1 nov. 2010

Palabra Padre.



                  Allá, encogiéndose de hombros, alguien secuestra la palabra “padre” en el mismo instante en que una anciana hunde una rabia antigua en su pecho y mi mujer se deja besar por otro hombre. No soy creyente en casualidades, no me extenderé en filosofías, que al fin, son disertaciones inútiles para llevar bajo el brazo en días de lluvia, con el objetivo noble de  guarecerte de la furia de las nubes, ni para conseguir dinero, ni para saciar un hambre que provoque nerviosismos en un alma, en otras ocasiones, sosegada y tranquila.
Cada persona tiene unas raíces, o desea tenerlas, para ello, las fomenta y repara cuando están enfermas,  las busca incansable para encontrar aquellos rostros, gestos, modismos, en los que reconocerse. Buscan una reafirmación del ser, incluso el contrario al que encuentran; benditos ellos, tienen esa característica que les permite elegir el parecerse o repudiarse. Lo peor es marchar hacia esa empresa a ciegas, tanteando en el vacío, cuando ya aprendieras a caminar. Pero mi caso es así, he tenido que recorrer el camino inverso. A contra corriente, mi ser ha luchado contra las fuerzas que se empeñaron en ahogar mi voluntad. Tristemente, lo consiguieron.
Todo el mundo comenzó a gritar de repente bajo mi piel, ahogando con sus voces la mía, tímida al principio, pugnando razonar y expresar una voluntad, una libertad, una decisión. Pero las voces son eso, sonidos producidos por gargantas, ecos que repiten lo que gritan otras que lo hicieron mejor, antes o más alto. El griterío de los otros, esos que habitan otras pieles que tú no conocerías aunque las tocases, amaras, nacieran de ti o contigo, son sordas excepto para sí mismas. Pisotearon en ahogos la mía, que se convirtió en quejido arrojadizo, dispuesto a luchar, a reivindicar sus razones.
Luchar es siempre intentar doblegar al otro, sumirlo en un nivel de no poder, del que te apoderas  con triunfo. Por eso lo haces; por eso lo hicieron. Fue encarnizada batalla, hincando uñas y dientes en ideas bandera, donde colgar cada futuro de tu vida, despreciando incluso la muerte en aras de una pancarta incrustada en algún circunloquio cerebral. Todo desaparece. Nada más existe desde ese momento. Yo miraba sus rostros, miles de bocas abiertas, rugiendo su verdad, tan opuesta a la mía. Querían el poder de tener la razón, aún a costa de matar mi pasado, mis recuerdos, de sacrificar mi yo para convertirme en un icono de supuesta justicia.
Ojalá jamás se fijaran en mí. Quisiera que todo fuese como antes de que mi nombre apareciera en los noticieros, o el nombre de padre; nuestra foto fue girando a través de los medios de comunicación con titulares llamados  al impacto visual y a rescatar la historia torcida del que yo saliera, también, descuadrado. No hay una pieza mecánica encajable que se parezca a mí.
Padre, así le llamaré siempre, porque lo fue, escapó lleno de miedo, sin lágrimas, dándome un apretón de manos como despedida. Sus ojos me agradecieron el tiempo compartido, la oportunidad de ser mi padre, los míos respondieron de igual forma. Fue un placer ser hijo suyo. Imposible parecerse más, dos personas, que en aquél gesto. Era el adiós definitivo; una muerte dolorosa. Un padre pierde a un hijo, un hijo pierde a un padre: nadie pensó en la tragedia que arañó nuestro corazón. A pesar de todo, de pecados, de errores, de engaños. Si yo le había perdonado, porqué no los demás, me preguntaba mientras cumplía veinte, cien, mil años de añorar a aquél hombre que me arropaba cada noche y me ayudaba a comprender los entresijos de cada día.
No, dije a las voces, no, no, nadie tiene derecho a marcar a alguien por un error, por un punto oscuro, por motivaciones que tal vez las circunstancias habían construido férreas, sin posibilidad de sortearse. La vida es una carretera continuamente accidentada, ojalá fuera un saludable camino llano. Es el corazón el que ve la diferencia. En mi sufrimiento, estoy solo.
Las voces eran sordas. Pero chillaban para que las escuchasen los demás, con la añadida complacencia de oírse a sí mismas. Sus gritos querían ser reconocidos como grandes héroes. Todo esto abrió las puertas y las ventanas de mi casa hacia un mundo que entró, violentando mi pecho, hiriendo el de mi mujer, que no supo, pudo, quiso, resistir a mi lado. La extrañeza de mi negativa a renegar de quién me acunara tantas veces, dándome cada cumpleaños un año más de cariño y de compañía, fue una ofensa para ella, al igual que para los demás.
Se dejó besar por otro. Me abandonó ciega y muda. Sorda que los demás. Nunca supo quererme, igual que dicen hizo él. Aunque yo sepa que es mentira. A ella sí que la comparo con un monstruo y no al que me secuestrara en los tiempos políticos del antiguo régimen, dejando agonizar a mi madre por sus ideas. Desconozco si pasaba por allí, si me recogió de algún camastro lleno de sangre; si se lo pidió mi madre con susurros al ver algo de bondad en su mirada de ser humano. Quizás deseó ver mis ojos en los de aquel uniforme que la contemplaba morir.
Sea como sea, estoy aquí, desde la sentencia del juez, que me obliga a pasar las pruebas genéticas que me despojarán de mi infancia, perdiendo cada día algún bello recuerdo, siendo sustituido por unos postizos, de una familia que se empeña en inocularme a la fuerza cariño hacia ellos, tan sólo por constar en un papel, que les pertenezco desde la justicia y la sangre.
Aunque la anciana, madre de mi madre, piensa que ha recuperado a su nieto, gracias a la justicia al fin de su vida, lo que le ayuda y conforta antes de irse al más allá, junto a la hija que le arrebataron; sé que ante la situación de poder salvar de un pelotón de fusilamiento a mi verdadero padre y a ése desconocido auténtico, yo salvaría a quién adecuaba su paso al mío, para que no me fatigase al volver cada tarde a nuestra casa.
Tal vez, no tengo alma, ni justicia, ni valores. No lo sé. No me importa.
Ahora continúan las voces gritando por otras justicias. Nunca cesan.
Yo me silencio.




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