12 ago 2011

El pianista (un relato de 680 palabras)



François Bacculard era un tipo refinado, culto a pesar de su origen humilde. Con mucho esfuerzo había conseguido completar los estudios de piano, y ahora que la prestigiosa Real Academia de música de París acreditaba su condición de maestro, suponía que encontraría trabajo sin dificultad.
Tal vez podría conseguir sustento bajo la protección de un rico burgués, en una de esas familias repentinamente favorecidas. Porque no dejan de ser plebeyos que esconden, tras gruesos muros, a jovencitas que necesitan con urgencia formación en habilidades sociales, para que puedan permanecer con éxito en sociedad y, por añadidura, disfrutar de sus ventajas.
—Dime que me amas… —susurró una bella señorita de pelo castaño, más con los ojos entornados que con los labios.
El pianista forzó una sonrisa tímida a modo de respuesta, y se sentó en el escabel del piano con evidente incomodidad. Carecía del atractivo que podría provocar tales reacciones en las damas, y el virtuosismo de su arte todavía no era del dominio público.
—Dime… que no puedes dejar de pensar en mí… —insistió una joven de cabello anaranjado, entre risitas irregulares.
François Bacculard, sin despegar los labios, respondió frunciendo el ceño. Había escuchado rumores de que Antoine “Le rouge”, un pobre desgraciado que abandonó la academia, había conseguido encandilar a la baronesa de Vichy y que a pesar de tener los estudios incompletos, ejercía como profesor privado de música; que dormía en los cuartos de servicio, y hasta disfrutaba de los favores de alguna descocada sirvienta.
¿Por qué razón no habría de conseguirlo él, que estaba mejor capacitado, que sus modales y conversación eran exquisitos?
—Acaso… ¿no somos hermosas, apetecibles a la vista, y que no dejarías, por lo tanto, de mordisquearnos con los ojos? —se interesó un ángel de cabellos dorados, mientras apoyaba un pie diminuto sobre el teclado, mostrando intencionadamente un tobillo y un poco más.
Tal vez quien necesitaba ejercitar habilidades sociales era el propio François Bacculard: apenas había tenido tiempo para vivir de tanto trabajar, estudiar y practicar con el piano. Le resultaba tan difícil responder a la muchacha, sin que pudiera ofenderla con adulaciones improvisadas o todo lo contrario, con frías palabras que menospreciaran a tan encantadoras jovencitas; que prefería permanecer en silencio, con el objeto de no comprometer su puesto de trabajo.
—Dicen… —aseguró una joven que mostraba en un escote cuan generosa había sido la naturaleza con ella— que las manos de un pianista son capaces de acariciar de tal modo, que escriben poesía a través de los gemidos de su amada —añadió tomando la mano derecha de François con la clara intención de sosegar su agitado corazón con el tacto del apocado maestro.
Las demás jóvenes observaban con envidia contenida el atrevimiento de la muy dotada señorita. François Bacculard trató de serenar la respiración. Y con la mano libre que le quedaba se enjugó el sudor de la frente con un pañuelo.
—Ay por Dios… por Dios… —farfullaba ininteligiblemente el pianista.
—¿Quién podría conformarse con miradas inflamadas de pasión, si nuestras cinturas suspiran igualmente por caricias que sólo a ella vas a dar? —ronroneó con malicia la joven de pelo castaño, tomando la mano izquierda del pianista y dejándola petrificada en su cadera.
François Bacculard trató de averiguar si estaban solos en la sala, incapaz de retirar las manos de dónde las jóvenes tan solícitamente las habían dejado; presentía que las circunstancias habían comprometido en exceso su honor. Las muchachas parecían salidas del pincel de Herbert Draper, y permitían una experiencia de amor, todavía no sabía por la intercesión de qué antigua divinidad, que muy difícilmente se repetiría sin su influjo.
—¡Caballero! ¡Compórtese, por el amor de Dios! —gritó la madame irrumpiendo en la estancia— ¿No debería estar repasando las partituras?
Las chicas explotaron en un jolgorio de risitas y taconeos en un ir y venir por el escenario.
—¡En dos minutos abrimos las puertas del cabaret! —recordó la madame—. Hoy no quiero fallos en la coreografía, y tú, François, a ver cómo te portas en tu primer día de trabajo.

Fin

   “…Ay por Dios… por Dios…”, seguía susurrando François Bacculard.

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Pie de foto: La puerta de la Aurora, de Herbert Draper

24 jun 2011

"Cien doncellas" (un relato de 1080 palabras)

