6 may. 2011

La ciudad huele a desaparecida.



La ciudad huele a desaparecida. Un olor definitivo que amenaza con perpetuarse, prendido en las chimeneas picudas, colgado en los aleros de los tejados. La ciudad está encogida sobre sí misma, aparenta un caracol protegiendo sus partes más blandas. Acaracolada, cierra sus ojos en dirección al río, que finge ser rojo en vez de transparente en siluetas. Los pájaros han dejado de cantar en los árboles que se nutren de sus lodos. Los cisnes no parecen tan hermosos como lo eran antaño, total, hace una semana que se convirtieron en seres sombríos,  fantasmales. Una pátina de niebla espesa cubre el lecho del río.
El aroma a desaparición impregna tragedias y odiseas, exacerbando unas y menguando las otras.  Todos cuantos tienen un poco de olfato, sienten algo lleno de miseria en medio de sus ropas.
El conjunto de edificios de ladrillos recocidos y corazones encerrados,  con opacos cristales por toda libertad, vela desasosiegos, igual que un ser completo. Se sabe atado con una correa, mientras mira sin cesar hacia el lecho del río que alimenta sus cimientos, lamiendo húmeda la lengua que le besa. En sus entrañas, nervios  recorren tabiques; relámpagos de acero a punto de volverse humanos, desquiciando las cañerías que los acogen. Las tripas ayer, hoy, mañana, no funcionan bien, por mucho empeño que pongan los periódicos y otros noticieros tintados. Está atascada, esta urbe en sólidas nieblas, en presagios funestos, en jirones de lienzo abstracto.
Un hombre camina borrascoso, con pies sin melodía. Si sonara música, su desconcierto sería tan grande que tropezaría con las notas. Respira al ritmo pulmonar que  impone el suelo que hollan sus ojos. Desparrama líquidas miradas que caen tumultuosas, sobre las aceras que recorre, junto con la mutación que  golpea sus piernas, llegando a perder el equilibrio.  Escasos son los momentos en los que consigue verticalidades mantenidas. Le embalsama el faldón de su chaqueta más abajo de las rodillas, las mangas huyen, largas, vanidosas, de la sujeción que pudiera darle el soporte de sus hombros. Su pelo, encrespado en brumas sin delinear, lucha contra el viento, por dibujar larguras canosas a su espalda. Siente que arrastra tras de sí, atado con cuerdas invisibles, un lastre pesado e incómodo; el amanecer. Continúa andando, situando carrera a la distancia precisa para levantar, poco a poco, en cada paso, diferentes tonalidades, cada una más nítida que la anterior, hasta desplegar, en velamen perpetuo a la tierra que abandona tras sus pies, al sol. Luz que recién creada le habla con aureola semiesférica, ciñéndolo dentro de una ensoñación alucinatoria. Es un milagro que sea él, junto con su piedra de afilar, chirriantes y oxidados ambos, quienes levantan madrugadas.
El afilador continúa su camino, promiscuando pasos por el puente de tres arcos, por soportales pétreos, suciedades nocturnas, limpiezas diurnas. Desconoce cuánto tiempo lleva recorriendo las mismas losas, recostadas sobre el antiguo arenal. Tal vez se olvida cada vez que las desgasta. Tal vez no las recuerda porque vive divagando lapsos de realidad. Se cree menos alto, más fornido, más viejo. Menos acuchillado por dentro, por la fricción de sus propios huesos. Cualquiera podría intentar sacarle de su error, pero él no lo creería. Firme, continúa arrebatando el día a la noche que venció la pasada batalla en los cielos. Hoy su ardua tarea se le antoja más difícil. El amanecer de hoy resiste, clavando sus pies en el mar, sin querer mostrar voluntad. Mezcla tiempos y desea un indulto. Hace oposición la criatura ante el firme empuje del afilador, que, tensando los músculos del cuello, con la vista en un punto fijo en el cruce próximo, se concentra en arrimarlo. La antaño bicicleta, ha mutado en un ser híbrido; rodando con su parte delantera y con el antiguo asiento trasero, ahora piedra de amolar, consiente ser zarandeada, tratándola como simple apoyo de palanca.
