17 may 2011

Tomar las armas

Un hombre se inclina a recoger su lápiz,
Se ha caído.

Se inclina con cuidado, pues el cuerpo (como todo lo demás) ya no es el de antes.
Este hombre se inclina, y al hacerlo, pensamientos lo abordan, imágenes se le cruzan
Delante.
Como electricidad.

De repente, parece ganar vértigo y perder equilibrio.

Le cuesta cada vez más llegar, la vista se le nubla, la mente se puebla.
El hombre sigue allí.
Así.
Inclinado,
Con la mitad de su cuerpo hacia abajo, estirando su mano,
A punto de tomar el lápiz,
Pero no.

Transpira.

El hombre ahora teme, que todos a su alrededor noten lo que le sucede.
Súbitas palpitaciones lo asustan.
El hombre siente que el tiempo se detiene.
Todas las miradas, adivina, sobre él.

Sufre.

Trata de concentrarse, de apurarse. De centrarse en ese lápiz.
Es en vano.
Inventa excusas para el momento de incorporarse. Imagina que cara pondrá, como fingir que nada pasa, que nada paso por su cabeza.
Cuando, en realidad, todo ha pasado.


El aire del lugar ya es irrespirable, la tensión parece apoderarse de todo.
Cree, el hombre, que todo a su alrededor ya es niebla, bruma…
Al menos eso quisiera.


Imagina las risas solapadas, como sobradoras. De costado, pequeñas, con la boca entre cerrada.
Imagina las cargadas, las preguntas inquisidoras.
Ya lo sabe,
Ya lo saben.

El hombre tiene pánico.
¿Notaran, entonces, lo que paso?
Aun peor ¿Sabrán, al fin, lo que verdaderamente piensa? Lo que oculta. Aquello que esconde bien atrás de su mente, de sus ojos.
¿Adivinaran en su rictus el alarido contenido que grito? ¿Verán en sus gestos la cara de espanto que percibió?
¿Y qué hay de las voces?
¿Y qué hay de sus silencios?
¿Descubrirán el peso de sus silencios?

Se dice a sí mismo “eso no debe suceder”,
No puede permitirlo.

El hombre, lento, como una clavija, como un engranaje sin aceitar, se incorpora. Se toma con una mano la base de la espalda pretendiendo dolor.
Una vez incorporado los mira, uno a uno. A todos, a toda la ronda alrededor de la mesa.
Detrás de sus lentes empañados todos parecieran haberlo notado.

(A decir verdad, detrás de esos lentes empañados el mundo entero parece distinto)


En silencio,
Planea su huida.


Un hombre se inclino. Un hombre ha caído.
Para siempre.
Para no volver a ser el mismo.













Danilo Gatti
http://www.unfrioyrotoaleluya.blogspot.com

21 ene 2011

Gloria

“Gloria a Dios en las alturas
Y en la tierra, paz a los hombres...”
"Misa Criolla" - Ariel Ramírez






¡Gloria a la juventud! ¡Gloria a la juventud por llevarme hacia allí!

La JunxPile tomo el barrio, se nota en cada cuadra.

La vida aquí, ahora es eléctrica, energizante. Ni siquiera podemos detenernos a pensar que esta pasando.
Se nos escapa esta vida de las manos, como arena, como agua. Pasa frente a nosotros corriendo y se nos ríe en la cara.

Los viejos sacan sus sillas a la puerta y se sientan a esperar a la muerte.
Los jóvenes, descarados, los asustan, los matan, los meten para adentro y les gritan: "¡Allí se quedan!"

Que cruel invento el tiempo, un día arriba y al otro abajo. Ya nadie escucha tu opinión, a nadie le importa lo que tengas para dar.
Cruel, y aun así, lo más justo que he conocido…
Hordas de jóvenes esperando que envejezcas para sacarte de tu lugar, debemos estar atentos. Todos y cada uno de nosotros.


Nunca vi un sol tan fuerte como el de aquella primera vez, era claro, era divino. Dios nos hablaba a través de él, algo quería decirnos. Parecía su aceptación...una señal... Siempre supe que él estaba de nuestro lado...
Nunca volví a ver una tarde de sábado como aquella, jamás.

Una brisa de verano en pleno invierno, acariciaba nuestra cara.
Caminar era bendito, me sentía un privilegiado, la historia demandaba estar allí. Era urgente, necesario. Ese era el mundo y no existía nada mas...
Aquí y ahora.

Nuestro desastroso Big Bang. Hermoso y desastroso Big Bang.

Revueltas donde quiera que mirara, viejos llevados en anda hacia el mar, los jóvenes reían, reían frenéticamente…
Sonrisa diabólica y mirada vacía…
¡Alegría!

Los niños, por su parte, habían escapado. Libres al fin, se abrían paso entre la gente, entre los jóvenes armados hasta los dientes.

¡Gloria a la juventud! ¡Gloria a la juventud por llevarme hacia ese lugar!





















Danilo Gatti
http://www.unfrioyrotoaleluya.blogspot.com

4 nov 2010

Pequeñas diabluras (un cuento de 815 palabras)


