17 oct. 2010

Entrevista

 
 
Cuando el escritor se acercó, tomó asiento, y empezó a responder las preguntas aferrándose a un cigarrillo para aplacar la ansiedad que esto le producía, yo solamente podía mirar sus manos, la forma en que las movía de un lado a otro y en que estas eran el rostro visible de las palabras que su boca emitía, esas maravillosas palabras que parecían un eco rebotando contra las paredes de mi mente, convirtiéndola en una llanura infinita, capaz de concebirlo todo con una naturalidad pasmosa, como un alma que se multiplica por sí misma, que se eleva al cuadrado, al triángulo. Era mi mente, al contacto lejano de sus palabras, una ola suave que empezaba a estarse quieta mientras las manos, que no paraban de hacer círculos y piruetas, ponían de manifiesto una inteligencia agudísima.

Las manos, esas manos larguísimas, se movían como si fueran listones, hablaban otro idioma, danzante, silencioso, engendrando anémonas y corales, un reverdecimiento de arrecifes aéreos que brillaban... auroras boreales, universos, multiversos, todos, absolutamente todos vibraban al ritmo de sus palabras, pero no las que salían de su boca, de los labios cubiertos por el espeso bigote, no, vibraban con el pulso de las manos que comunicaban, de forma abstracta e impoluta, esa verdad casi triste y casi alegre que todo escritor conoce: una vida muy larga no es suficiente para lograr un libro muy corto que refleje de manera exacta, absoluta e inequívoca, la obra que un escritor jamás escribe, porque "se muere antes, pero cada libro más, es un libro menos, un paso menos en esa dirección".



*** Lo que está entre comillas son palabras de Cortázar, tomadas de una entrevista.

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