16 oct. 2010

Tribalidades


 Tribalidades
 

¿Qué es esto? Me pregunta con desconcierto. Casi me da la risa, y eso que no estaba la situación para demasiadas chanzas. El pelo revuelto de él,  desorden en la habitación, caos en la cama. Yo, desnuda. Todo absolutamente perfecto, ¿o no? Vuelve a preguntar pero con más voz, como si ya hubiese pensado algo al respecto.
    -Pues…- le respondo, divertida ante su azoramiento - pues… es un tatuaje.
Ahora sí que abre la boca igual que si estuviese en la consulta de un dentista trastornado. Oigo el tragar de saliva, y llevo la mano a mis labios, para no soltar la carcajada que me provoca el contexto. - Si, un tatuaje… - pongo cara de mimosa asustada, que  casi siempre da resultado, aunque por dentro… me río; no paro de reírme.
 -Pero… pero… ¿porqué?- Balbucea.
 Será tonto, ¿qué clase de pregunta es ésa?
-Un tatuaje sin un por qué, Juan, no tiene importancia…
 Me tapo con la sábana el pubis dibujado, que tan poco éxito de crítica ha cosechado en su debut.  
-Déjalo, pensé que te gustaría…
-¿Gustarme? ¡Me gusta y mucho! ¡Muchísimo! -exclama entusiasmado- solamente te pregunto por qué… ¡y AHORA!
Ahí estaba el quid de la cuestión, lo que le desosegaba a este hombre que compartía hasta hace un momento íntimo de los de envidiar en las películas “sexxxxmuchosequis”
Lo que apenas sospechó, es que estaba metido en un lío. Fue a la hora de poner la lavadora. Hay algo en los hombres que les escapa por las ranuras, es decir, puede que un día aparezcan en casa con una ristra de nuevos boxes-tanga, de colores y dibujos manga,  que sobrevivan ocultos tras el último cajón del lado de su armario, pero llegará un momento, y eso no hay fallo, en que sucios, usados y con rendimiento extraído, los plantarán en la lavadora como confortándose: Ella (yo) no los va a ver. Ella (yo) no será capaz de verlos; los estoy convirtiendo con mis poderes supermágicos en trapos invisibles, volátiles. Cierran los ojos, los echan todos juntitos, tal vinieron de la tienda, como buenos amigos de fechorías adúlteras, y creen que también una cierra los ojos por sistema al sacar la colada. No lo entiendo. Y algunos son brillantes en su trabajo, con altos cargos, con caras serias y preocupadas, con análisis económicos, filosóficos y políticos, incluso futboleros, que nadie osaría rebatir. Para luego pifiarla de esa manera. En fin.
Eran bonitos, que conste. Chulísimos. Agarré el primero que pariera el bombo de la lavadora y lo sostuve frente a mí. Caramba, que sexy. Visualicé su cuerpo metido dentro de semejante prenda; mala cosa hice, rápidamente se acercaba una desconocida. La imaginación es lo que tiene. Hace trampas. Vale, lo imaginé con esa pose de navegante con los pulgares en las caderas, uhmmm, tampoco es buena cosa, pero por lo menos soy yo la que aparezco. Hasta que no lo soy. Acabaron todavía húmedos en el suelo, pisoteados con saña imaginándome que pateaba alguna parte de su anatomía. Que le duela, me decía mientras intentaba no resbalar.
Si ha cambiado el blanco calzón, eterno, holgado que me obliga a comprarle desde tiempos de mari-castaña, por estos brillantes colores llenos de dragones a punto de devorar “sabediósquéanimesfemeninas” es que algo hay. No es mi estilo bucear en pensamientos obsesivos ni hacer de espía en mis posesiones, así que me planté un dibujo de grueso trazo, en todo el hueso del pubis, que por cierto, dolió… aunque reflejó menos mi expresión bajo la aguja del tatuador que la cara de quién me lo hizo… ejem, otra historia.
Pero sigo con la estela del tattoo. Se levanta cuán largo es; que lo es, mucho. Antes de que haga un gesto, le digo - ¿Por qué AHORA?, me preguntas POR QUÉ AHORA, qué sucede AHORA, ¿algo que NO SUCEDÍA ANTES? Creo que lo veo sudar por un momento, pero no quiero precipitarme en sus reacciones. Parece un animalito a punto de ir a la cazuela. Por cierto, tengo hambre de que lo que va a decir. Comienza a andar de un lado al otro, cosa cómica porque ya se sabe, un hombre desnudo, balanceándose, es un hombre llamado a la comicidad. Yo, de espectadora de primera fila.
         -¡No, no, todo está bien, todo está MUY BIEN! Me ha sorprendido, eso es todo. No sueles ser así, no me lo esperaba.
 -Pero ¡bueno!, Juan, si lo esperases, no sería una sorpresa, no crees…
         - Claro, claro, pero tú no eres de ésas.
Huy… qué mal dirige las conversaciones este atribulado hombrecito, porque lo crea o no, ha empequeñecido a pesar del balanceo constante. Me impaciento.
         - Mira, fue un detalle que pensé que te agradaría, un toque de locura, una tontería si quieres, perdona si he destrozado esos esquemas tan preconcebidos que tienes sobre mí, si crees que debo, por mi naturaleza insípida, según tú, dejar de hacer ciertas cosas que te resulten sorprendentes, así será. No quiero que  trastornes. Esto último lo digo con un tono de: “trastornado, eso eres, eso estás…”