Mi padre es muy exigente conmigo, y debe serlo, porque tanto la familia como los grandes accionistas esperan que desarrolle todo mi potencial… Buf, ¡cómo anhelo aquellos tiempos del pasado! La vida era más sencilla, las cosas se llamaban por su nombre: se imitaban modelos virtuosos de conducta y se despreciaba la mediocridad. Ahora no sé si podré cumplir las expectativas de mi padre, y no porque me considere envilecido por la vulgaridad de los que no ambicionan. No.
Es más bien un asunto de apetito: mi alma inmortal nunca se sacia de belleza, y exprime cada verso para lamer las gotas de poesía que contienen las venas de los poetas… Y como un demente necesito más, ya no me conformo con palabras que hacen gemir: ¡quiero sentir toda la tragedia del Universo escondida tras los pétalos de una flor marchita! ¡Quiero ser el aire que se desliza por los orificios de una flauta… Ser un re, un do sostenido, vibrar en un sol brillante! Quiero ser ese grito de placer de los que comparten el silencio de una noche.
Pero en los planes de mi padre no cabe mi necesidad de vivir la belleza, por eso me refugio aquí, en este invernadero, dónde mimo mis plantas carnívoras lejos de su mirada desaprobadora. Él jamás comprendería toda la armonía y belleza de este mundo que he  creado para mí. Pero no tardé en descubrir que mi ecosistema era inestable: debía proporcionar alimento a las plantas, incesantemente, para que pudieran sobrevivir.
Por azar, uno de los insectos, una mariquita, se escapó de los dientes y de los ácidos de mis plantas; y aprendió a sobrevivir modificando sus hábitos alimenticios. La ausencia de pulgones provocó que comiera de aquello que debía devorarla…
La mutación resultante en la siguiente generación de mariquitas no pudo ser más hermosa. Habían desarrollado una fascinante coloración roja en el dorso, que funcionaba como bolas de discoteca en cuanto eran alcanzadas por algún rayo de sol, y por añadidura, vibraban en delicados tonos argenta, como diminutos espejitos metálicos que entrechocan entre sí.
Poco a poco se estableció un equilibrio natural, ajeno a mi voluntad, que regulaba los individuos de uno y otro orden. De tal modo que si un exceso de mariquitas podría acabar con las plantas, sucedía que éstas obtenían más alimento y brotaban nuevos retoños. Y en caso contrario, sólo sobrevivirían las plantas más fuertes.
Generación tras generación las plantas desplegaron nuevas habilidades cazadoras y endurecieron la piel de sus ramas con brillantes superficies doradas. ¡Al fin disfrutaba de un jardín único, vivo y hermoso!
—¿Qué… qué es esto? —gimió mi padre en la entrada del invernadero— ¿Es aquí dónde pierdes días enteros? —tronó enrojecido por la vergüenza y la ira.
—Es un trabajo de campo, un experimento, padre…
—¿Bailar entre mariquitas es un experimento,… hijo?
Podía ser hiriente sin proponérselo, suspiré y él me acompañó con una exhalación más profunda. Notaba como se tragaba la frustración por no ser lo que esperaba de mí.
—¿Sabes, acaso, cuántas personas dependen de ti? No, te replanteo la pregunta de un modo que puedas entenderlo mejor: ¿sabes cuánto pesa el futuro de millones de almas? —guardó silencio un instante y añadió: Yo te lo diré, ¡unos pocos gramos de inmadurez! —dijo tocando mi cabeza con su puño cerrado.
Es mi padre, y sé cuál es su lugar en el universo. Esa es la única razón por la que le respeto, la única. Sé íntimamente que yo jamás tendré su autoridad, su energía, que jamás podría reemplazarle en su empresa… No comprendo porque se empeña conmigo… tanto.
—¿No podrías demostrar un gesto de buena fe? Algo que revele que comprendes a tu viejo padre, y que aunque no compartas los mismos intereses, podrías…
—Sí, padre —interrumpí levantando mi mano derecha, como los cristos prerrománicos, en un gesto de eterna bendición.
Cerré los ojos un instante. Sabía que mi padre estaba impaciente, que la misma incertidumbre le hacía gozar y sufrir a partes iguales. Y bajé el brazo.
—¿Ya está, qué has provocado? —se interesó mi padre— ¿Alguna pandemia como las de la edad media? No, no, eso es demasiado vulgar. ¿Tal vez algo más apocalíptico como el fuego que sale del infierno y la noche eterna en unos días? ¡Vale, vale, ya sé que es un clásico algo desfasado!
Sonreí. Sabía que le había desconcertado.
—Bueno, dime algo, porque por más que espío a la humanidad no veo cataclismos.
—Papá, en muy poco tiempo tendrás muchos lamentos que escuchar… He quebrado su sistema financiero, la economía mundial se desploma como las fichas de dominó en una fila.
Mi padre estaba perplejo, sentí su sorpresa y admiración.
—¡No podía esperarse nada menos del hijo de Satanás! —proclamó irradiando un orgullo y aprobación que no deseaba.
Suspiré, era jugar en su mundo… Yo tengo planes muy hermosos en el mío de mariquitas y plantas carnívoras…

Fin

Disfruta de otros interesantes relatos en Te voy a contar un cuento

20 oct 2010

Volver (Una y otra vez la despedida) / The Last Station

Era el preciso momento para decir algo, sin embrago me quede callado, el metalico ruido de las ruedas al pasar, la presión del aire queriendo entrar. El mundo se movia frente a nuestros ojos o mas bien nosotros nos moviamos en él, cuando al fin nos deteniamos y el ruido acallaba, era nuestro turno, pequeñas frases, pequeñas historias dentro de otras, una mezcla de recuerdos distantes, una buena anécdota, palabras que conociamos bien, palabras gastadas y repetidas hasta el cansancio, en fin nada nuevo, las puertas se cerraban y todo acaba y volvia a repetirse estación tras estación en un ciclo interminable. El vagón del metro se eleva a la superficie y luz inunda todo, cada detalle, cada esquina, cada rostro, y no pude evitar  ver su rostro, su pelo. sus ojos oscuros, la gente parece mas feliz ya iluminados, se veian  menos atrapados aunque no sea cierto, el viaje seguia su curso tal como lo planeado y cada vez más y más personas entraban salían de este reciclo de caras y rostros cansados por el viaje, esa misma luz que nos ilumino ahora nos cega, parecemos ridiculamente cercanos pero no es así, el tiempo me permitio volver, era el preciso momento para decir eso que no he podido decir nunca sin embargo no dije nada, nada. Una combinación de linea nos obliga a irnos parados, la tarde caía y nosotros eramos dos cabezan en un vagón lleno tratando de conversar, riendo de cosas sin importancia, escribiendo una historia que no quiere salir por el miedo a tener sentido, pero el tiempo y habiendo recorrido media ciudad, en resumen una vida de recuerdos nos acercabamos inevitablemente a la última estación, nos bajamos, bajamos las escaleras y antes de cruzar aquella linea divisoria, nos quedamos parados, poco a poco nos fuimos quedando en silencio, nos miramos un rato y nos abrazamos, ella no podia llegar tarde, nos quedamos algunos minutos mas así, pero el tiempo, la rutina y el destino terminan borrandolo todo, una y otra vez como siempre, era el preciso momento para decir algo sin embargo no pude mas que decir "Adios", adios.