Recordad, señores, que hubo tiempos no muy lejanos en los que el oro andalusí brillaba al sol menos que su cultura… Recordad, nobles cristianos, que nuestra medicina ha sanado sus dolencias mejor que vuestros oscuros remedios fermentados. ¿Y qué me decís sobre la matemática, la astronomía, sobre el conocimiento profundo de las leyes del universo?
Poco podéis responder, vosotros, que todavía creéis que el cielo caerá sobre vuestras mezquinas testuces con los primeros truenos de una tormenta. Vosotros, que hacéis del sudor un aroma de seducción; que vestís con tanto cuero remachado que, de tirar de un carromato, se os confundiría con bestias de carga; que construís moradas de piedra, tan oscuras y angostas, como cuevas… ¿Creéis realmente que vuestras doncellas no apreciarán nuestro refinamiento, nuestro gusto exquisito por vivir?
Si hasta nuestras armas son diferentes, ligeras y afiladas alfanjes frente a grandes mandobles cristianos, ¿por qué no habría de serlo también el trato hacia la fragilidad de la mujer? El galanteo andalusí, señores, no fuerza el amor… A diferencia del cristiano, que tras la primera prenda ofrecida galopa por desiertos de pasión, el caballero andalusí crea oasis que explora sin prisas, en los que disfruta contemplar el reflejo de su rostro, y hasta el de las mismas estrellas del cielo, en la superficie de sus aguas. Decidme, pues, ¿quién son los bárbaros?
Contestad ahora, ¿qué os impidió cumplir con el tributo? Si nuestros antecesores confiaban en el honor mutuo, y Abderramán I ayudó a Mauregato a tomar la corona del reino de Asturias, no podéis culparnos de que sus propios vasallos acabaran con su vida cinco años después… porque la deuda permanece, pero no así vuestro honor. Nunca entregaron las cien doncellas como pago a nuestros servicios. Cien jóvenes cristianas que Bermudo I postergó pagando con oro, y después Alfonso II, que negó todo tributo…
Recordad que el califato de Córdoba es el reino más poderoso de toda la península, que las razias que asolan vuestras aldeas en cada verano son poca cosa comparadas con una conquista. Y un reino bien vale cien doncellas, que ni siquiera deben ser todas de ilustre cuna; pues nuestro Emir Abu l-Mutarraf Abd ar-Rahmán ibn al-Hakam, Abderramán II como vosotros le llamáis, se contenta con cincuenta nobles y otras cincuenta plebeyas. ¿Por qué vuestro rey Ramiro persiste en agotar la paciencia y generosidad de aquel que Alá escogió para llevarnos a la gloria?
¿Acaso no sabéis que las doncellas de Simancas satisfacen su destino? Y aunque pretendan hacernos creer que fueron atacadas por unos bandidos, y que escandalizados de que pudieran acariciar a nobles moriscos les cortaron las manos; nosotros no ignoramos la ferocidad del cristiano, que son crueles incluso con los de su sangre.
¿Dónde se perdió vuestro dios, que os abandona a la inconsciencia del instinto? Descubro, maravillado, cuánto significado tiene nuestra guerra santa contra el infiel. ¡Estas tierras necesitan tanto de nosotros! Pues, ¿qué queda de venerable en vuestras vidas? Nada, no hay pureza ni santidad. No tenéis luz ni conocimiento, ni poesía, ni ninguna otra disciplina que os guíe hacia la felicidad…
¿Pero por qué no dejáis de reír?  ¿Acaso podréis mantener la burla cuando vuestras cabezas descansen ensartadas en estacas?
Sois tan predecibles, siempre embistiendo de frente, en un solo grupo, para que el ataque no pierda contundencia. Creéis que la victoria se gana por número de jinetes, sin tener en cuenta que nuestros caballos son mejores, que en todo el mundo no los hay más agiles y veloces. Y presumís que las batallas se ganan por la fuerza de los brazos, y no con un poco de astucia y estrategia.
Y ahora que estáis atacando descubrís con estupor que no somos tan pocos como os han informado. Sí, soy capaz de sentir vuestro miedo. Ahora que veis una polvareda que se levanta por cada flanco, que vuela hacia vosotros con la ira de Alá; decidme… ¿es como un frío que se enrosca en la espalda?
Sin duda, os habréis dado cuenta de que no es una opción la idea de dar media vuelta y buscar refugio en lo alto de la colina que vosotros llamáis Laturce. Por más atractivo que parezca lo contrario, es más honroso morir en combate que diezmado en retirada. Bien, bien. No esperaba menos de un séquito real.
No habrá clemencia. En el tiempo que se tomen cualquiera de vuestros valientes en alzar la espada, tres de mis mártires le habrán desmembrado de toda extremidad superior. Porque sin brazos y sin cabeza es como realmente deberíais estar, para ser justos con vuestra auténtica naturaleza.
¡Oh, pero qué es lo que veo! Un jinete solitario galopa hacia la batalla… Umh… No han comprendido todavía el significado de mártir. Únicamente les supondrá una muerte más, sin rendimiento ni beneficio. En mi tierra, la carrera de ese caballero cristiano se tacharía de estupidez. ¿De dónde habrá venido, por qué nadie le ha visto llegar?
No es del ejército, pues cabalga en un magnífico corcel blanco y no viste uniforme, y el pendón que luce en su lanza, una cruz roja, tampoco es el emblema del rey Ramiro. ¿Por qué no lleva ninguna protección? Es como si no tuviera miedo a morir, como si creyera que no puede morir. ¡Y cómo corre! Parece volar sobre una nube.
Veamos cómo acaba. Puede que sorprenda a unos pocos, pero sin duda caerá ante las armas de mis leales. No… no lo entiendo, el corcel parece encabritado, relincha sobre sus cuartos traseros, pero no veo caer al caballero. Mis hombres sucumben bajo el resplandor de esa espada maldita… Va dejando un reguero de sangre a su paso, y amenaza, él solito…, con acabar con todo el flanco izquierdo de mis tropas.
¿Pero es que no tengo lanceros? Sí, pero están combatiendo en primera línea contra las fuerzas cristianas… ¿Pero es que mis capitanes no se están dando cuenta… de que están siendo exterminados… por… ¡un solo hombre!? Si no alcanzan al caballero cristiano… ¡que ataquen al caballo!  Ya desmontado no tendrá ni tanta fuerza ni tanta arrogancia… Voy a empezar a gritar en cualquier momento… Bffff.
—¡Señor, señor! ¡Noticias del campo de batalla! Al grito cristiano de “Santiago y cierra España” ha surgido un demonio de rostro muy dulce que nos bendice antes de matar… Los cristianos no dejan de gritar su nombre y nuestros hombres no paran de morir…
¿Todo esto por cien doncellas?
—¿Señor, señor?
…Por cien vírgenes, aunque no importaba que no lo fueran…
—¿Qué hacemos, señor?

Fin

Y si quieres conocerme algo mejor como escritor, te invito a que pases por mi blog Te voy a contar un cuento

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