25 ene. 2011

Nunca más habrá un adiós

He tenido la gran fortuna de triunfar en lo que hago. Desde niño soñé con ser un gran escritor y lo he logrado, por lo menos mis libros de novelas se han traducido a varios idiomas, se venden en muchos lugares del mundo y viajo permanentemente para presentarlos. Esa semana de abril de 1999 tenía varias conferencias en España, presentaba mi último libro "Ojitos de despedida". Estaba en el bar del hotel "La Florida", a 500 metros de altura sobre la ciudad de Barcelona, se estaba haciendo de noche, el cielo estaba despejado, podía ver como la ciudad encendía sus luces y mostraba su encanto nocturno. Corría una brisa de primavera que me acariciaba suavemente el rostro. En la mesa había dos copas, la mía y la de María Rodero, la mujer a la que estaba esperando. Hacía trece años que no nos veíamos, la vida nos separó cuando nuestro amor florecía.
Mientras esperaba se acercó a mi una pareja que me reconoció, me solicitaron una foto con ellos, accedí con mucho gusto. Me dieron un ejemplar de mi libro para que se los firme, escribí "Con cariño, Darío Mulinari".
Pensé, que curiosa es la vida para algunos, de chico comía salteado y caminaba por calles de tierra de un barrio pobre de Buenos Aires. Quedé huérfano de mis padres siendo muy pequeño, mis queridos abuelos me criaron y educaron como pudieron. Fue duro el trayecto hasta llegar aquí. Hoy el mundo, la fama y el dinero me abren sus puertas. He conocido las mejores ciudades, he recibido honores en dos continentes, me han dado premios por mis libros. Pero durante todo este tiempo soñaba con volver a encontrarla, la chica que amé durante mi adolescencia y que jamás pude arrancar de mi corazón y de mi mente.
Fue un amor que surgió en la secundaria, cuando ambos teníamos quince años. Durante dos años fuimos amigos, compinches y compañeros de aventuras pero nunca nos dimos un beso durante ese tiempo. Creo que la amé desde el primer día en que la conocí, no me animaba a decírselo por nuestras diferencias sociales, pero mas que nada por temor a que me rechazara y perdiera su amistad.
María pertenecía a una familia adinerada, su padre era un empresario de la construcción que viajaba permanentemente. Su familia jamás me conoció ni supo de mi existencia, a pesar de que con María éramos compañeros de colegio y amigos.
Recuerdo la noche en que creí que estaríamos juntos para siempre. Fue en la fiesta de graduación de la secundaria. El lugar fue el club deportivo de la ciudad. Habíamos llegado por caminos separados, María con sus amigas y yo con los míos. Todos los chicos de la escuela concurrieron esa noche. Primero hubo una ceremonia de medallas y diplomas para todos los que, como María y yo, cerraban esa etapa de la vida. Después vino la celebración y el piso de la cancha de básquet se transformo en una pista bailable, todos festejaban y bailaban. Llegada las 12 de la noche las luces mas fuertes se apagaron y solo iluminaba el lugar algunos reflectores que daban a la bola de cuadraditos de espejos que colgaba del techo, en el centro del lugar, todo estaba a media luz. El ritmo de la música cambió y comenzaron los lentos. Fui corriendo a buscar a María, sentía que esa iba a ser la última oportunidad de declararle mi amor. Ella estaba en un costado del lugar, hablando con sus amigas, la tomé del brazo y la llevé al centro de la pista, María no parecía sorprendida, la abracé por la cintura como nunca lo había hecho antes, ella entrelazó sus manos por mi cuello y comenzamos a bailar lentamente, recuerdo que sonaba la canción "Never say goodbye" de Bon Jovi. No podía dejar de mirarla a los ojos, me sentía hechizado por su mirada. El lugar estaba repleto de chicos y chicas, pero sentía que estábamos nosotros dos solos y que el mundo giraba a nuestro alrededor. Después la llevé fuera del club, caminamos por el pasto del parque tomados de la mano, la noche mostraba a las estrellas pegadas en el cielo, parecían especialmente preparadas para ese momento. Nos detuvimos y entonces la besé, no se cuanto tiempo, pero fue el momento mas romántico de mi vida. Le dije que la amaría para siempre, me dijo lo mismo. Hubiese querido detener el tiempo allí mismo, si hubiese sabido lo que vendría después.
El destino muchas veces nos depara sorpresas y nos asesta golpes que no esperamos. El padre de María fue llamado por una empresa de Italia ofreciéndole una gran oportunidad de trabajo y tomó la rápida decisión de continuar su vida en ese país llevando a toda su familia. Con María tuvimos poco tiempo para hablar del asunto y de como manejaríamos lo que se suponía era nuestro noviazgo. El día de partida llegó pronto. Nos peleamos, como las peleas que tienen los chicos a los 17 años, en esas circunstancias se subió al avión y no nos volvimos a ver. Sentí haber perdido el amor verdadero, lloré no se cuantas veces. En ese tiempo comencé a escribir las novelas que mas adelante fueron conocidas por todos.
Pero trece años después, esa semana en que estaba en Barcelona, sucedió el milagro. Sonó el teléfono del cuarto del hotel y me dijeron que tenía una llamada desde Italia, era María. Si, mi chica de la adolescencia, con la que nos prometimos amor eterno. Acepté inmediatamente el llamado y comenzamos a hablar . Ella estaba viviendo aún en Milán, la misma ciudad donde se había instalado cuando dejó Buenos Aires. Me contaba que se enteró por un diario de que yo estaba en Barcelona presentando un libro, no sabía que me había convertido en escritor. Inmediatamente quiso comunicarse conmigo, averiguó donde paraba y consiguió el teléfono del hotel. Hablamos durante unas dos horas, recordamos viejos tiempos, la noche de graduación, la despedida y como continuaron nuestras vidas después de separarnos. Me contó que estudió diseño en la universidad de Milán y que le iba muy bien con su profesión. Durante todo este tiempo ninguno nosotros se comprometió ni tuvo una relación duradera. Aunque no lo dijimos, los dos estábamos esperando este reencuentro, jamas nos olvidamos el uno del otro. Al otro día yo tenía que hacer un par de conferencias mas en la ciudad, pero ella prometió tomar un avión y encontrarse conmigo.
Y allí estaba yo, en esa tarde-noche, esperando en el bar del hotel, cuando apareció desde uno de los pasillos y se arrimó a la mesa donde yo estaba. Nos miramos, sonreímos, había dejado de ser una adolescente y se había convertido en una hermosa mujer. Solo atinamos a decirnos hola, nos abrazamos y nos besamos mágicamente, como si el tiempo hubiese vuelto atrás y hubiese retrocedido hasta aquella noche del primer beso en el jardín del club. Entonces la invité a quedarse, teníamos tanto para hablar. La vida y el amor nos esperaban, nos dijimos nunca más habrá un adiós.

PD del autor: siento un cariño especial por esta historia. Fue la primera que escribí y la que representa gran parte de mi vida real y de mis fantasías. Ojalá querido lector la hayas disfrutado.

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