3 oct 2010

Dialogo entre dos suicidas

Las luces estaban apagadas, vio la hora en su celular, eran las doce y media, con paso firme, algo inseguro se dirigió hacia el balcón esperando terminar su tormento. Puso sus manos en aquel metal frío, miro hacia abajo, y se detuvo, luego se sentó en aquella orilla con sus pies mirando el vacío del suelo, tapó su cara con sus manos. Ella lo observó casi a la misma altura de él, en la misma situación.
-¿Primera vez?-dijo ella.
-Ah...-dijo pensando que estaba solo, entonces miró a aquella silueta sentada metros al lado suyo.
-Emm...sí-dijo.
-¿Cómo te llamas?-preguntó ella.
-Eso no importa, dentro de poco sólo seré...
-Yo me llamo Daniela-dijo ella.
-Mm...y cuál es tu historia-dijo él, sorprendido por la sinceridad anterior.
-Eso no importa, dentro de poco sólo seré...-dijo ella. Ambos rieron y se vieron por primera vez los rostros.
-Jaja...bonito nombre.
-A mí no me gusta, pero no me quejo.
-Esta bien, me llamo Tomás.
-Si me permites, tienes bonitos ojos-dijo él.
-Debí haberlos sacado de él.
-¿Vives sola?
-No, vivo con mi madre.
-¿y tú?
-No, yo vivo sólo, mi padre no me quiere allá.
-Ah...entonces, "Tomás" ¿Cuál es tu excusa?, perdón, historia-dijo ella.
-No lo sé, no osea, no, no se cual de todas-respondió él.
-Estamos a punto de...y aún conservas tu sentido del humor-agregó.
-Me gusta reír-dijo ella.
-Y cuál es la tuya.
-Perdón-dijo ella.
-Tu excusa.
-Ah, no sé, la otra vez venía en el Metro y vi que demolían la iglesia en la viví EJE y después, no sé.
-¿Qué es EJE?-preguntó él.
-No te puedo decir, es secreto-dijo coquetamente.
-Me recuerdas a alguien-dijo él.
-¿Y tú estudias o algo?-preguntó ella.
-Sí, estudió literatura, mi padre quería que estudiara derecho, después me fui acá.
-¿Y te va bien?-preguntó ella.
-La verdad, me eché tres ramos...y tú ¿Qué haces?
-Yo estudió diferencial-respondió ella.
-¿Y te gusta?-preguntó.
-Sí...no me quejo.
-Cuando le dije a mi padre que quería estudiar eso, él si se quejo, mi madre me apoyo, pero ahora...-dijo y no pudo evitar dejar caer una lágrima en su mejilla, ella lo observaba.
-...pero ahora ella esta muerta...hace una semana, le dije....le dije que me estaba yendo mal, y...
-Cuanto lo siento-dijo ella, ya no sonreía.
-Sorry, no tenía por qué contar esto-dijo él, hubo un breve silencio entre aquellas siluetas.
-Mi padre nunca nos pescó a mí y a mi madre, he llegado a odiarlo, por dejarnos-dijo ella.
-He tenido que hacer las cosas por mi cuenta, y con ayuda de mi madre.
-Oh...yo siempre he vivido con dos padres, no sé lo que será eso-dijo.
-Siempre he estado la mayoría del tiempo sola.
-Al menos tenemos la alegría de saber que aún podemos estar tristes-dijo él mirándole los ojos.
-Sí-dijo ella, de nuevo el silencio inundo aquellos dos departamentos, la noche era joven.
-Entonces Daniela, no te importa que te llamé por tu nombre...
-Descuida.
-¿Esta no es tu primera vez?-preguntó él.
-Hace algunos años quise intentarlo pero no tuve el valor de hacerlo-dijo ella.
-Antes de que llegara a esta situación, me decía a mi mismo que sólo los cobardes se suicidaban.
-No, se debe tener harto valor para hacerlo.
-Bueno tienes razón.
-Siempre la tengo-dijo, la sonrisa de su rostro había vuelto.
-Me recuerdas a alguien.
-Mm...y , Tomás, ¿Pololeas?
-Jaja...no, tengo la mala fortuna de enamorarme de mis mejores amigas.
-¿Y?
-A veces hay que dejar las cosas como están-dijo él, ella se acerco peligrosamente por la baranda más cerca de él, y le tomó la mano.
-¿Qué haces?
-No sé.
-¿Qué hay de tí?, dejarás a algún afortunado después de que nos...
-...no, mi abuelita dice que soy muy caprichosa y que nunca encontraré hombre quien me soporte.
-A mí me pareces una bonita persona-dijo le dijo a ella.
-Gracias.
-Tú no estas nada mal tampoco, y no te preocupes, si tú y ella eran verdaderos amigos, ella te recordará siempre-dijo ella.
-Gracias.
-Y si no lo eran, de lo que se perdió realmente.
-Jaja-rió él.
-Tú también me pareces una buena persona.
-Y Daniela, ¿Cómo es que llegamos aquí?
-No lo sé, puede que nuestras "excusas" no sean las mejores y que tal vez dejemos a muchos haciendo esto, pero creo que si nuestras vidas fueron lo suficientemente gratas, no nos arrepentiremos.
-Al fin y al cabo la vida y la muerte son lo mismo
-¿Cómo es eso?-preguntó ella.
-Al nacer, mueren muchas cosas, cambian muchas cosas y luego otras nacen; y al morir, no todo perece, después hay vida, nacen muchas cosas.
-Como los donantes de órganos-dijo ella.
-Correcto y no sólo cosas físicas-agregó él.
-Me gusta conversar contigo, siento que no todo esta perdido.
-A mí también me gusta tu compañía, pero yo no daré vuelta atrás.
-Yo tampoco, después de todo la tercera es la vencida ¿no?-dijo ella.
-Jaja-rieron juntos, tomados de las manos, el tiempo parecía haberse detenido esa noche, mientras todos celebraban el triunfo de Chile en el fútbol. La lluvia parecía haberse ido por el momento, ninguno de los dos quería que amaneciera, hacía frío, el le había ofrecido un chaleco, pero luego de pensarlo lo encontraron estúpido e innecesario considerando la situación en que estaban.
-Puede que suene extraño todo esto-dijo él.
-¿Qué puede ser más extraño que una conversación entre dos suicidas?, es como sí dijera que...
-...me gustas-interrumpió él.
-¿Qué?-dijo ella.
-Ya se que es raro, y que nos conocemos hace dos horas.
-Esta conversación es incómoda.
-Lo sé, y como no va serlo, considerando que dentro de un rato no seremos más que polvo en el viento.
-Me gusta esa canción-dijo ella cambiando de tema.
-Vamos, sé que tú sientes lo mismo, nada perdemos.
-Ya lo sé, pero es que...
-Pero es que, ¿qué?-hubo un prolongado silencio entre ambos.
-Lo siento, la verdad...debes pensar que soy un idiota-dijo él.
-No...de hecho es tierno-dijo ella.
-Esto es demasiado emo.
-Jaja-rió ella.
-No, odio a los emo-era el silencio de nuevo, el miraba el suelo y los ocho pisos que lo separaban de él, ella jugaba con sus piernas moviéndolas al compás. Se acercaron lo más que pudieron a la orilla, estaban tomados peligrosamente de las manos.
-Te quiero.
-Yo también.
-Ahora a lo que vinimos ¿no?-dijo ella.
-En otra vida quizás-dijo él.
-Ah, sí.
-¿Por qué eres así?
-No lo sé, ¿qué hora es?
-Importa eso ahora.
-Mm...nada perdemos.
-Quedémonos un rato más.
-Nada perdemos.

24 sept 2010

Un domingo cualquiera

¿Usted en mi lugar no hubiera hecho lo mismo? Sinceramente, vamos, dígamelo… míreme a los ojos…
Vera, yo tenia que hacer una cosa, una cosa importante y mi perro no dejaba de ladrarme. No es que me molestara a mí, yo ya estaba acostumbrado. Pero es por la gente, por los vecinos de al lado... no son muy cordiales que digamos. Esos ladridos seguro les molestan, siempre me preocupe por eso, pobre gente, seguro se creen que lo hacemos a propósito, que esta es una casa de locos…
Es importante quedar bien, no generar problemas, porque la gente es mala y comenta. Se creen cualquier cosa, y cuando te queres acordar todo el mundo ya tiene una mala imagen de uno…. A mi me importa lo que puedan pensar sobre mi… ¿Acaso esta mal?...
Siempre es mejor dejar una buena impresión.
La cosa es que mi perro ladraba y ladraba, yo lo retaba y nada... seguía ladrando. Y no se si le dije pero yo tenia que hacer una cosa, una cosa importante que tenía ya planeada desde antes, y para esas cosas soy muy obsesivo.
Cuestión que siempre que estoy en el patio mi perro me ladra, debe querer jugar seguro, pero yo no tengo tiempo para andar jugando, y mi patio da a la casa de mis vecinos ¿Le comente sobre ellos ya?...

Yo ya no sabia mas que hacer para que mi perro deje de ladrar, tampoco voy a andar pegándole, no me gusta eso, porque queda traumado… yo no quiero que el piense mal de mí. Aparte, después cada vez que me vea va a correr asustado... y eso no es lindo, es feo.
La cuestión es que tuve que entrar a la cocina, porque el perro, como le dije, no paraba de ladrar.
Mate a mi mujer,
de dos martillazos en la cara
La desfigure,
Creo que le abrí el cráneo
No grito…
Menos mal,
ella siempre grita…
Por cualquier cosa, por todo
La gente del barrio no se que debe pensar, hasta a veces me da vergüenza salir a la calle.

