1 jul 2011

Nocturno abierto

Poema que pretende ser un pequeño y humilde homenaje para uno de mis poetas preferidos, el gran Federico García Lorca (concretamente a su poema -uno de mis preferidos- "Nocturno del Hueco") y que sirve, a la vez, como preludio del viaje a su tierra, a Granada, con el que comienza mi verano después de estos meses centrado, la mayor parte de mi tiempo, en la carrera.

Espero que os guste, un abrazo.


Para ver que todo se ha ido,

para ver la distancia de los sentidos,

¡me entrego a tu perfil yacente de luna,

tu otro perfil de cálida estrella,

amor mío!


Puede el aire llevarse a dos amantes

de besos vivos sobre la llanura andaluza

y soplar los restos de invierno aterido

de la sierra cálcica o las techumbres.


Los rostros se giran insensibles

bajo el cante jondo de dilatadas pupilas

y en el rincón resuena una guitarra,

tamizada por vestidos y estrépito de palmas.


En la gran vida-fortaleza amurallada,

mugía la cabeza nazarí recién cortada

y eran gesto permanente y definitivo

las letras cúficas que recorren sus frentes.


Para ver que todo se ha ido,

dame tu hueco en un abrazo, ¡amor mío!

Nostalgia de arabesco y cielos grises.

¡Para ver que todo se ha ido!


Qué escondes, amor mío, en las palabras

¡qué silencio de puertas cerradas!

¡cuántas libertades con miradas ancladas!

¡qué vista sin salida; amor, qué vista!


Es tu huella en la brisa y la sal en el agua

restos de amor que escapan de su voz sangrante.

Basta con morder la fruta de nuestro amor presente,

para que hablen semillas sobre su silencioso suelo.


Para ver que todo se ha ido.

Recorro tu cuerpo como si fuera el mío.

Dame tus manos lanceoladas, amor.

¡Para ver que todo se ha ido!


Ruedan los olivares, por ti, por mí, en el alba

conservando las voces contra su origen de sangre

y algún perfil de mocárabe que se erige

lanza apuntillada, dolor de luna quebrada.


Mira perfiles concretos que evitan un vacío.

leones petrificados y fuentes bocarriba.

Mira el reflejo, la geometría de un pasado mundo inerte

que no encuentra el gemido, de esa luz el relieve.


Cuando busco en las estancias los secretos del río

has venido, amor mío, a cubrir mi tejado.

El hueco de una lágrima puede apagar miradas

pero tú vas gimiendo nocturna por mis ojos.


No, por mis ojos no, que ahora son cuencas vacías

sin los afluentes adheridos a tu regazo,

en la grácil columna donde la luna visionaria

escala para escapar del tiempo y de los grillos.


Para ver que todo se ha ido

¡amor indescifrable, amor vivido!

No, no me des tu cuerpo

¡que ya va por el aire el mío!

¡Ay de mi, ay de ti, de la brisa!

Para ver que todo se ha ido.


Yo.

Desvisto mi cuerpo como si fuera el tuyo,

ropajes de laurel. Hueco puro y desierto.


Yo.

Mi cuerpo agrietado por miradas jubiladas.

Piel seca de uva neutra y llanto de madrugada.


Todo brillo de mirada puede borrar las lágrimas.

Suena la brisa y su sonido atraviesa cualquier muralla.


Yo.

Desvisto mi hueco como si fuera el tuyo.

Rodeado de miradas que tienen veneno en las palabras.


Es un espectáculo de pulmones agrietados,

Cobijado por tejados de barca y de sangre.


Yo.

Mi cuerpo sin ti, ciudad, es un hueco sin nombre.

Quiero tu hierba inexpugnable, tu aire en mi casa.


Yo.

No hay gemidos en la nuca ni hueco menguante.

Sólo mañanas de plástico y noches estrelladas.


2 jun 2011

Despierta... (un relato de 850 palabras)