Por supuesto, la incipiente película de dos rombos acabó ahí. Dónde hubo rescoldos, a poco que se mezcle agua, nace una pasta inservible. Durante unos días el silencio sobre el episodio, fue roto en nuestros pensamientos, mas no entre horarios laborales, mantelerías bordadas o visitas al supermercado. Yo, cada ducha diaria matinal, me contemplaba, menos orgullosa y más melancólica el grafitico dibujo, frotado a sabiendas que no se borraría con el gel que lo ocultaba, pecadora, en el minuto cinco del enjabonado. Desconozco lo que hacía él, pero sus maravillosos e irisados calzones desaparecieron, ellos sí, del mapa de nuestro cuarto. Al día siguiente, fue el jabón de afeitar y aquella asquerosa loción que utilizaba para el post-barbeo. Tardó tanto aquel día que temí no volviera por sus cuatro trajes y la corbata pintada por mí en aquel ataque de manualidades con las que rellené el invierno pasado.
Llamé por teléfono, en un ataque visceral y ovárico,  necesitada de un hombro o una conspiración feminista en grado sumo. Responde la hija de mi mejor amiga, con horrible resultado; hablo también de la niña, por supuesto. Su madre está fuera de la ciudad; no, ni idea cuándo vuelve. Vale, me tragaré mis amarguras, porque ella no lo conoce. Soy muy celosa para con mi vida privada. También estaba ocupada en otras cosas. Que no lo haya conocido me otorga la libertad de exagerar, bajarlo a los infiernos y hundirlo en palabras movedizas sin posibilidad de críticas absolutorias o atenuantes. Quiero la condena completa.
Todo lo que cambia, impone. Es ley de vida que esto suceda, pero los indicadores son tímidos al comienzo, por lo que tendemos, como buenos humanos, a dejarlos medrar hasta que nos devoran. Entre Juan y yo, se habían roto hacía tiempo demasiadas cosas como para retroceder, siempre más costoso en emociones y llantos. Nada sería igual. El amor  es un jarrón que se hace añicos y jamás se recupera del todo, perdiendo su razón de existir. Me convencí de eso, cuando una tarde de domingo, ya desaparecida del salón la antigualla del tocadiscos de Juan, su maqueta a escala del Fórmula uno de “noséquién” y otra hilera de calcetines, sin duda para acompañar a los calzoncillos provocadores del desastre, fui a dar con mis pesares ojerosos a la cafetería, dónde llegué arrastrándome, en una cita con la amiga de la hija horrible. Soy mala persona. Bueno, no.
Venía guapa, la condenada. Feliz. Odio la luz feliz de la gente espumosa, me agotan, porque mi espuma es poco consistente, un soplido… y se va…
Sacude su melena brillante y castaña, ahora con mechas rubias. Se ríe. Me dice que por fin tiene a alguien con quien no contaba. Vuelve a reirse. La veo distinta, más definida. Se habrá blanqueado los dientes, además. Prosigue con su cháchara:  que si yo sabré entenderlo; cuando llega la ocasión no hay que dejarla escapar. Deseo que se calle pronto, pero continúa como animada por una manivela. Que si el tío le contó que se llevaba mal con su pareja, arpía desde las uñas de los pies hasta la coronilla. Qué si está a punto de instalarse en su casa. Que si llevan ocho meses juntos, en total… ¡toda la vida!, suspira satisfecha. Pánfila inocente. Otra que ha caído en garras del futuro desamor.  Sonrío interiormente, el hombre ése no sabe lo fea que es su niña. Ni lo feos que pueden salirle los hermanos. Porque ella es mi amiga, pero no es Venus ni Afrodita. Tampoco demasiado lista. Ya me he convertido en una amargada vieja. No es envidia, que conste. Sorbe su café. Vuelve a reír tontamente, se calla, se queda pensativa. Todos los síntomas de un revuelto enamoramiento físico. No he comenzado todavía a hablar de lo que debo, ni de lo que quiero. Hace una llamada al móvil, mensajea, sus ojos brillan, y vuelta a sonreír. Estoy a punto de levantarme e irme. Tanta felicidad ajena me sienta mal. Pero como es un problema mío, aguanto mecha.
Viendo la necesidad de centrarse o engañarme, intenta anular las comisuras de su sonrisa perpetua y bobalicona, se sienta erguida, con la columna vertebral forzadamente recta y se dispone a fingir que escucha. Me dispongo a hablar. Pero en el limbo, entre digo y dice o digo y escucha, se produce algo que echa al traste mi deseo de vivir mi episodio contado en un duelo rápido. Algo así: (¿Juan?… ¿Qué Juan?)
Me suelta de sopetón: - Oye, tú que sabes de todo… ¿dónde puedo conseguir un tatuaje? de ésos… ya sabes… íntimos… algo tribal, me lo ha pedido mi nuevo… bueno, se llama Juan
Ahora sí me levanto, un poco temblorosa. Busco la salida sin abonar la cuenta. Pienso mil cosas a la vez; lo hago fatal, por falta de costumbre, sobre todo bajo estrés.
Recurriré al láser, más no puede doler
Malditos calzones.

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