La mate y la lleve al patio, la deje tirada ahí.
Por fin el perro se callo...
Un poco de paz mental,
un poco de tranquilidad. Recién ahí pude poner mi mente en lo que tenia que hacer
No había ninguna molestia,
nada que me distrajera
Y mientras mi perro se comía a mi mujer, por fin pude arreglar el tejado.











Danilo Gatti
http://www.unfrioyrotoaleluya.blogspot.com

8 sept 2010

Naturaleza muerta

No era la primera vez que estaba en su casa, pero estaba seguro que seria la ultima.
Lo recuerdo hoy y puedo verlo con claridad, aquella claridad que nunca tuve estando a su lado.
No se porque, pero siempre que la recuerdo, recuerdo humo... recuerdo su figura transparente desvaneciéndose en el. Todo su hogar parecía estar cubierto de una espesa niebla, todo era gris. Al estar allí estaba siempre a punto de ahogarme, mi garganta se cerraba al extremo de no poder hablar y mis ojos comenzaban a llorar... vaya metáfora para nuestra relación.
Ese día la distancia ya era insalvable, entre nosotros había un océano que ninguno podía, ni estaba dispuesto a cruzar.
Ella nunca levanto la mirada de la sucia evidencia del mediodía... y mientras fregaba esos platos con frenética virulencia, lo note...

Su pequeña cocina da a un patio, más pequeño aun... Ella adentro y yo afuera, en ese patio donde una hilera de plantas sin vida se preguntaban conmigo "¿Porque?".
“Ni siquiera les da el sol” pensé y seguí mirando ese patio, pequeño, techado y lleno de plantas artificiales…. "Ya basta de metáforas" me dije a mi mismo...
Fue allí cuando me di cuenta... Tenia que dejarla.
Todavía estaba afuera cuando se lo dije, mejor dicho, cuando se lo notifique, porque fue frío y seco, como un policía leyendo los derechos a un criminal, como un verdugo anunciando tu final.
Su mirada, claro, permaneció en el mismo lugar, el cigarrillo que colgaba de su boca pareció caer pero se mantuvo. Solo se digno a correrse el pelo de su cara, coloco su brillante mechón rubio detrás de su oreja y le dio la pitada mas larga del mundo a ese cigarro que encontró su final en la boca que alguna vez tanto deseé.
“Wow” pensé, “Es tan hermosa”
Descalza, con el maquillaje corrido por toda su cara, mal dormida, con los ojos como a punto de llorar y enfundada en una vieja remera mía que rezaba “Choose Life”, y aun así... “Dios, es tan hermosa”.
Tan solo dos palabras bastaban para definirla: Salvaje, arruinada…
Quizás, al fin y al cabo, solo eso nos mantenía unidos… Y hoy no éramos nada mas que una postal algo que alguna vez fue.
Su cuerpo fotografía de un pasado mejor, su estado consecuencia de una vida anterior...
Y de aquello ya no quedaba mas nada, tan solo una naturaleza que una vez fue salvaje y hoy esta encerrada… hoy es artificial como ese patio… "Naturaleza muerta"...
“Debo dejarla… Debemos dejarnos”
volví a repetirme.

Agarre mi campera y antes de irme, me beso en la mejilla… “Frío nuevamente”…
Ya ni sabia hace cuanto no nos besábamos, ya ni sabia hace cuanto no me miraba directo a los ojos... Por un momento titubeé, quise volver sobre mis pasos y abrazarla... pero tome una inusual bocanada de coraje... y salí de ella para siempre.













Danilo Gatti
http://www.unfrioyrotoaleluya.blogspot.com

"Los orígenes de Spanish-man (¡Qué pronunciación!)" Un cuento de 3527 palabras

Un avión a reacción rasgó el cielo en dos, dejando como única evidencia de su paso una estela blanca en el azul glorioso de una España contenida… ¿Un avión? La estela se dirigía directamente a una de las torres de la capital, en la antigua ciudad deportiva del Real Madrid. Todos conservaban en las retinas las llamaradas del once de septiembre… ¿Un nuevo atentado terrorista? A la velocidad con la que se movía quedaban menos de cuatro segundos, tres segundos, dos segundos, un segundo…


Las cámaras de televisión no registraron el menor impacto, ninguna explosión iluminó el cielo. Nadie se quedó sin aliento.

—¡Hola amigos! —prorrumpió un excéntrico personaje embutido en unas mallas de licra rojas. Se apartó el flequillo con un estudiado gesto, ofreciendo su mejor perfil—. ¡Soy Spanish-man! —contuvo el aliento un instante—…Qué pronunciación —añadió orgulloso en voz baja.

En verdad creía que nadie oía sus apostillas… en fín, eran pequeñas manías que a un superhéroe se le permitían. Ocultaba su identidad tras un diminuto antifaz de color amarillo, y de sus manos colgaban dos malhechores resignados a su suerte.

Los reporteros brincaron ante la repentina aparición.

—No debiste forzar la máquina, Pepe… te puede la avaricia —dijo uno de los facinerosos.

—Es que están tan caros los bocadillos —se defendió el oficinista.

Uno de los periodistas, con sorprendente habilidad, consiguió colocar su micrófono en la boca del superhéroe.

—¿Cuál es la colonia que usa? ¿Es cierto que adora las hamburguesas? Y díganos si hay una superheronía en su vida…

Spanish-man sonrió con un gruñido de satisfacción.

—En efecto, uso colonia de bebés todos los días. Y respondiendo a la segunda pregunta; afirmo que no hay alimento más completo, digan lo que digan las autoridades sanitarias, que una hamburguesa… (Si estos bandidos hubieran bajado al búrguer de la esquina ahora no estarían detenidos). Y por último decir que Spanish-man hace solito la colada en casa…Qué pronunciación —añadió en un susurro.

Gonzalo, desde el sofá del salón de su mansión, aplaudió con auténtica efusión las palabras de ese superhéroe que ocupaba la pantalla de su televisor. “Es realmente sexy”, pensó apartando un acaracolado mechón de la frente.”Qué pronunciación”, añadió sin darse cuenta. En efecto, Gonzalo Porras, de veinticuatro años, empadronado en Boadilla del Monte, era Spanish-man. ¿Qué por qué él y no otro?

Para conocer la respuesta habría que retroceder cuatro años en el tiempo, cuando Gonzalo todavía no podía volar, y acudía con puntualidad germánica a las oficinas de la empresa de la familia, vestido, por supuesto, con un traje de corte moderno. Las mallas y camisetas de licra brillante, con la “eñe” mayúscula en el pecho; la capa con los colores de la bandera española; y el antifaz y calzoncillos de licra puestos por fuera, todavía no formaban parte de su vestuario.

Un señor de un metro y cincuenta y cinco centímetros tamborileaba los dedos con impaciencia. Con el ceño fruncido parecía hundido entre los acolchados de cuero negro de la silla del escritorio, y por tener la piel muy clara, se notaba aún más una calvicie que trataba de disimular con los cuatro pelos que le crecían por encima de las orejas. Por contraste.

—Llega tarde, señor —saludó levantando la ceja izquierda.

Gonzalo confirmó el retraso en su reloj de pulsera. Dos minutos, treinta y cuatro segundos, justo lo que había tardado en piropear a dos secretarias que le salieron al paso.

—“Zorri”

—¿Zorri? ¿Ha buscado un apelativo cariñoso para ganar mi aprobación o pretende disculparse en un inglés insufrible? Debe cuidar la pro-nun-cia-ción, señor, pro-nun-cia-ción. Me temo que los informes que tengo que entregar a su padre, no van a ser de su agrado. No tendré más remedio que recomendar una estancia indeterminada en la Gran Bretaña.