En ausencia de luminosidad amanecida, jamás acabará su trabajo, pues los bordes instrumentales no brillarán. Ya había transitado días en los que la oscuridad  ocupaba  el universo, cegando alientos y exterminando ilusiones. Todo ello le pudrió el alma. La gente que acude a su quehacer no pedirá explicaciones. Nadie lo conoce y nadie desea conocerlo. Un afilador, nada más. Chifla, soplando su flauta de Pan, arrancándole tonos graves y agudos. Transita su latido por cada nota. Afilando, apenas habla en monosílabos, come en la lejanía, lloroso vergonzante, inundado por su envés, apenas dormitando, con latido solitario. Es solo un tipo que llegó. Pero hace bien su trabajo. Los vecinos se lamentan con exigencia, descubriendo cuchicheos sobre filamentos gruesos de la calle.  Sesga su vida en  partes cortantes al limar cada cuchillo, tijera, machete, navaja o instrumento menos inocente.  La ciudad vigila su llegada y situar el día, también es tarea suya. Desesperado, chifla fuertemente y el sol asciende, recortado sobre un lecho azulado. Nadie pasea hoy por sus orillas. El silencio le asalta, por exponer su innegable presencia. El afilador se pregunta dónde estarán los pájaros que antes ensordecían su caminar. Allí, a la vera del río, nadie pasea orillas; las hojas de los árboles duermen, envueltas las respuestas sobre larvas indudables que no aletearán jamás.
Porta su quejoso compañero, papeles dactilados con noticias similares a la que horripila a la ciudad. Las niñas desaparecidas son comunes y cíclicas. Cuando vuelve una, descerrajada de esta vida, las demás semejan ordenarse en una decidida fila para ocupar su lugar. Se diría que están organizadas en un concurso de méritos. Tal vez sea por sus finos cabellos, por su bondad reflejada, por su inocencia, el aroma que desprendan, o algo tan arbitrario como el color de sus zapatos. El afilador camina, ya con el sol golpeándolo amistosamente en parte de atrás del cuello. Le anima su presencia, mientras toma aire suficiente para chiflar de nuevo. La primera voz: “¡afilador!” proveniente de la curva que forman unas casas marineras, con idénticas macetas, le rescata de su pozo. Es una voz que visualiza sólida, que se enrosca en sus huesos, que pugnan por sobresalir, como un hechizo, dándole identidad.
Detiene a su compañero y se dispone a la faena. Comienza a mover sus pensamientos al ritmo que marca la piedra esmerilada. Gira la rueda; a la par, en su cabeza, recuerdos y vacíos, centrifugados en dolor reseco; un gran reserva con ocasos mayores. El monótono ruido, masca en grano fino sospechas sobre la cercanía de quién ha elegido la niña en esta ciudad. Tal vez ahora mismo, se acercó a él para darle uno de los cuchillos, tijeras, navaja, con los que rasgará su íntima piel rebosante de ilusiones. El cordelero se le acerca. Una silueta rechoncha con grandes mofletes. Su antítesis completa. La única persona que realmente espera al hombre y no al oficio. “Sargento, a sus órdenes”. El suspiro del hombre es realmente pesado, sin oxigenar. Odia que le recuerden quién fue un día, que sabe tan lejano como la diferencia entre  un querubín a algún ser demoníaco.
“Calla, cordelero” Odia que, pese a la amistad que los une, ligado al hecho de que, un buen cordelero sería el único capaz de crear una cuerda lo bastante resistente para no ser cortada, gracias al embadurnamiento de alquitrán, le  abofetee con recuerdos;   contundencia dolorida que le retuerce la carne. Apenas le interesó en el pasado permitir escalar hasta sus hombreras, unos galones. Una jornada exacta los lució, para verlos arrancados cuando dominaron los enemigos y, a cambio de un plato diario de mala bazofia, desertar su juventud, mientras se arrastraba preparando zanjas de concentración en las carreteras. Confeccionada con dos palos cruzados, vislumbró su sombra. Tan efímero su cargo militar como su creencia en el ser humano.
