre mi… ¿Acaso esta mal?...
Siempre es mejor dejar una buena impresión.
La cosa es que mi perro ladraba y ladraba, yo lo retaba y nada... seguía ladrando. Y no se si le dije pero yo tenia que hacer una cosa, una cosa importante que tenía ya planeada desde antes, y para esas cosas soy muy obsesivo.
Cuestión que siempre que estoy en el patio mi perro me ladra, debe querer jugar seguro, pero yo no tengo tiempo para andar jugando, y mi patio da a la casa de mis vecinos ¿Le comente sobre ellos ya?...

Yo ya no sabia mas que hacer para que mi perro deje de ladrar, tampoco voy a andar pegándole, no me gusta eso, porque queda traumado… yo no quiero que el piense mal de mí. Aparte, después cada vez que me vea va a correr asustado... y eso no es lindo, es feo.
La cuestión es que tuve que entrar a la cocina, porque el perro, como le dije, no paraba de ladrar.
Mate a mi mujer,
de dos martillazos en la cara
La desfigure,
Creo que le abrí el cráneo
No grito…
Menos mal,
ella siempre grita…
Por cualquier cosa, por todo
La gente del barrio no se que debe pensar, hasta a veces me da vergüenza salir a la calle.

La mate y la lleve al patio, la deje tirada ahí.
Por fin el perro se callo...
Un poco de paz mental,
un poco de tranquilidad. Recién ahí pude poner mi mente en lo que tenia que hacer
No había ninguna molestia,
nada que me distrajera
Y mientras mi perro se comía a mi mujer, por fin pude arreglar el tejado.











Danilo Gatti
http://www.unfrioyrotoaleluya.blogspot.com

8 sept 2010

Naturaleza muerta

No era la primera vez que estaba en su casa, pero estaba seguro que seria la ultima.
Lo recuerdo hoy y puedo verlo con claridad, aquella claridad que nunca tuve estando a su lado.
No se porque, pero siempre que la recuerdo, recuerdo humo... recuerdo su figura transparente desvaneciéndose en el. Todo su hogar parecía estar cubierto de una espesa niebla, todo era gris. Al estar allí estaba siempre a punto de ahogarme, mi garganta se cerraba al extremo de no poder hablar y mis ojos comenzaban a llorar... vaya metáfora para nuestra relación.
Ese día la distancia ya era insalvable, entre nosotros había un océano que ninguno podía, ni estaba dispuesto a cruzar.
Ella nunca levanto la mirada de la sucia evidencia del mediodía... y mientras fregaba esos platos con frenética virulencia, lo note...

Su pequeña cocina da a un patio, más pequeño aun... Ella adentro y yo afuera, en ese patio donde una hilera de plantas sin vida se preguntaban conmigo "¿Porque?".
“Ni siquiera les da el sol” pensé y seguí mirando ese patio, pequeño, techado y lleno de plantas artificiales…. "Ya basta de metáforas" me dije a mi mismo...
Fue allí cuando me di cuenta... Tenia que dejarla.
Todavía estaba afuera cuando se lo dije, mejor dicho, cuando se lo notifique, porque fue frío y seco, como un policía leyendo los derechos a un criminal, como un verdugo anunciando tu final.
Su mirada, claro, permaneció en el mismo lugar, el cigarrillo que colgaba de su boca pareció caer pero se mantuvo. Solo se digno a correrse el pelo de su cara, coloco su brillante mechón rubio detrás de su oreja y le dio la pitada mas larga del mundo a ese cigarro que encontró su final en la boca que alguna vez tanto deseé.
“Wow” pensé, “Es tan hermosa”
Descalza, con el maquillaje corrido por toda su cara, mal dormida, con los ojos como a punto de llorar y enfundada en una vieja remera mía que rezaba “Choose Life”, y aun así... “Dios, es tan hermosa”.
Tan solo dos palabras bastaban para definirla: Salvaje, arruinada…
Quizás, al fin y al cabo, solo eso nos mantenía unidos… Y hoy no éramos nada mas que una postal algo que alguna vez fue.
Su cuerpo fotografía de un pasado mejor, su estado consecuencia de una vida anterior...
Y de aquello ya no quedaba mas nada, tan solo una naturaleza que una vez fue salvaje y hoy esta encerrada… hoy es artificial como ese patio… "Naturaleza muerta"...
“Debo dejarla… Debemos dejarnos”
volví a repetirme.