El señor Kesintong tenía la habilidad de presentar cualquier circunstancia como una condena… “Oh sí, por favor, castígueme, señoooorrrr profesooorrr… ¡Chachi, vacaciones pagadas en Inglaterra!”

—Sé que usted es un señor muy íntegro, y le ruego que no se desvíe de sus principios. Y menos con un joven arrogante y rico como yo.

—Algún día descubrirá que el negocio de los jamones curados puede no ser “siempre” tan productivo como su insolencia le hace presumir… señor.

Poco después, Gonzalo viajaba hacia tierras inglesas, porque su amado progenitor creía imprescindible el dominio del inglés, para la extensión de la empresa más allá de las fronteras españolas. Y como él era algo mayor, y en definitiva el negocio quedaría en manos de su único hijo cuando se jubilara, concluyó que era Gonzalo quien debía aprender el dichoso idioma. Aunque se le atascara tanto en la boca.

“Qué hambre tengo”, se dijo Gonzalo al sentir unas repentinas dentelladas en el estómago. Pidió a una azafata la carta de comidas, y en ella descubrió una variedad sorprendente de… bocadillos. En fin, en un viaje corto no se podía esperar que tuvieran cocina en el avión. “Veamos, bocadillo de jamón serrano”, frunció el ceño. Estaba hasta el mismísimo gorro de ese embutido. “…De chorizo ibérico”, un escalofrío le recorrió la espalda. “Salami…¡pfff!!”. Dejó de mirar la carta.

—Discúlpeme, señorita. ¿No tendría por casualidad una buena tortilla de patatas, con su cebollita… poco cuajada?

La azafata dulcificó el gesto negativo de la cabeza con una sonrisa. “Pobrecillo, aún no sabe lo que le espera en Inglaterra”. La azafata recordó que una amiga suya había estado liada con un atractivo hombre de campo y que le había regalado una tortilla, para que cuando se la comiera se acordara de él. Todo hecho con alimentos del pueblo. Y su amiga por no tirarla a la basura se la regaló a ella. Obviamente no deseaba recordar demasiado, y es que lo único que perdura en el recuerdo, con auténtica vitalidad, son las palabras… no la belleza. “¡Qué si te monto, cordera…!”, gritaba su amiga con cara de oveja loca, tratando de averiguar dónde estaba el romanticismo en la declaración.

—Estás de enhorabuena —rectificó la azafata.

Gonzalo dejó el plato limpio, a pesar de estar excesivamente aceitosa y demasiado salada. Sólo cuando desembarcó del avión y estaba pendiente de localizar su maleta, sintió las arcadas. Corrió en busca de un aseo de caballeros…

—Plis, detoilet formén… —suplicó a los usuarios que le observaban con preocupación.

—¡Toilet, cojones! ¡El vaterclós!

Los demás pasajeros se encogían de hombros, no comprendían ni su urgencia ni sus palabras. Algunos huían atemorizados de que se ofreciera un extranjero con tanta impunidad y descaro.

—Find yourself a job, and let the sexual services for professionals… Sir (Búsquese un trabajo, y deje los servicios sexuales para los profesionales… Señor)—contestó un “gentleman” retorciéndose los bigotes.

Acabó por encontrar uno, y ante la apremio de la náusea no se paró en comprobar si era de caballeros o no. Sin levantar la vista del suelo, cerrando con fuerza los labios, cruzó como una exhalación la estancia. Al fondo había una fila de excusados con las puertas cerradas. No tenía tiempo para las buenas formas. Pateó la primera puerta, que cedió entre astillas… y ahí se liberó.

Las lágrimas se difuminaron lentamente, aunque un sabor amargo permanecía en la boca. Sólo entonces, descubrió que sus manos se apoyaban en los muslos despejados de una señora, que permanecía en absoluto silencio, petrificada, con los ojos muy abiertos, sin respirar…

—¡Ah! —Gonzalo cortó el susto con una mano en la boca.

Doce o quince paraguas auxiliaron a la señora del ataque de ese depravado. “¡Qué flojuchas son las inglesas!”, se extrañó por la ausencia de dolor. Como las excusas, aparte de inútiles resultaron ininteligibles para las damas, Gonzalo optó por una retirada elegante y educada. Las susodichas supieron apreciarlas siguiendo sus pasos con pertinaz insistencia, sin dejar de aporrearle con los paraguas, hasta que subió a un taxi y se alejó del aeropuerto.

Gonzalo sospechó que la tortilla le había sentado mal, especialmente cuando se sorprendió calculando con acierto el número exacto de rayitas que tenía la camisa del taxista…”No puede ser”. A través del retrovisor observó los pelos del bigote del conductor. Al instante tuvo la certeza de su número, y de ellos, cuántos eran canas teñidas de negro.

—¡Joder, soy la hostia!

El taxista frunció el ceño.

—¡Ayám de raiman! —aclaró Gonzalo radiante ante el descubrimiento de su nueva habilidad.

—Raiman? —precisó el taxista girando un índice en la sien—. Necesitará ayuda, amigo.

Le tendió la mano a través de la estrecha apertura del cristal blindado.

—Soy un agente gubernamental de incógnito, en nuestras dependencias le ayudaremos a desarrollar su potencial…Señor —confesó el taxista en un correcto castellano pero con acento inglés.

Tres veces por semana, un taxi negro, con la misma matrícula que el que había tomado en el aeropuerto, acudía a la residencia de estudiantes donde se alojaba Gonzalo Porras. Tres días por semana, en un complejo militar subterráneo, en un impreciso punto de la campiña inglesa, Gonzalo Porras se sometía a todo tipo de pruebas y emborronaba cuestionarios sin parar…

Allí se demostró la proporcionalidad que existía entre la súper fuerza, volar y la capacidad de conocer el número exacto de unidades en un conjunto complejo y difuso, estaba directamente relacionada con su habilidad de pronunciar correctamente el inglés, incluso de imitar el acento inglés en otros idiomas. Todavía no habían descubierto las razones.

—Hijo, tu formación no ha terminado —suspiró el taxista conteniendo el tic nervioso que movía el bigote—, pero comprendo que quieras marcharte. Recuerda que en España tus súper poderes se debilitarán, y que aquí siempre encontrarás… tu pupitre preparado, para cuando quieras regresar.

Gonzalo retornó a España, sabiendo hablar inglés, para mayor satisfacción de sus padres, y adecuadamente. Circunstancia que aún hoy no se explican muy bien.

“Debes recordar que tus poderes te hacen diferente, y el límite que te separa de la mediocridad es muy frágil… ¡No caigas en la tentación de usar tus poderes en tu propio beneficio”, recordaba Gonzalo, con tanta intensidad, como si su mentor le estuviera recitando normas básicas de ética ciudadana para súper héroes. “Además, deberás ocultar tu identidad, porque hasta un súper héroe necesita descansar... Créeme que las fans y los súper villanos no dejarían de llamar a tu puerta”.

—Abuela, necesito que me hagas unas mallas —solicitó Gonzalo con zalamería—…Es para un concierto Heavy que papá ha contratado para la inauguración de la nueva fábrica de chorizos…

—¿Qué dices, hijo?

Era evidente que se aprovechaba de ella, de su envidiable maestría con la máquina de coser. El alzhéimer todavía no había borrado su habilidad costurera…

—Un poco estrecho —protestó Gonzalo tras probarse las mallas de licra roja.

