24 sept 2010

El señor Conejito

La chica miró con un deje cansado a su psicólogo; tres años de intentos por parte de aquel tipo y ningún resultado positivo que augurara que aquella joven articulara palabra alguna.


La chica siempre hacía la misma rutina a la hora de entrar en la consulta; caminaba sigilosamente con la mirada gacha y se sentaba en un mullido sofá con sus ojos fijos en el conejito de peluche que siempre llevaba entre sus manos. En escasas ocasiones alzaba su visión hacia aquel hombre que intentaba ayudarla, y, mantenía el azul claro de su iris fijo en el marrón oscuro de él. El psicólogo tan sólo le aguantaba la mirada unos instantes, incapaz de resistirse al dolor del gesto de la chica.

Del mismo modo en que transcurrieron esos tres años, danzaron unos cuantos más, e igualmente, aquella chica siguió sin hablar.

—¡Noelia, por favor! Éste será el último día que te trataré, ¿podrías al menos darme una pista del porqué no hablas?

Noelia abrazó a su conejito y fijó su vista en sus deportivas viejas y gastadas.

—¿Te han dicho algo malo?, ¿alguien te ha hecho daño? Si al menos nos dijeras qué te ocurre podríamos tratar de ayudarte.

Noelia cerró los ojos y escuchó las desesperadamente preocupadas palabras de aquel psicólogo. Se levantó observando su reloj; ya era hora de irse.

Con un gesto imperceptible dejó una nota sobre la mesa de la consulta sin que nadie se diera cuenta.

Cuando ya era hora de cerrar y el psicólogo se fue a recoger todos los papeles que se encontraban destartalados en aquella mesa encontró una hoja de libreta donde había escrito con una tosca caligrafía:

No hablo porque papá me ha dicho que si le delato
hará daño al señor Conejito y a mamá.

Me da pena irme de la consulta; eres dulce y te portas
bien conmigo. Espero que algún día vengas a verme.

Noelia.

20 ago 2010

Un folio de Nada

Sara divagó observando al inmaculado folio blanco.


¿Cómo podía explicar la manera en la que se sentía?, ¿era posible que la complejidad amarga de los sentimientos que yacían en su interior fuera exteriorizada por mediación de palabras?

Sara suspiró; se sentía cansada. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar; le escocían, y su piel pálida cual copo de nieve había perdido aquella tonalidad, tornándose color amarillo enfermo.

Con aire pensativo colocó el cigarrillo que sostenía en sus ahora huesudos dedos sobre sus secos labios; inhaló el humo de su Marlboro con un deleite casi imposible. Le encantaba apreciar cómo la nicotina contaminaba sus pulmones; el dulce néctar del veneno malogrando su cuerpo.

Cansada, dejó su vicio de lado, en el cenicero. Durante unos instantes mantuvo la mirada fija en el hilo de humo que emanaba el cigarro; le resultaba hipnotizante apreciar la manera en la que huía por una ventana abierta.

Sara volvió a observar su folio, ahora manchado con la evidencia de lo que fumaba.

Frustrada, se levantó brúscamente de la silla del escritorio, tomó el folio y lo estrujó. Instantes después, lo dejó caer sobre la mesa, y, con un gesto indescifrable trató de eliminar las arrugas de la hoja.

Cogió un bolígrafo Bic sin tapa y escribió sobre el papel:

Me siento como una mierda, me mato.

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