1 sep. 2010

"Alicia sin maravillas" (un cuento de 1645 palabras)

El sobresalto fue inesperado, no podía ser de otra manera, y más cuando lo que emergía de esa tierra quemada siseaba con una lengua bífida de más de un metro de longitud. Parecía deleitarse del bocado fácil que esa pobre mujer representaba. Cruzar su territorio, y sin armas, era una temeridad. En su cerebro de reptil se formó la idea de sacrificio, esas pequeñas singularidades sólo se daban en esos mamíferos bípedos.

La mujer rompió a correr precipitadamente hacia la ladera oriental del cañón, como si creyera que, de llegar a esas paredes verticales, pudiera trepar por ellas más deprisa que esa gigantesca serpiente que la miraba con ojos hipnotizadores. ¡Criaturas insensatas, nunca aprenderán a reconocer sus límites!

La serpiente la siguió, casi con docilidad, como en un juego que sabe que no puede perder.

—¿Quieres comerme? ¡Ven a por mí! —gritó Ashanti arrojando una piedra a la cabeza del monstruo.

No le hizo daño, pero el juego dejaba de ser divertido, especialmente cuando la presa no huía. La serpiente se abalanzó hacia ella, tenía ganas de confirmar el sabor que su lengua había degustado en el aire. El sabor a miedo es lo que sazonaba mejor las carnes… ¿Por qué no había detectado esa emoción antes en su presa?

La mujer saltó en la pared, hacia lo que parecía un tronco seco de un árbol. La serpiente siguió con la mirada el tronco hasta comprender, cuando ya era demasiado tarde, que la copa estaba formada por una plataforma de piedras que caían sobre su cabeza. ¡Había caído en una trampa!

—¡Uuu… uuu… uuuuuuuh! —gritó Ashanti levantando los brazos en un gesto inconsciente de victoria.

Alicia había levantado un puño sin darse cuenta. No tenía la más mínima intención de usarlo, y menos contra esos dos obreros, que trataban de ser galantes con los escasos medios, que la cultura y la sociedad habían puesto a su servicio para lucirse en el ancestral juego de la seducción.

—Vale, vale, señorita. No pretendía ofenderla… —se excusó el más joven.

—¡Vaya unos humos que se gasta! —masculló el otro lo suficientemente alto para que Alicia pudiera oír sus reproches—. ¡Tampoco está tan buena, joder!

Ashanti volvió la vista atrás, el cuerpo inmóvil del monstruo apuntaba hacia una montaña cuya cima no se veía por una espesa niebla.

—¡Ya sé cuál es mi camino…!

Sólo las montañas sagradas escondían de la vista de los mortales sus cimas de secretos y tesoros.

—¡Y ni los dioses podrán evitar que cumpla mi destino!

Y Ashanti descubrió que, una vez conocida su meta, no podía hacer otra cosa que avanzar hacia ella. Porque no puede haber vida más miserable que la de una heroína que está privada de toda razón… y ni siquiera sospecha por qué sus pasos le guían por una senda y no por otra, y por qué, de repente, intuye la importancia del color de la ropa interior y el peso que tiene determinadas palabras, según como se pronuncien y quien las diga… ¡Por todos los dioses…! protestó Ashantí, ¿qué brujería es esta que enreda mi mente? Rechazó de plano esos pensamientos extraños.

—¡Debes ser práctica! —gritó la heroína.

En otras circunstancias habría despellejado a la serpiente y se habría confeccionado unas buenas botas con ella, tal vez incluso un escudo, porque, aunque ella no era muy amiga de esos objetos que impedían una completa libertad de movimientos, la piel de serpiente, y más la de esos ejemplares gigantescos, es extremadamente resistente, flexible y ligera. Se sorprendió pensando en el patrón de un bolso de mano, de si debía hacerlo de boca ancha o estrecha…

—¡Por todos los dioses!

Ahora tenía la confirmación de que un enemigo invisible la estaba atacando con sortilegios que nublan la razón. No debía permanecer inactiva o acabaría zozobrando en espejismos de dudas; la cordura quedaría atrapada en laberintos de pensamientos recurrentes y ya no sabría volver. Abandonó con pesar el cuerpo de la serpiente.

Ashanti suspiró. Aunque la montaña sagrada parecía no estar lejos, sabía por experiencia que la distancia en horizontes calcinados engañaba mucho. Sin posibilidad de galopar sobre lomos de criatura más veloz, recurrió al último concentrado de hierbas que le quedaba. Alicia arrugó el paquete vacío de chicles y sintió circular renovados flujos de energía por el cuerpo. Ashanti sintió un frescor en la boca milagroso y supo que ya no perdería el aliento, incluso tras correr durante horas.

En la medida que sus piernas la acercaban a las laderas de la montaña sagrada, iba distinguiendo cosas, primero puntos, después rayas cada vez mayores, que se movían en el cielo sin orden aparente. “Son pajaritos”, concluyó la heroína sin dejar de correr. Era de lógica aplastante, si estaban en el cielo y volaban en torno a una montaña sagrada no podía ser otra cosa que “pajaritos”… ¿Y por qué no podían ser buitres atraídos por la carroña que se acumula a los pies de una montaña maldita?

Cuando Ashanti llegó a las faldas de la montaña descubrió que lo que allí sobrevolaban no eran inofensivos pajaritos, de los que recibían a los esforzados peregrinos con dulces trinos. Se trataba de arpías. Viejas de tanto vivir, revoloteaban cansadas sobre su cabeza. Gritaban abriendo y cerrando con ansiedad las garras de sus extremidades.

—¡Nos comeremos tus ojos! ¡Nos comeremos tus ojos!