Agarre mi campera y antes de irme, me beso en la mejilla… “Frío nuevamente”…
Ya ni sabia hace cuanto no nos besábamos, ya ni sabia hace cuanto no me miraba directo a los ojos... Por un momento titubeé, quise volver sobre mis pasos y abrazarla... pero tome una inusual bocanada de coraje... y salí de ella para siempre.













Danilo Gatti
http://www.unfrioyrotoaleluya.blogspot.com

1 sept 2010

"Alicia sin maravillas" (un cuento de 1645 palabras)

El sobresalto fue inesperado, no podía ser de otra manera, y más cuando lo que emergía de esa tierra quemada siseaba con una lengua bífida de más de un metro de longitud. Parecía deleitarse del bocado fácil que esa pobre mujer representaba. Cruzar su territorio, y sin armas, era una temeridad. En su cerebro de reptil se formó la idea de sacrificio, esas pequeñas singularidades sólo se daban en esos mamíferos bípedos.

La mujer rompió a correr precipitadamente hacia la ladera oriental del cañón, como si creyera que, de llegar a esas paredes verticales, pudiera trepar por ellas más deprisa que esa gigantesca serpiente que la miraba con ojos hipnotizadores. ¡Criaturas insensatas, nunca aprenderán a reconocer sus límites!

La serpiente la siguió, casi con docilidad, como en un juego que sabe que no puede perder.

—¿Quieres comerme? ¡Ven a por mí! —gritó Ashanti arrojando una piedra a la cabeza del monstruo.

No le hizo daño, pero el juego dejaba de ser divertido, especialmente cuando la presa no huía. La serpiente se abalanzó hacia ella, tenía ganas de confirmar el sabor que su lengua había degustado en el aire. El sabor a miedo es lo que sazonaba mejor las carnes… ¿Por qué no había detectado esa emoción antes en su presa?

La mujer saltó en la pared, hacia lo que parecía un tronco seco de un árbol. La serpiente siguió con la mirada el tronco hasta comprender, cuando ya era demasiado tarde, que la copa estaba formada por una plataforma de piedras que caían sobre su cabeza. ¡Había caído en una trampa!

—¡Uuu… uuu… uuuuuuuh! —gritó Ashanti levantando los brazos en un gesto inconsciente de victoria.

Alicia había levantado un puño sin darse cuenta. No tenía la más mínima intención de usarlo, y menos contra esos dos obreros, que trataban de ser galantes con los escasos medios, que la cultura y la sociedad habían puesto a su servicio para lucirse en el ancestral juego de la seducción.

—Vale, vale, señorita. No pretendía ofenderla… —se excusó el más joven.

—¡Vaya unos humos que se gasta! —masculló el otro lo suficientemente alto para que Alicia pudiera oír sus reproches—. ¡Tampoco está tan buena, joder!

Ashanti volvió la vista atrás, el cuerpo inmóvil del monstruo apuntaba hacia una montaña cuya cima no se veía por una espesa niebla.

—¡Ya sé cuál es mi camino…!

Sólo las montañas sagradas escondían de la vista de los mortales sus cimas de secretos y tesoros.

—¡Y ni los dioses podrán evitar que cumpla mi destino!

