29 nov. 2011

La luz de los Inmortales (Poesía gótica)


La luz de los inmortales es el segundo poemario que edita el poeta cubano Roger Rivero. En este, el autor nos sumerge en el fascinante mundo de los vampiros, impregnándonos con su lírica del contraste eterno entre la luz y la oscuridad, aunque, más que poesía gótica, esta obra es un inventario de sensualidad, misticismo y de ambientes alucinantes, perturbadores y reflexivos en los que prevalece el culto a la trascendencia de la vida humana.


Delirios luminosos

“…en el pleno ejercicio de mi delirio”

De Boceto de un testamento, de Josevelio Rodríguez


Hubo un tiempo en el que se creía que la grandeza de un escritor yacía en su originalidad total. Ahora, a estas alturas de la civilización y con la democratización de la cultura, muchos piensan que no existe la originalidad, que es extremadamente difícil ser muy personal, tal vez por aquello que afirmaba Eugenio D’Ors de que “En el arte, todo lo que no es tradición, es plagio”. Difícil, pero no imposible. Porque siempre puede aparecer un poeta, como Roger Rivero, que desmienta estos fundamentalismos de apreciación con su capacidad para asombrarnos y seducirnos con su fuerte voz personal.

Si en su poemario anteriormente publicado, Inteligencia artificial, nos regalaba un raro mundo de humanoides sensibles, robots desafiantes, hadas enigmáticas, mutantes con inquietudes filosóficas, en fin, la poesía de la cibernética, estructurada en un barroquismo léxico y numérico, que trascendía la etiqueta de “ciencia ficción”, en este de hoy, La luz de los inmortales, estamos en presencia de una obra deliciosamente perturbadora y delirantemente reflexiva.

Ya desde el mismo título surgen las preguntas inevitables, que van engendrando las voces líricas que se alternan y confunden en los poemas: ¿quiénes son los inmortales? ¿Son las criaturas de la noche, sedientas de la roja savia vital humana? ¿Son los seres de un mundo gótico atemporal? ¿Quiénes son? Somos tú y yo y todas las esfinges que en el mundo han sido, porque todos contamos con nuestros “veinticuatro quilates de oscuridad” en la intensa búsqueda de esa luz que nos eternice. Porque el hombre vive no sólo de y por lo que es, sino también, y quizás más, de lo que aspira a ser: ese animal eternamente alado, almado, que nunca termina de conocerse a sí mismo, ni a pleno sol ni en las oscuridades.

Creador de atmósferas, pintor de ambientes ―“Con la parada del invierno, / adviene la insinuación de la carne, / la perpetua belleza de lo gris…”―, este artista nos sumerge, poema tras poema, en una espiral de búsquedas, hallazgos y cuestionamientos sobre la conciencia de la mortalidad que nos define. Tal vez, en este conocimiento radica la fascinación que siempre hemos experimentado por ese mundo donde están prohibidos los espejos, a pesar de la eterna juventud que dicen que poseen estas criaturas pálidas, sutilmente viriles. Y esta es una de las grandes contradicciones humanas, que el libro refleja como una temática constante en la creación artística: todos queremos largas vidas, pero sin pagar el precio de tener que envejecer. Anhelamos la eternidad y exigimos la lozanía.

¿Es un libro gótico dedicado al vampirismo? Sí, pero no sólo es esto: también es un poemario de tesis, un diálogo entre la vida y la muerte; es un catálogo de sensualidad y un mapa de lascivia desbordada ―“Muéstrame / tu cuello de duende, / que del ánimo y del cardo / me ocupo yo”; es un texto de amor ―“Viniste a matar el vacío / hasta encallar en mí como un dios…”; es un muestrario de ocultismo, de trances, de silencios sonoros, de intertextualidad y de misticismo, como cuando recrea la oración a San Francisco de Asís y clama: “Sión, hazme instrumento / de tu fuego eterno. / Donde cunda la noche, / que siembre yo el sol; / donde muerte, que yo sea redención; / donde haya tiempo, inmortalidad…”.

A pesar de que dos de los lemas que encabezan este tomo, el de Pitágoras y el de Séneca, se refieren a la muerte, no se percibe en el poemario un aire necrófilo, sino todo lo contrario: un culto por la vida y su trascendencia esplendente. Y también, en pleno ejercicio de su delirio, el escritor le rinde culto a las palabras con que crea esas imágenes entretejidas de metáforas, símiles y prosopopeyas, que son la esencia misma de la mejor poesía. Bienvenidos, entonces, los delirios de este poeta, que nos inundan de luz y nos hacen inmortales.

Roberto Uría

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En Amazon. com: La Luz de los Inmortales



Créditos:

Editor: Roberto Uría
Diseño de portada: Diego González
Ilustraciones: Roger Rivero
Modelo de portada: Daniel Muñoz

ISBN-13: 978-1463785154
ISBN-10: 1463785151

2 Comentarios:

Humberto Dib dijo...

Qué poco sé de poesía gótica, me pareció muy interesante...
Besos.
HD

Anónimo dijo...

pami no porlk no entiendo nada

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