Le apretaban los huevos cosa mala. Bueno, nada que no pudiera corregirse con aguja e hilo. Ella, además, ayudaría a preservar su otra identidad, porque nadie la creería si algún día se le escapaba que había cosido los calzoncillos a Spanish-man.

—¡Estoy listo! —gritó Gonzalo ataviado con su nuevo uniforme de héroe. —Yo…yo… esto… ¡Yo…voy a salvar al mundo!

Algo no funcionaba: le faltaba el nombre. Tenía que solventar esta pequeña contrariedad antes de “desfacer los entuertos”, porque de lo contrario no estaría claro la autoría de las hazañas, nadie sabría quien era el que estaba arreglando el mundo…y hasta don Quijote necesitaba que su amada Dulcinea conociera sus aventuras, no fuera que otro aprovechado se apuntara las gestas.

Gonzalo, con medio cuerpo fuera de la ventana, a punto de saltar, se imaginaba la situación: “Señor agente, lo he visto todo… ha sido un payaso del circo el que ha detenido el camión sin frenos”. “No, que va, que va… ¡Ha sido el tío de la película “El cuervo”!, que iba un poco más alegre y ha salvado a los niños del camión!” Y el presentador de la tele acabaría por decir: “algo con patas y manos, probablemente la mascota de un importante patrocinador, ha evitado que se estropee un camión”.

—Soy…”vamos Gonzalito, piensa”…Soy… “En España perderás tus poderes”… Soy…”pero yo soy español”… ¡Claro, ya está! ¡Soy Spanish-man! “Tengo que mejorar la pronunciación o seré un súper héroe a medio gas”.

Y se lanzó por la ventana, chillando:

—¡Ya estoy listo para salvar al mundo!

Apenas sobrevoló unas calles cuando oyó un desgarrado grito de auxilio. Una ancianita se estrujaba unos dedos crispados a la altura del pecho.

—¿Qué le pasa, señora? —se interesó Gonzalo con un impecable acento inglés.

La ancianita quedó sobrecogida por la repentina aparición que descendía de los cielos.

—¿Qué… quién es usted? ¿Y qué dice? —añadió en un hilo de voz.

Es algo sintomático, los que hablan demasiado bajo es porque están sordos. Lo sabía por su abuela.

—¡Soy Spanish-man…! —gritó Gonzalo— ¡Y vengo en su ayuda! —añadió sin marcar demasiado la entonación y el acento inglés.

—Es mi “Galletita”, que se ha ido por dónde no debía —explicó sin dejar de arrugarse la blusa con ansiedad, con la otra mano señaló la copa de un árbol.

Gonzalo comprendió de inmediato. Con la celeridad digna de un superhéroe sujetó a la abuela con las manos cruzadas por debajo del diafragma.

—Galletita mala… ¡Sal, sal, sal de tu sitio! —dijo Spanish-man acompañando de un apretoncito en cada exhorto.

La vieja se revolvió sofocada. Un maullido de un gatito, proveniente del árbol más inmediato, detuvo el forcejeo.

—A ver si lo adivino… ¿La galletita es ese minino?

En el tiempo que tardó la señora en asentir con la cabeza, Gonzalo ya se lo había bajado.

—¡Y no lo olvide, señora! ¡Spanish-man ha disfrutado ayudándola…! Qué pronunciación.

—¡Pervertido!

La primera hazaña de Spanish-man no había resultado demasiado gloriosa, pero Gonzalo sabía que no debía descuidar los casos más modestos, porque únicamente teniéndolos en cuenta podría conseguir un mundo mejor. “Es cierto, —se convencía Gonzalo— es como los científicos del mundo: todos buscando la cura contra el cáncer… ¿Y es que nadie se acuerda de lo molesto que es un resfriado? Si alguno encontrara la solución definitiva todos podrían trabajar al cien por cien contra la vacuna del cáncer…”.

Un adolescente, de esos que con la excusa de estudiar las estrellas utilizan los telescopios para espiar al vecindario en busca de tetas, sorprendió la aparición de Spanish-man. En cuanto vio la capa con los colores de la bandera española ondear en el descenso hacia la abuela, ajustó el zoom de la vídeo-cámara al máximo y empezó a grabar.

Al día siguiente, en el mismo momento que Cecilio paseaba por su calle favorita de Madrid, las imágenes de Spanish-man se retransmitían en los telediarios de los principales canales de televisión. Cecilio era un pobre hombre de campo, sin familia y sin trabajo, que de vez en cuando venía a Madrid para denunciar ante el Defensor del pueblo la miseria en la que vivía su aldea.

—Los americanos tienen a Supermán —sentenciaba una guapa presentadora—, un héroe del cómic que ha sido encarnado en el cine…

A Cecilio le encantaba observar los escaparates gigantescos de esas tiendas, y normalmente se detenía fascinado contemplado los cuarenta o cincuenta televisores de pantalla plana.

—¡Pero nosotros tenemos a Spanish-man! ¡Un héroe de verdad! —aseguraba la presentadora al mismo tiempo en los cuarenta o cincuenta televisores.

Cecilio suspiró, desde que unos americanos llegaron al pueblo y las autoridades pertinentes empezaron a expropiar tierras, todo fue de mal en peor. La construcción de una central nuclear les había privado de sus tierras de cultivo, de las aguas de su río, y muy pocos pudieron trabajar en la central. Los escritos y demás formularios de protesta se perdían en los vericuetos de la jungla burocrática. ¡Necesitaban ayuda de verdad! ¿Y qué es lo que veía en los cuarenta o cincuenta televisores de esa tienda? ¡A un capullo americano haciéndose pasar por español! ¿Qué pretendía el capullo del antifaz? ¿Expropiar también el país con sus truquitos de cine barato?

—¡…Spanish-man ha disfrutado ayudándola! Qué pronunciación.

—¡Héroe de pacotilla! Tú no eres nada, ni quieres a tu gente…

—¿No resulta enternecedor el modo en que acaricia al gatito? —se oía a la chica de las noticias a través de unos altavoces que habían instalado en la fachada. Normalmente subían un poco el volumen cuando percibían que algún peatón se quedaba ensimismado mirando las televisiones.

El guerrero rojo y amarillo, el gran héroe nacional, se recreaba en mimos que el animal aceptaba con agrado.

—¿Qué persona se esconde tras el antifaz? Veamos de nuevo el video.

—… Spanish-man ha disfrutado ayudándola! Qué pronunciación —repetía el héroe en las cuarenta o cincuenta televisiones.

—… Siempre estás con tu “¡qué pronunciación!” de los cojones. ¡Tienes que ser más español y menos mariquita! Que al final te voy a quitar la “eñe”, que no te la mereces…¡Cojones!

Un olor a quemado le hurgaba entre los pelillos de la nariz, Cecilio tuvo la certeza de que algo se chamuscaba, y eso en la ciudad no era nada bueno. Olfateando la contaminación, por encima de los carburantes quemados del tráfico rodado, Cecilio supo rastrear el origen de un incipiente incendio de un edificio cercano.

—¿Dónde está ahora el gilipollas ese? ¿Salvando a otro gatito? —protestó Cecilio sin sorprenderse de su extraordinaria capacidad olfativa.