El cordelero se acomoda en un saliente de la fachada más cercana, creado con el  propósito de disfrutar del mediodía, que luce esplendoroso cuando alguien lo engancha en lo alto. Cuando el ángelus es bien recibido por las gentes. Mira al afilador moviendo la cabeza con resignación negada. “No tiene remedio, sargento. Siempre tras esos papeles, mírese”
El afilador frunce el ceño y calla. El cordelero desbroza silencios que amenazan con  espesarse. “No es cosa suya, mi sargento. Esta niña no es aquélla. Aquello sucedió y nadie tuvo la culpa…” Hace una pausa por mirar detenidamente el rostro del hombre que gira la piedra de esmerilar, de afilar los cortantes, de fabricar mortíferas herramientas. De súbito, habla: “Fui yo. Recuerdas, cordelero… yo maté a aquella niña, que podía ser cercana o lejana, o la de la ciudad de al lado. Soy un asesino, ésa certeza no me deja pensar con claridad. Cuando llegan noticias de otra criatura desaparecida, veo en mi mente aquella que maté con mis propias manos. Mis pesadillas son sus latidos decreciendo bajo los míos. No consigo dejar de pensarlo. Me obsesiona, impidiendo perdones”
El cordelero suspira. Su ceñida chaqueta teme reventar por las puntadas. Da un golpe tímido con el pie en el suelo y exclama: “No, sargento, usted cumplió con su deber. Fue un acto humano y extremo. Ninguno de nosotros podíamos reprocharle nada jamás, nadie fue capaz de acabar con aquella barbarie. Lo de éstas pequeñas es otra cosa, es un vil asesinato. Lo suyo no. Lo suyo fue bondad, fue ayuda, fue piedad y clemencia” Entre los dos se hacen visibles aquellos días y sus terribles circunstancias. El antiguo sargento se inmoviliza, frenando la rueda con repentino susto emocionado.
 Él, soldado joven y prometedor, con futuros adelantados en visados de felicidad y éxito. Hasta caer bajo la guillotinada realidad. Fue el mismo día que lo condecoraron, ascendiéndolo de categoría. Sargento. Ya imaginaba el júbilo de su preciosa novia, el contento de su madre, el palmoteo cómplice de su padre, el orgullo militar de su envejecido abuelo. Todo diluido, irreal como aire soñado. Efímero. Llegó con las costuras del uniforme todavía hilvanadas. La fuerza militar enemiga, se hizo con el puesto de mando y le arrancó galones, junto con honor, alma y dignidad. Pasaron a sus compañeros uno tras otro, frente al pelotón de fusilamiento, con rostros desalineados de gran profesionalidad; con horror y miedo los anteriores. Gritos, sangre. Espantado, un escondrijo lo mantuvo inmóvil hasta que escuchar la respiración balbuceante de María, que lloraba con hipos imposibles de refrenar.
María era hija de la cocinera. Su madre tuvo la desgracia de ser la única mujer que se encontraba en aquella avanzadilla. En manos tan bárbaras, no sobrevivió apenas cuatro horas. Fue la cloaca, el trofeo de la victoria, el parapeto de iras; el merecido triunfo de aquellos hombres recién vencedores, aleccionados para apoderarse del botín que encontraran: bienes, provisiones, hombres por matar y rematar, también, si hubiera, de cualquier hembra.  Sería divertido, les repitieron antes de la batalla. Recompensas de guerra. Ímpetu sexual atroz por estar vivo. Se despojaron de su condición de humanos. Tal vez nunca poseyeron esa condición. Es posible la ocultación del salvajismo, agazapado bajo cáscaras civilizadas. Todos ellos condenables; sus conciencias se expiarían eternamente.
Cuando el recién sargento fue consciente de violento fin que esperaba a la chiquilla,  ángel menudo y sonriente que le buscaba ondeando dibujos, dándole a probar recetas primerizas, orgullosa de su vestido lazado; algo viscoso le afianzó las entrañas, retorciéndoselas. No iba a permitir que ultrajaran y asesinaran de forma tan vil a tan encantador e inocente ser.