Alicia se estremeció, había cruzado la puerta de entrada del centro de salud pero, ahora, inesperadamente, cuando estaba a punto de llegar a la cola de información, una señora mayor la retenía por el brazo.

—No tan deprisa hijita —unos dedos como garras se clavaron en el antebrazo—, que estábamos antes nosotras.

¿Por qué se empeñaban en retrasarla?

—Puede ser, pero no en la cola —protestó Alicia, desembarazándose de las garras.

Algo había pasado. Normalmente se habría callado, permitiría perder sus derechos, ceder ante las exigencias razonables o no, de extraños o conocidos, con tal de no brillar como actriz… de toda escena que intimidara por su protagonismo.

—Hola señorita. Necesito cita con el doctor Campos…

Alicia estaba irreconocible, sus palabras irradiaban tanta firmeza que ni las ancianas rechistaron. Ashanti había evitado a las arpías con relativa facilidad, ante ella se presentaba ahora una larga escalinata, de peldaños agrietados, esculpidos sobre la roca viva de la montaña, y llenos de escombros. Nadie había pisado esa escalera, nadie había llegado tan lejos…

Un extraño estremecimiento confirmó que atravesaba sendas que los mortales normalmente no pisaban. Un regusto ácido en el fondo del paladar advirtió que estaba en un punto de no retorno, que debía continuar porque estaba muy cerca de la meta y grandes acontecimientos se iban a desarrollar, modificando, sin sospechar hasta que punto, su vida. Y subió sin mayor dificultad, sólo era una escalera muy descuidada.

En un primer momento, cuando llegó a la cumbre, no vio nada extraño. No había nada, sólo bruma y más piedras. De pronto la niebla se cerró, y todas esas piedras que antes resultaban visibles a unos pasos, ahora adquirían caprichosas formas que en virtud de las brumas parecían moverse.

Ashanti, inquieta, se acercó a cada grupo de piedras, espada en mano, para confirmar que no representaban ninguna amenaza. Aquello que parecía un hombre con algo muy grande entre las piernas sólo eran piedras… de ser algo orgánico, habría recibido un tajo cercenador de “cosas grandes”. Ashanti trató de calmarse.

Un ruido detrás de ella la hizo brincar, una figura que antes no recordaba haber visto, se alzaba hasta tres metros de altura sobre sus cuartos traseros. Parecía un inmenso osito de peluche con los brazos extendidos. En sí mismo no parecía peligroso, excepto por su tamaño y que resultaba terrible en ese entorno. La heroína suspiró, sólo eran más piedras.

En medio de la bruma, en el propio centro de la cima, encontró algo parecido a un altar. Era una piedra tallada de gran tamaño en el centro de un círculo despejado. Ashanti estrechó con más fuerza las manos sobre el mango de la espada. Un fulgor carmesí brotó del altar, había surgido de ella un enorme zapato rojo de tacón , de innegable diseño y aparente comodidad… ¡Sólo por seis euros con noventa y nueve céntimos!, rezaba una atractiva etiqueta colgada de un cordoncillo. Imposible permanecer de piedra ante semejante ganga.

¡Tienes que ser fuerte, tienes que ser fuerte!, se dijo la heroína. El silbido de la espada cortó en dos el zapato que se deshizo en brumas. Sobre el altar no quedaba nada.

—¿De verdad deseas matarme? —sonó una voz de mujer a su espalda.

Ashanti se volvió sobre sus talones. Lo que se encontró no era extraordinario, no era una mujer de finos rasgos, de belleza sutil y gracia en la expresión. Tampoco era una mujer basta, de expresión tosca y mirada chabacana… El rostro que observaba era el suyo. Era como verse reflejada en un espejo. ¡El gran rival que esperaba, el enemigo que tanto perjuicio había provocado a lo largo de la vida, era en realidad ella misma!

Alicia alzó su espada.

—¡En verdad quiero! —gritó clavando la espada en el pecho, sin darse cuenta que las ancianas la escrutaban con recelo un paso detrás de ella.

—Hecho, a las dieciocho quince del martes veintitrés de mayo tiene la cita.

La señorita, al otro lado del mostrador, trataba de disimular el estupor que había provocado la vehemencia de una mujer de aspecto inofensivo.

La heroína tomó el papelito.

—¿Qué extraño designio de los dioses es éste? —protestó ante premio tan insignificante.

¿Dónde estaban los grandes tesoros, los dones divinos o las armas o demás objetos imbuidos de una magia especial que hicieran de ella una guerrera temible? Una voz sobrenatural retumbó de unos cielos revueltos: “!Has conseguido la cita con tu médico, enhorabuena mortal!”.

—¿Para qué quiero yo “esto”? —insistió Ashanti, decepcionada.

Alicia sonrió, el premio lo había recibido ella: se había hecho más fuerte.



-Fin-


Atrévete a leer otras historias en Te voy a contar un cuento

3 Comentarios:

Federico Manuel dijo...

Hola a todos, esta es mi primera aportación y espero que sea de tu agrado.

Un abrazo.

El critico dijo...

Es un cuento muy interesante, pero puede pulirse más. El objetivo en esto, como en todo, es lograr mantener el orden sicológico y sintetizar, según el criterio del autor, de manera puedas expresar lo que sea pero con la menor extensión posible. Muchas veces el secreto radica en dejar descansar la obra, para después de un tiempo, lograr que todo el contenido sea imprescindible. Vale la pena pues es un cuento de sumo interés.

Al Hrrera dijo...

Me resultó bastante interesante la manera en que dos atmósferas se desenvuelven en el lector. O al menos en mí. Hace falta un poco de precisión sintáctica, como bien lo mencionaron antes. Pero en general es un muy buen relato. Espero que sigas aportando a este espacio. Enhorabuena.

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