Y no es que la vida campestre fuera más propicia para el desarrollo sensorial, o los de su pueblo fueran conocidos por sus narices excelentes. Ni mucho menos. ¿Pero cómo permitían los de la ciudad tanto retraso en sus emergencias? ¿Por qué no llegaban los bomberos y la policía acordonaba un área de seguridad?

—Socorro…—Era una voz de mujer que decía mucho más de lo que pronunciaba.

Cecilio sorprendió en su tono la derrota, la sumisión a un destino que ella daba por seguro que nadie podía evitar.

—¿Pero es que nadie la oye? —gritó Cecilio indignado—. Está claro que en este país no se puede esperar ayuda de nadie…

Corrió hacia el portal, ignorando las protestas del portero, y subió al tercer piso, de donde provenía la voz asfixiada. Dio una patada a una puerta que crujió sobre sus jambas. Al segundo empujón la puerta cayó, al fondo del pasillo sorprendió a una viejecita en el suelo. Una espesa nube de humo venenoso alquitranaba el paso hacia la salida que había abierto.

Se quitó la faja del torso y se protegió las vías respiratorias. Recogió a la ancianita y repitió la misma operación de la faja con ella. Cuando habían alcanzado el exterior una deflagración a sus espaldas advertía que parte del tercer piso había saltado por los aires. Uno de los cascotes más gruesos de la fachada alcanzó a Cecilio, que cayó al suelo como un saco de patatas.

A unos cuantos kilómetros del lugar del incendio, Spanish-man se hallaba completamente absorto en el rescate de otro gatito. Éste estaba más asustado que “Galletita”, y emitía un sonido parecido al lamento que un muerto descompuesto en su tumba haría si trataran de despertarle. “Uñitas” no se dejaba atrapar, y hacía honor a su nombre en cuanto Gonzalo estiraba la mano.

Desde el árbol vio la columna de humo que provenía del centro de Madrid.

—“Uñitas”, tengo un asunto más importante. Mientras tanto trata de relajarte un poquito, que en un rato vengo a por ti.

En cuanto llegó, a vista de pájaro, Spanish-man reconstruyó la escena. Un edificio en llamas, un hombre inconsciente en el suelo y un montón de sirenas ensordeciendo el lugar. “Exactamente tres dispositivos antirrobo de locales comerciales y cinco alarmas de vehículos aparcados…Sólo una víctima aparente. Soy la hostia”.

—Spanihs-man…Te vi por la tele —saludó el portero del inmueble afectado.

Gonzalo sacó pecho, hinchando la “eñe” de la camiseta.

—Sí, es que soy muy fotogénico —manifestó el héroe con marcado acento inglés—. Pero dígame, ¿qué es lo que ha pasado?

—Ni idea, pero ese paleto —señaló a Cecilio—entró de muy malas maneras en el edificio y unos segundos después, cuando salía,… ¡pum! Todo por los aires —explicó el portero recreando una explosión con las manos.

Gonzalo comprobó las constantes vitales del paleto. Pulso adecuado, respiración normal…sólo estaba dormido. Sin embargo, el polvo y las trazas de cascotes en la boina y chaleco hablaban de un brutal impacto…”¿Dónde está la sangre?”.

—Spanihs-man —interrumpió el portero—, esto es importante: la abuelita del tercero ha desaparecido…¡No se ven restos en su apartamento, y me consta que no había abandonado el edificio!

—¿Qué has hecho con la abuelita? ¿Qué has hecho con la abuelita? —exigió Gonzalo zarandeando al pueblerino.

Cecilio abrió los ojos con pesar. El americano ridículo le vapuleaba a placer, le dolía la cabeza, como si el pulso cardíaco se concentrara allí y con cada pulsación aumentara la presión intracraneal. Además estaba completamente desorientado.

—¿Quién eres? ¿Quién eres? —gritó el héroe sin dejar de menear al pobre Cecilio.

—Soy…del terruño —contestó casi sin voz el paleto.

—¿Cómo? ¿Ha dicho el “tío trasmuño”?

El portero se encogió de hombros.

Finalmente aparecieron los agentes de la autoridad, asumiendo el control de la situación.

—Spanihs-man, esto es un asunto de la policía…

—Se llama Tío Trasmuño, y es el presunto autor de la desaparición de una anciana y destrucción de un edificio.

—No, yo no hice nada… ¡Soy inocente! —protestó Cecilio.

—Eso es lo que dicen todos, señor agente…Qué pronunciación.

—Juro por ésto —y Cecilio se besó un puño— que me vengaré, payaso-man…




Fin de la primera parte.

1 sept 2010

"Alicia sin maravillas" (un cuento de 1645 palabras)

El sobresalto fue inesperado, no podía ser de otra manera, y más cuando lo que emergía de esa tierra quemada siseaba con una lengua bífida de más de un metro de longitud. Parecía deleitarse del bocado fácil que esa pobre mujer representaba. Cruzar su territorio, y sin armas, era una temeridad. En su cerebro de reptil se formó la idea de sacrificio, esas pequeñas singularidades sólo se daban en esos mamíferos bípedos.

La mujer rompió a correr precipitadamente hacia la ladera oriental del cañón, como si creyera que, de llegar a esas paredes verticales, pudiera trepar por ellas más deprisa que esa gigantesca serpiente que la miraba con ojos hipnotizadores. ¡Criaturas insensatas, nunca aprenderán a reconocer sus límites!

La serpiente la siguió, casi con docilidad, como en un juego que sabe que no puede perder.

—¿Quieres comerme? ¡Ven a por mí! —gritó Ashanti arrojando una piedra a la cabeza del monstruo.

No le hizo daño, pero el juego dejaba de ser divertido, especialmente cuando la presa no huía. La serpiente se abalanzó hacia ella, tenía ganas de confirmar el sabor que su lengua había degustado en el aire. El sabor a miedo es lo que sazonaba mejor las carnes… ¿Por qué no había detectado esa emoción antes en su presa?

La mujer saltó en la pared, hacia lo que parecía un tronco seco de un árbol. La serpiente siguió con la mirada el tronco hasta comprender, cuando ya era demasiado tarde, que la copa estaba formada por una plataforma de piedras que caían sobre su cabeza. ¡Había caído en una trampa!

—¡Uuu… uuu… uuuuuuuh! —gritó Ashanti levantando los brazos en un gesto inconsciente de victoria.

Alicia había levantado un puño sin darse cuenta. No tenía la más mínima intención de usarlo, y menos contra esos dos obreros, que trataban de ser galantes con los escasos medios, que la cultura y la sociedad habían puesto a su servicio para lucirse en el ancestral juego de la seducción.

—Vale, vale, señorita. No pretendía ofenderla… —se excusó el más joven.

—¡Vaya unos humos que se gasta! —masculló el otro lo suficientemente alto para que Alicia pudiera oír sus reproches—. ¡Tampoco está tan buena, joder!

Ashanti volvió la vista atrás, el cuerpo inmóvil del monstruo apuntaba hacia una montaña cuya cima no se veía por una espesa niebla.

—¡Ya sé cuál es mi camino…!

Sólo las montañas sagradas escondían de la vista de los mortales sus cimas de secretos y tesoros.

—¡Y ni los dioses podrán evitar que cumpla mi destino!