María lloraba, emborronando dolorosas punzadas a través de lágrimas. No distinguía a su madre entre la bandada de buitres que la carroñaban, sin importarles los gritos que cada vez eran más tenues. Cuando el sargento llegó junto a María, la pequeña se tranquilizó, abrazando al que consideraba su amigo. Deseando un salvador.
El chico supo de su inutilidad. Mientras la abrazaba, para ocultarla tras su  envergadura de soldado galante y efectivo, le susurró al oído que era incapaz de salvarla.  Sus lágrimas se mezclaron con las de la niña. Pidió permiso para librarla de una muerte segura, horripilante y desgarradora. De convertirse en una muñeca rota. Recibió por respuesta una sola palabra de una voz madurada. Firme. “Hazlo” dijo.
“¡Hazlo, hazlo, hazlo!!” repitió mirándolo, igual que si deseara traspasarlo. Le cubrió el rostro de besos, apresurada. Tuvo él que cerrar los ojos mientras la asfixiaba al apretarla fuertemente contra su cuerpo. Ella no dejó de mirarlo, mientras su vida huía. Se desmadejó con increíble facilidad. No pesaba su cuerpecito en su abrazo. La depositó dónde pensó no la encontrarían. Cerró sus párpados con extraordinaria ternura.
El cordelero calla. El afilador, descosido el corazón, enmudece trabajando lamentos. Demasiado revoltijo entre el corazón y el estómago. Ya no sabe ni querer con uno ni comer con el otro. Siente sus vísceras troceadas.
Una tortura permanente viaja en la parte trasera de su bicicleta, con ruido constante y aquella manía de golpearle sistemáticamente en los tobillos, hasta producirle llagas que jamás curan. Quisiera encontrar aquél animal que mata por matar, para satisfacer locuras. A él sí  le correspondería que lo asfixiase, hasta privarle del aire al que tienen más derecho los demás. Sería, piensa, su indulto, atenuante de amargas penas, su reconciliación con un dios que permite ciertas cosas sin atreverse a dimitir de su vergonzante supervisión.
 La figura del cordelero se deslía en la humedad del aire. Lo olvida el afilador mientras arrastra los pies hacia la otra punta de la calle. Alguien le reclama de nuevo. Más trabajo, menos pensamientos.
El anochecer cae igual que una guillotina. De golpe, con impía sequedad, deshaciendo en unos minutos tanto esfuerzo por sostener la vigilia. Nunca lucha, siempre llega, junto con las oscuridades, los crímenes, los malos pensamientos, las perversiones, los sueños realizados, los insomnes, los olvidados. Demasiado pecaminosa, la oscura noche. La ciudad engulle al afilador en la primera trazada de madrugada, escupiéndolo a media noche como se desecha algo exprimido, ya arrugado y seco. Con él, vagan recortes de periódico, dolor y amortajamiento dentro de una chaqueta. Borrascoso, se disuelve en la negrura.
La ciudad huele a desconocida.





1 Comentarios:

Lord_of_illusion dijo...

Al prioncipio me mire desconcertado por que dentro de todo el relato metaforico la silueta sombria no estaba dibujada, y pensaba - a donde me lleva esto, debo seguir leyendo,- y creo que el esfuezo por acabar la historia rindio sus frutos, ,toda la escena dibujada al principio cobro vida bajo las plantas de aquel hombre, o mas bien de aquella sombra que le pertenecía mas a la ciudad que el mismo, y luego el cambio lo oculto detras de esas calles, la voz que se escurre por entre las paredes sucias y olvidadas de la oxida ciudad que pareciese mas una pesadilla, tenue luz, calleja oscura, y su sombra vacilante desgastando las lozas, todo ocurrio en mi cabeza, la imagen, el tiempo, la historia, que mas puedo decir, dentro de todo el cometido se ha logrado, y yo de pupilas quedo satisfecho, saludos un gran viaje el que he obtenido gracias a tus letras

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