Al principio percibió el rumor de unos tambores, tan lejanos que confundió con el propio latido de su corazón. No quiso abrir los ojos, aunque sabía que estaba despertando; porque no ignoraba cuan dura podía ser la vida y lo dulce que era soñar. Ni siquiera los brazos de “Amanecer”, su prometida, competían en bienestar. La inconsciencia que ronroneaba en sus pensamientos, era más complaciente y no exigía proezas para ofrecer sus dones.
La mirada azul de Alejo se enturbiaba en los viajes largos, incluso cuando había descansado las horas necesarias la noche anterior. Debería considerar que conducir turismos no era tan peligroso como trasladar toneladas de sustancias químicas, porque en sus treinta y cinco años de conductor de camiones nunca se había dormido. Probablemente porque su esposa Alba siempre le preparaba un termo de café.
“Ojos azules” se removió bajo la piel maloliente de un cérvido. La fiebre estaba bajando, quizás porque los dioses no querían la compañía de un muchacho. De pronto su corazón se aceleró, tanto que parecía retumbar en la cueva entera. El muchacho se retorció, tal vez moría y su alma marchaba a ciegas. Abrió los ojos y el ritmo frenético de los tambores cesó, dejando paso a un silencio que ensordecía.
Hoy había descubierto que era prescindible para la empresa, que sus jefes habían traspasado el negocio a otros que tuvieran más ganas de defender el patrimonio que esos holgazanes que llamaban hijos… Y Alejo enfermaba sólo de recordar las veces que había suplicado por su empleo.
—¡Me quedan unos pocos años para jubilarme!
—Razón de más para dejar hueco a los jóvenes…
(Un zarpazo).
—Pero es que a mi edad nadie va a contratarme, y yo tengo gastos que pagar…
—Escribe una carta al presidente, yo no tengo la culpa…
 (Otro zarpazo).
“Ojos azules” descubrió unas llamas encerradas dentro de un círculo de piedras cerca de sus pies. El crepitar de unos maderos infundió la dosis ajustada de realidad y paz a su delirio. Pero el rostro de un anciano, que abarcaba todo su campo visual, le arrebató la calma.
—Tu alma me pertenece… ¡Se la he ganado a los espíritus de la noche! —gritó el chamán agitando unos cráneos humanos por encima del muchacho, haciendo un sonido de cascabel a lo largo de su cuerpo.
¿Cómo anunciar a Alba semejante noticia, a ella, que siempre se jactaba de un marido tan trabajador? El único modo en el que podía pensar, después de tantos años de trabajo en la carretera, era conduciendo. Deformación profesional. Alejo viajaba sin rumbo y sin tacógrafo, sintiéndose pequeño, ridículamente pequeñito, en su fiat punto.
Tras recorrer sin prisas unos cuantos pueblos de la periferia de la capital, lo único que consiguió dejar atrás fue su amor propio. Sintió que el mismo asfalto le repudiaba, que los demás conductores le miraban mal.
—No estoy llegando a ninguna parte —se dijo Alejo en voz baja.
—No… —susurró el muchacho.
Sabía que su corazón no había golpeado con fuerza el pecho, que su alma no quería abandonar el mundo de los vivos y que, por lo tanto, “Serpiente inmortal”, el hechicero, no había ganado nada.
—¡Despierta! —gritó el anciano acercando aún más las pinturas de su cara al joven.
Alejo sintió un respingo en la espalda, notó que agarraba con fuerza el volante, como si repentinamente se hubiera dormido y se aferrara inconscientemente a la realidad. Supo que tan sólo había perdido la consciencia una fracción de segundo. Se estaba adormeciendo. Bajó la ventanilla de su lado y apagó la radio, el soniquete de unos tertulianos no ayudaban demasiado en mantenerle despierto.
—Joder con el viejo —masculló Alejo, recordando el rostro de un anciano que no había conocido en su vida.
Pudiera ser que hubiese visto una película o documental que no recordara y que luego proyectase su rostro desde la inconsciencia, porque nadie, ni siquiera en carnavales, se había disfrazado con pieles de lobo y abalorios de hueso colgados del cuello y las orejas.  Y por más que lo intentó, no recordó a nadie que luciera con tanto orgullo sus arrugas.
Entre sus arrugas, se dibujaban unos círculos rojos y negros, concéntricos alrededor de cada ojo. Y de la boca salían rayos, también rojos y negros. Entre el sudor de la faz del joven, se perfilaban unos cortes profundos y negros, de los que destilaban unos hilillos rojos.
Ambos conocían la verdad.
—No vas a morir… Te perderás en las brumas de los sueños que la gente olvida… Pero yo te buscaré a través de las nieblas del tiempo, te buscaré en los sueños… y te salvaré… ¡Despierta!
 “Ojos azules” no volvió abrir los párpados, pero Alejo los abrió tanto como sus cavidades oculares permitían. Se había vuelto a dormir… y le habían despertado.

Final feliz:

… con el tiempo justo para evitar un accidente.

Final realista:
Se descubrió con parte de la grasa del motor esparcida por su cara, por unas facciones que sangraban, rojo sobre negro, como el muchacho de sus sueños; y un fuego a sus pies. Comprendió cuan dulce podía ser la inconsciencia, aunque fuera para siempre.



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