Y Ashanti descubrió que, una vez conocida su meta, no podía hacer otra cosa que avanzar hacia ella. Porque no puede haber vida más miserable que la de una heroína que está privada de toda razón… y ni siquiera sospecha por qué sus pasos le guían por una senda y no por otra, y por qué, de repente, intuye la importancia del color de la ropa interior y el peso que tiene determinadas palabras, según como se pronuncien y quien las diga… ¡Por todos los dioses…! protestó Ashantí, ¿qué brujería es esta que enreda mi mente? Rechazó de plano esos pensamientos extraños.

—¡Debes ser práctica! —gritó la heroína.

En otras circunstancias habría despellejado a la serpiente y se habría confeccionado unas buenas botas con ella, tal vez incluso un escudo, porque, aunque ella no era muy amiga de esos objetos que impedían una completa libertad de movimientos, la piel de serpiente, y más la de esos ejemplares gigantescos, es extremadamente resistente, flexible y ligera. Se sorprendió pensando en el patrón de un bolso de mano, de si debía hacerlo de boca ancha o estrecha…

—¡Por todos los dioses!

Ahora tenía la confirmación de que un enemigo invisible la estaba atacando con sortilegios que nublan la razón. No debía permanecer inactiva o acabaría zozobrando en espejismos de dudas; la cordura quedaría atrapada en laberintos de pensamientos recurrentes y ya no sabría volver. Abandonó con pesar el cuerpo de la serpiente.

Ashanti suspiró. Aunque la montaña sagrada parecía no estar lejos, sabía por experiencia que la distancia en horizontes calcinados engañaba mucho. Sin posibilidad de galopar sobre lomos de criatura más veloz, recurrió al último concentrado de hierbas que le quedaba. Alicia arrugó el paquete vacío de chicles y sintió circular renovados flujos de energía por el cuerpo. Ashanti sintió un frescor en la boca milagroso y supo que ya no perdería el aliento, incluso tras correr durante horas.

En la medida que sus piernas la acercaban a las laderas de la montaña sagrada, iba distinguiendo cosas, primero puntos, después rayas cada vez mayores, que se movían en el cielo sin orden aparente. “Son pajaritos”, concluyó la heroína sin dejar de correr. Era de lógica aplastante, si estaban en el cielo y volaban en torno a una montaña sagrada no podía ser otra cosa que “pajaritos”… ¿Y por qué no podían ser buitres atraídos por la carroña que se acumula a los pies de una montaña maldita?

Cuando Ashanti llegó a las faldas de la montaña descubrió que lo que allí sobrevolaban no eran inofensivos pajaritos, de los que recibían a los esforzados peregrinos con dulces trinos. Se trataba de arpías. Viejas de tanto vivir, revoloteaban cansadas sobre su cabeza. Gritaban abriendo y cerrando con ansiedad las garras de sus extremidades.

—¡Nos comeremos tus ojos! ¡Nos comeremos tus ojos!

Alicia se estremeció, había cruzado la puerta de entrada del centro de salud pero, ahora, inesperadamente, cuando estaba a punto de llegar a la cola de información, una señora mayor la retenía por el brazo.

—No tan deprisa hijita —unos dedos como garras se clavaron en el antebrazo—, que estábamos antes nosotras.

¿Por qué se empeñaban en retrasarla?

—Puede ser, pero no en la cola —protestó Alicia, desembarazándose de las garras.

Algo había pasado. Normalmente se habría callado, permitiría perder sus derechos, ceder ante las exigencias razonables o no, de extraños o conocidos, con tal de no brillar como actriz… de toda escena que intimidara por su protagonismo.

—Hola señorita. Necesito cita con el doctor Campos…

Alicia estaba irreconocible, sus palabras irradiaban tanta firmeza que ni las ancianas rechistaron. Ashanti había evitado a las arpías con relativa facilidad, ante ella se presentaba ahora una larga escalinata, de peldaños agrietados, esculpidos sobre la roca viva de la montaña, y llenos de escombros. Nadie había pisado esa escalera, nadie había llegado tan lejos…

Un extraño estremecimiento confirmó que atravesaba sendas que los mortales normalmente no pisaban. Un regusto ácido en el fondo del paladar advirtió que estaba en un punto de no retorno, que debía continuar porque estaba muy cerca de la meta y grandes acontecimientos se iban a desarrollar, modificando, sin sospechar hasta que punto, su vida. Y subió sin mayor dificultad, sólo era una escalera muy descuidada.

En un primer momento, cuando llegó a la cumbre, no vio nada extraño. No había nada, sólo bruma y más piedras. De pronto la niebla se cerró, y todas esas piedras que antes resultaban visibles a unos pasos, ahora adquirían caprichosas formas que en virtud de las brumas parecían moverse.

Ashanti, inquieta, se acercó a cada grupo de piedras, espada en mano, para confirmar que no representaban ninguna amenaza. Aquello que parecía un hombre con algo muy grande entre las piernas sólo eran piedras… de ser algo orgánico, habría recibido un tajo cercenador de “cosas grandes”. Ashanti trató de calmarse.

Un ruido detrás de ella la hizo brincar, una figura que antes no recordaba haber visto, se alzaba hasta tres metros de altura sobre sus cuartos traseros. Parecía un inmenso osito de peluche con los brazos extendidos. En sí mismo no parecía peligroso, excepto por su tamaño y que resultaba terrible en ese entorno. La heroína suspiró, sólo eran más piedras.

En medio de la bruma, en el propio centro de la cima, encontró algo parecido a un altar. Era una piedra tallada de gran tamaño en el centro de un círculo despejado. Ashanti estrechó con más fuerza las manos sobre el mango de la espada. Un fulgor carmesí brotó del altar, había surgido de ella un enorme zapato rojo de tacón , de innegable diseño y aparente comodidad… ¡Sólo por seis euros con noventa y nueve céntimos!, rezaba una atractiva etiqueta colgada de un cordoncillo. Imposible permanecer de piedra ante semejante ganga.

¡Tienes que ser fuerte, tienes que ser fuerte!, se dijo la heroína. El silbido de la espada cortó en dos el zapato que se deshizo en brumas. Sobre el altar no quedaba nada.

—¿De verdad deseas matarme? —sonó una voz de mujer a su espalda.

Ashanti se volvió sobre sus talones. Lo que se encontró no era extraordinario, no era una mujer de finos rasgos, de belleza sutil y gracia en la expresión. Tampoco era una mujer basta, de expresión tosca y mirada chabacana… El rostro que observaba era el suyo. Era como verse reflejada en un espejo. ¡El gran rival que esperaba, el enemigo que tanto perjuicio había provocado a lo largo de la vida, era en realidad ella misma!

Alicia alzó su espada.

—¡En verdad quiero! —gritó clavando la espada en el pecho, sin darse cuenta que las ancianas la escrutaban con recelo un paso detrás de ella.

—Hecho, a las dieciocho quince del martes veintitrés de mayo tiene la cita.

La señorita, al otro lado del mostrador, trataba de disimular el estupor que había provocado la vehemencia de una mujer de aspecto inofensivo.

La heroína tomó el papelito.

—¿Qué extraño designio de los dioses es éste? —protestó ante premio tan insignificante.

¿Dónde estaban los grandes tesoros, los dones divinos o las armas o demás objetos imbuidos de una magia especial que hicieran de ella una guerrera temible? Una voz sobrenatural retumbó de unos cielos revueltos: “!Has conseguido la cita con tu médico, enhorabuena mortal!”.

—¿Para qué quiero yo “esto”? —insistió Ashanti, decepcionada.

Alicia sonrió, el premio lo había recibido ella: se había hecho más fuerte.



-Fin-


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