Y Ashanti descubrió que, una vez conocida su meta, no podía hacer otra cosa que avanzar hacia ella. Porque no puede haber vida más miserable que la de una heroína que está privada de toda razón… y ni siquiera sospecha por qué sus pasos le guían por una senda y no por otra, y por qué, de repente, intuye la importancia del color de la ropa interior y el peso que tiene determinadas palabras, según como se pronuncien y quien las diga… ¡Por todos los dioses…! protestó Ashantí, ¿qué brujería es esta que enreda mi mente? Rechazó de plano esos pensamientos extraños.

—¡Debes ser práctica! —gritó la heroína.

En otras circunstancias habría despellejado a la serpiente y se habría confeccionado unas buenas botas con ella, tal vez incluso un escudo, porque, aunque ella no era muy amiga de esos objetos que impedían una completa libertad de movimientos, la piel de serpiente, y más la de esos ejemplares gigantescos, es extremadamente resistente, flexible y ligera. Se sorprendió pensando en el patrón de un bolso de mano, de si debía hacerlo de boca ancha o estrecha…

—¡Por todos los dioses!

Ahora tenía la confirmación de que un enemigo invisible la estaba atacando con sortilegios que nublan la razón. No debía permanecer inactiva o acabaría zozobrando en espejismos de dudas; la cordura quedaría atrapada en laberintos de pensamientos recurrentes y ya no sabría volver. Abandonó con pesar el cuerpo de la serpiente.

Ashanti suspiró. Aunque la montaña sagrada parecía no estar lejos, sabía por experiencia que la distancia en horizontes calcinados engañaba mucho. Sin posibilidad de galopar sobre lomos de criatura más veloz, recurrió al último concentrado de hierbas que le quedaba. Alicia arrugó el paquete vacío de chicles y sintió circular renovados flujos de energía por el cuerpo. Ashanti sintió un frescor en la boca milagroso y supo que ya no perdería el aliento, incluso tras correr durante horas.

En la medida que sus piernas la acercaban a las laderas de la montaña sagrada, iba distinguiendo cosas, primero puntos, después rayas cada vez mayores, que se movían en el cielo sin orden aparente. “Son pajaritos”, concluyó la heroína sin dejar de correr. Era de lógica aplastante, si estaban en el cielo y volaban en torno a una montaña sagrada no podía ser otra cosa que “pajaritos”… ¿Y por qué no podían ser buitres atraídos por la carroña que se acumula a los pies de una montaña maldita?

Cuando Ashanti llegó a las faldas de la montaña descubrió que lo que allí sobrevolaban no eran inofensivos pajaritos, de los que recibían a los esforzados peregrinos con dulces trinos. Se trataba de arpías. Viejas de tanto vivir, revoloteaban cansadas sobre su cabeza. Gritaban abriendo y cerrando con ansiedad las garras de sus extremidades.

—¡Nos comeremos tus ojos! ¡Nos comeremos tus ojos!

Alicia se estremeció, había cruzado la puerta de entrada del centro de salud pero, ahora, inesperadamente, cuando estaba a punto de llegar a la cola de información, una señora mayor la retenía por el brazo.

—No tan deprisa hijita —unos dedos como garras se clavaron en el antebrazo—, que estábamos antes nosotras.

¿Por qué se empeñaban en retrasarla?

—Puede ser, pero no en la cola —protestó Alicia, desembarazándose de las garras.

Algo había pasado. Normalmente se habría callado, permitiría perder sus derechos, ceder ante las exigencias razonables o no, de extraños o conocidos, con tal de no brillar como actriz… de toda escena que intimidara por su protagonismo.

—Hola señorita. Necesito cita con el doctor Campos…

Alicia estaba irreconocible, sus palabras irradiaban tanta firmeza que ni las ancianas rechistaron. Ashanti había evitado a las arpías con relativa facilidad, ante ella se presentaba ahora una larga escalinata, de peldaños agrietados, esculpidos sobre la roca viva de la montaña, y llenos de escombros. Nadie había pisado esa escalera, nadie había llegado tan lejos…

Un extraño estremecimiento confirmó que atravesaba sendas que los mortales normalmente no pisaban. Un regusto ácido en el fondo del paladar advirtió que estaba en un punto de no retorno, que debía continuar porque estaba muy cerca de la meta y grandes acontecimientos se iban a desarrollar, modificando, sin sospechar hasta que punto, su vida. Y subió sin mayor dificultad, sólo era una escalera muy descuidada.

