22 ago. 2012

"Historia de un amor" - Rolando Revagliatti

Supo de mi romance veraniego con mi co-terapeuta. Y del affaire con la acompañante psiquiátrica que trabajó en la Clínica pocos meses, durante la temporada que tuvimos completo el cupo de internados, y en la que llevamos adelante el Congreso sobre psicosis en el auditorio de Johnson y Johnson. Cuando la doctora Julieta W. me dio calce, no especulaba en ligar con ella. Nunca se había dirigido a mí en los grupos de reflexión ni en los ateneos. Un jueves (como todos los jueves desde las veintiuna), en reunión de equipo, advertí que me observaba y me empezaron a latir las orejas. Correspondí, afable.

Daba arranque a su Fiat 600 cuando me pregunta si me acerca. Convinimos que podría hacerlo. Me arrellano al lado de Tito, el terapista ocupacional, en el asiento de atrás. En el de adelante, acompañando a Julieta, estaba Nora, tan graciosa, la médica de los domingos. Fueron dejados primero Nora, en Plaza Italia, luego Tito, en Santa Fe y Agüero. Julieta vivía en la avenida del Libertador y Callao, y yo en Balvanera. Insistió en llevarme hasta mi casa. Y lo hizo. Apagó el motor y fumamos mientras sosteníamos una charla sobre el discurso universitario. Me contó que el padre le bancaba su análisis. La seguimos en mi departamento, bebimos té de manzanilla y le mostré fotografías. Al principio no reconocí su viscosidad. Procuré besarla en la boca (en instancia de franca comunión). Rehusó y continuó parloteando. Nuevo piletazo mío, ahora con ligero aferramiento, y otra vez se me niega. No la dejo pasar: me refiero al “ósculo fallido”. Sonríe, me toma una mano, y como leyéndome la palma, me informa que se va. La acompaño hasta la puerta de calle y despidiéndome con un solemne beso alevoso en la frente, la cual despejo del flequillo, le permito introducirse en su autito y partir.

Fue después de tres jueves que me dio a entender que había quedado esquilmada al cabo de noches pasionales con un seductor abandonante. Desconfiaba de mí aunque aseguraba enigmática que yo era “bueno, bueno”. Se sacaba los anteojos y me instilaba briznas untuosas. Se lo espeté una vez, así como me salió, ya inflado, luego de retomar la ofensiva en el coche y ofertar otro rango de proximidad. “Instilar” y “briznas” entendía, pero “untuosas” le resultaba vocablo desconocido. Y me siguió llevando.

En las supervisiones quincenales de pacientes, apoyaba mis opiniones. Y me buscaba para trasmitirme alguna cosa. Y cuando me invitó a tomar café irlandés en una confitería del barrio de Núñez, evalué que valía la pena acceder. Me la imaginaba como a esas minas que se desatan haciendo el amor, como desquitándose, furiosas y posesivas, y te exclaman loas crudas con referencia anatómica. Ella ya había mentado su “capacidad de entrega”. Ingerimos el irlandés y torta de frambuesa. Estacionados frente al edificio de mi departamento, la mordisqueé en el cuello y en la (también latiente) orejita. Pero no pasamos de ahí.

Más adelante, me avisó de una fiesta para celebrar la inauguración de su consultorio. No fui. Yo la atendía más seco. En otra llevada a mi casa me agarró descuidado, me instó a que subiera con ella y ya en el quinto piso, bailamos, y cuando se espesaba el clima, le vino la fobia y pidió té.

En un mediodía feriado me sorprendió telefoneándome: “¿Vendrías a buscarme para ir juntos a almorzar?”... Acepté. Hice la cama así nomás y mientras daba vueltas a lo marmotón me entretuve en fantasear que la violaba: con el inequívoco y lucidísimo propósito de revelarle las ganas, de trocar en positiva su irradiación, de impedir, aun con coerción, que se malograra tanta energía envasada. Presentificarle el sortilegio. Así seguía yo con mis fundamentaciones. Me atraía, ubicados en tan fronterizas circunstancias, la posibilidad de consumar ese acto reprobable. ¿Qué comimos?: capeletis al roquefort.

El jueves (esto es: ya comenzado el viernes) subió a mi departamento. Por lo espinoso de mis inconfesables inquietudes yo oscilaba entre estar paralizado y salido de la vaina. Probé de inducirla como un caballero, pero en vano. Junté aire, la alcé, la trasladé al dormitorio y la arrojé a la cama. Con mis manos y brazos abrí los suyos y la besé con implacable dulzura. Me noté un poco vil cuando desabotonaba su blusita y deshacía el lazo. No gritaba ella, tensa. Decía “no, no”. Y a mí me salía “sí, sí”. Ya bastante desnudada, sujetándola, logré desnudarme. No fui delicado durante todo el procedimiento, yo estaba improvisando, persuadido de mi pronta redención. Fui brusco sólo lo inevitable. El cunnilingus la arreboló. Me trató de “malo”. Y proseguimos consubstanciándonos hasta el amanecer.

Milagro, portento, prodigio: suceso extraordinario: tras varios años de matrimonio, somos felices. Julieta me ruega a veces que le dé unos chirlos y la zamarree, y asevera henchida de orgullo, anhelante, que soy maravilloso.


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