19 nov. 2010

ACORDES SUICIDAS



Cada noche. Amontonando la anterior con la posterior, regreso para repetirme.  Tanta sucesión de oscuridades acumulo hoy en las roídas solapas que mi cuello abriga, que no me percatara: me muevo en una noche eterna. Mis días giran en ella, se confunden, se superponen amaneceres por levantar mañanas y anocheceres recién acostados los ocasos. Las luces de las farolas en hilera, caminan como yo, ida y vuelta por este puente sobre el río pintado de negro.
Cada noche, desde hace no sé cuantas, mis pasos se ennegrecen para ir al otro lado de la ciudad en sueño, para volver atrás cuando siempre distinta a la anterior, duerme ya. 
Siempre quise ser músico. Pero no lo soy. Olvidé serlo.
Vuelvo con los zapatos más desgastados, incrédulos al pisar los adoquines sumisos, permitiendo desgastar mis suelas. Vuelvo también, para qué negarlo, con el alma descolgada, los forros de los bolsillos descosidos, las ojeras pronunciadas. Soy un ser cansado que se derrota, obligándose a desplazar espacios. El hambre, el sueño y la sed; dimensiones que hacen tropezar pero que jamás ayudan empujando hacia el frente. La pobreza ha despertado un ejército de hombres que caminan sin recordar que en la oscuridad nacen, brillantes, las estrellas. Yo formo parte de esa formación de cadáveres cegados, desengañados y tristes. Sumidos en la contemplación cabizbaja, de nuestros calzados.
El cansancio hermanado con el hambre, igual que los bordes de un periódico manoseado, está mordido por el tiempo. Preciso un descanso para mi ardorosa frente. Mis manos necesitan asirse a la barandilla de este puente. Siento la frialdad de la piedra, precursora de la brisa ascendida desde la superficie del río. Las aguas reflejan mis melancolías internas, dándose a nuevas inundaciones y a antiguos reproches. Tal vez debería poner fin, con el poder de cancelar, finiquitando la cuenta pendiente con la vida. Decir, entonando en susurros “adiós muchachos, compañeros inexistentes…” calmando deberes y  deudas.
Una vez quise ser músico. Saxofonista. Apenas lo recuerdo.
Jamás he tenido un saxofón entre los dedos. Solamente aire.
Fue entonces cuando la escuché. Quiero decir que la escuché DE VERDAD. Voz áspera, desgarrada y eterna. Capaz de izarse desde la nada hasta el todo. Me rodeaba, vistiéndome con su cálido cuerpo.
Era música. Sólida, envolventemente tímida, descaradamente disgregada, con acordes nítidos y modelado artístico, con tono de intuida partitura. Era música, notas sonoras capaces de comprender, de desdichar llorares, de reír felicidades, de ondear espíritus invisibles tras el pendular segundero de la vida. Concierto volador que nace desde el corazón y se metamorfosea en los que lo convierten en propiedad. No necesité poner rostro al artista. Cada noche, retornando hacia un cuarto sin calor y un frío camastro, escuchaba aquella voz instrumental que tomándome de la mano, mientras cruzaba una y otra vez el mismo camino hacia la ciudad;  afinaba mi desacompasado discurrir.
Era una canción profunda y grave; triste y melancólica; sencilla y compleja. Era también reflejo de mi sentir, del desánimo de mis huellas, encuentro casual conmigo mismo en cualquier esquina. Decían que un desconocido tocaba el saxofón en aquellas noches urgentes, amparado por el misterio y la infinidad de sombras. Comentaban que era un alma errante, una tiniebla humana que alguien viera lanzarse desde la balaustrada de piedra. Rasgando la quietud engañosa de las aguas, a lo largo de los años. Siempre la misma historia, distinta figura y siempre semejante suicidio. La gente olía la desesperación en la celosía divisoria de los márgenes de la muerte. Intenté asomarme por ver la línea de flotación en uno de los pilares, mas fue imposible. Pensé en desdibujar mi infortunio, venciendo la altura de la frontera. Deseé no pensar.
Algo sucedió. Me sentí sin fuerzas. Perdí el aliento. Las piernas se negaron a sostener el pesado chaquetón que hundía mis hombros, igual que un destino insoportable, sin abrigarme nunca lo suficiente.
Creo que me desmayé. No lo sé. No lo sabré jamás. Pensé en el saxofonista.
Mis párpados se abrieron, tamizando desde la negrura hasta la iluminación tacaña de las farolas. Continuaba entre los dos extremos del pasadero. Aquella canción seguía sonando. Ante mí, la figura de un hombre encogido, con hombros vencidos. Demasiado parecido a mí para no serlo. Me desconcertó el verlo desde el lado contrario del que recordaba en el anterior lapso temporal. Dentro y fuera de él. Observando sus pensamientos, conocedor del inminente movimiento que le haría entrar en un reino desconocido, pero deseado. Allí permanecí, con  bolsillos rotos, pelo revuelto, demasiado largo, demasiado encanecido, agarrado al borde, enfrentado a la profundidad del hambriento caudal. Conocía lo que sucedería y mientras lo pensaba, la escena se volvió real: me asomé, se asomó, el que era yo; perdió el equilibrio cayendo hacia la boca devoradora de las acechantes aguas. No oí gritar a nadie, pero sí algo alteró la melodía.
Un acorde, dos, tres. Silencio en partitura de aire. Cayeron armoniosos; bajé la vista hacia mis manos. Entre ellas, un saxofón brillaba con algún reflejo mate. Mis dedos, perfectamente colocados se movían sin mi voluntad, con el latir de los pasos de los transeúntes. Insuflé aliento sin tener la certeza de poseer albergantes pulmones de viento. Incliné mi espalda elevando mi soplar hacia el estrellado cielo. El paisaje empedrado, con su rumor de río, con sus luces insuficientes, continuó ante mí. Se perdieran tres acordes y la vida de un hombre. Pero naciera un relevo para la leyenda, naciera un saxofonista. El que siempre aspiré a ser.
Inmortalmente, la música acompañó a la noche. Yo también…


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