En un primer momento, cuando llegó a la cumbre, no vio nada extraño. No había nada, sólo bruma y más piedras. De pronto la niebla se cerró, y todas esas piedras que antes resultaban visibles a unos pasos, ahora adquirían caprichosas formas que en virtud de las brumas parecían moverse.

Ashanti, inquieta, se acercó a cada grupo de piedras, espada en mano, para confirmar que no representaban ninguna amenaza. Aquello que parecía un hombre con algo muy grande entre las piernas sólo eran piedras… de ser algo orgánico, habría recibido un tajo cercenador de “cosas grandes”. Ashanti trató de calmarse.

Un ruido detrás de ella la hizo brincar, una figura que antes no recordaba haber visto, se alzaba hasta tres metros de altura sobre sus cuartos traseros. Parecía un inmenso osito de peluche con los brazos extendidos. En sí mismo no parecía peligroso, excepto por su tamaño y que resultaba terrible en ese entorno. La heroína suspiró, sólo eran más piedras.

En medio de la bruma, en el propio centro de la cima, encontró algo parecido a un altar. Era una piedra tallada de gran tamaño en el centro de un círculo despejado. Ashanti estrechó con más fuerza las manos sobre el mango de la espada. Un fulgor carmesí brotó del altar, había surgido de ella un enorme zapato rojo de tacón , de innegable diseño y aparente comodidad… ¡Sólo por seis euros con noventa y nueve céntimos!, rezaba una atractiva etiqueta colgada de un cordoncillo. Imposible permanecer de piedra ante semejante ganga.

¡Tienes que ser fuerte, tienes que ser fuerte!, se dijo la heroína. El silbido de la espada cortó en dos el zapato que se deshizo en brumas. Sobre el altar no quedaba nada.

—¿De verdad deseas matarme? —sonó una voz de mujer a su espalda.

Ashanti se volvió sobre sus talones. Lo que se encontró no era extraordinario, no era una mujer de finos rasgos, de belleza sutil y gracia en la expresión. Tampoco era una mujer basta, de expresión tosca y mirada chabacana… El rostro que observaba era el suyo. Era como verse reflejada en un espejo. ¡El gran rival que esperaba, el enemigo que tanto perjuicio había provocado a lo largo de la vida, era en realidad ella misma!

Alicia alzó su espada.

—¡En verdad quiero! —gritó clavando la espada en el pecho, sin darse cuenta que las ancianas la escrutaban con recelo un paso detrás de ella.

—Hecho, a las dieciocho quince del martes veintitrés de mayo tiene la cita.

La señorita, al otro lado del mostrador, trataba de disimular el estupor que había provocado la vehemencia de una mujer de aspecto inofensivo.

La heroína tomó el papelito.

—¿Qué extraño designio de los dioses es éste? —protestó ante premio tan insignificante.

¿Dónde estaban los grandes tesoros, los dones divinos o las armas o demás objetos imbuidos de una magia especial que hicieran de ella una guerrera temible? Una voz sobrenatural retumbó de unos cielos revueltos: “!Has conseguido la cita con tu médico, enhorabuena mortal!”.

—¿Para qué quiero yo “esto”? —insistió Ashanti, decepcionada.

Alicia sonrió, el premio lo había recibido ella: se había hecho más fuerte.



-Fin-


Atrévete a leer otras historias en Te voy a contar un cuento

OBRAS RECIENTES

Blogger TemplatesRecent Posts Widget for Blogger
Planeta de Escritores 2010

Planeta de Escritores 2010