17 dic 2010
Tú, desnuda, frente a la ventana en la que se vislumbran paisajes invernales y tejados nevados de esos que enfrían las manos. Tu pelo, lugar donde naufragan mis manos, dibuja un largo recorrido arbitrario hasta caer en tu oscuro anverso en el que es recogido por tus deliberados dedos que me alumbran cuando despierto.
Yo, descafeinado, rodeado de ideas y sentado en mi azotea. Tus brazos, caída al infierno y al placer, mechas de libertad. Incalculable la matemática de tu cuello, perfecto y rejuvenecedor. Tus hombros, de aspecto suave e iluminados por la luz fría de invierno que invade el lugar de mis manos, son mares incomparables a los de otras mujeres.
Tu espalda de pez, porosa, es fragancia de cuatro estaciones en la que siempre se me hace tarde y, generosamente, deja hueco prioritario, entre su superficie pulida, que sugiere en tu columna los peldaños con dirección a mi cuarto. En ella olvido al olvido, me desconecto, escribo en cada pedazo que soy feliz y traspasando tus fronteras me siento humano. Yo, despierto sin abrigo, sólo y enfrentado, al frío castellano de diciembre.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)




0 Comentarios:
Publicar un comentario