27 may. 2012

TALISMÁN MUTILADO




Talismán mutilado

-        Es blanco.
-        ¿Cómo que es BLANCO? ¡No puede ser blanco!
-        Te lo he dicho: es blanco. Es uno de nosotros, uno de los nuestros… pero es blanco.
-        ¡Estás loco! ¿Acaso nos quieres poner en peligro a todos? ¿Has pensado por un SOLO INSTANTE en el peligro que corre mi vida, en nuestras familias, en ti mismo? ¡No te importamos nada! ¡Tú y tus quimeras, tus heroicidades, tus desatinos! ¡Nos matarán a todos!
Y ahora vas y me dices: es BLANCO. ¡Lo peor que puedes decirme! ¿Qué locura te ha dado? ¡¡Maldito seas!!


La mujer se arranca el delantal con violencia. Una agresividad dirigida hacia él. Una mujer que demuestra con su acto, la clase de hombre que sería si lo fuese. Pero no lo es y la mujer proyecta contra sí misma la ira ante la blandura de su marido.

Busca el hombre un cigarro, entre las ropas. El silencio se apodera de la distancia y se espesa. Irrespirable. Afuera todavía no hace mucho frío, que prende en la naturaleza oscurecida. El cielo carece de luna. Demasiadas carencias. Suspira con resignación. Divaga sobre la importancia de los valores firmes que sustentan a cada persona. Divaga sin freno, alterado por el desacuerdo anterior. Conoce a su mujer y sabe que nada conseguirá tratando de apelar a su razón. Leiza era tan temperamental como bonita fuera en otros tiempos. Entonces la perdonaba con frecuencia, con gesto de padre magnánimo y premiándose con la posesión de sus húmedos labios sobre la colcha. Tiempos que perdieron contorno, forma y encanto. Perennes inviernos sustituyeron las escasas lluvias primaverales. Con la época de sequía se deshidrató también, desecando el amor que por ella sintiera desde muchacho. Su amargura le hacia daño en el paladar. Dejó de besarla mucho tiempo atrás. Ella no lo echó en falta, ni se lo pidió jamás. Ni se dio cuenta.

La situación se estaba convirtiendo en desesperada. Hacía ya tres años que acogiera al chico. Era necesario esperar todavía un tiempo, se decía, pues la amenaza de un cáncer de piel impregnaba cada una de sus células, agazapada para apoderarse de su rubia piel. Y esto unido a lo otro, era un reclamo dirigido hacia lo peor que los hombres pueden hacer con quién creen diferente. Una parte de él deseaba que lo encontrasen, por no sostener la responsabilidad insomne de una noche más. Ansiaba descansar sin temores. Calaba en lo más hondo de los pulmones, el humo de su portátil chimenea. Odiaba fumar, pero continuaba porque con más frecuencia, se odiaba a sí mismo por pensar o hacer cosas indebidas. Sin embargo, no era ciego, ni sordo, ni tacaño en lo humano. Leiza no lo entendería jamás, tal era virada su naturaleza. Era ella miserable en afectos; ignorancia analfabética igual que otras cualesquiera.

Al comienzo fue difícil. El pajar no era adecuado para acoger a un niño. Y menos a un niño perseguido. Testigo de su desgracia infinita, sin entender la culpabilidad. Atemorizado, asustado, que trataba de ocultarse de su bienhechor y jamás asomaba al no ser que fuera descubierto. Su pelo cumplía el mimético objetivo de perderse entre el tono pajizo de los troncos de madera, del cobre bruñido, color briznas de paja y  sombras.

Un animalito asustado que con enorme mirada sin color, interrogaba sin gesticular, incómodos porqués. Lacerantes para él y para su protector. Leiza intentó obviar la vida que se desarrollaba a su pesar en el galpón de madera.
Bastante tenía con sacar adelante las labores cotidianas, arduo trabajo que no frenaba la hiperactividad de su cerebro. Giraban sus pensamientos ante un desértico presente y sobre un futuro soñado,  concluyendo que todo iría a peor.
El antiguo deseo de quedarse embarazada traspasó tenues líneas fronterizas desde la obsesión al histerismo. Era su cuerpo el que deseaba ser proyecto divino en otro ser. No valdría otra fórmula que la naturaleza otorga por derecho y que a ella le negaba. Pensaba que la intranquilidad de su matrimonio y de su vida, estaban afectando a su fecundidad. Además, necesitaría mucho dinero para dar a su progenie lo mejor. Era obligación, deseo y reconocimiento a su dignidad. Saber que el niño del pajar, estupenda mercancía vendible crecía, acumulaba su temor hacia la muerte. Ante la altísima mortandad de los neonatos en el país, no veía de justicia que viviera un ser perturbado, un monstruo que solo podía llevar la desgracia a cuanto ser humano normal se acercara. Aunque su curiosidad pudo más y lo espió un par de veces entre los maderos deteriorados.
Un día, su marido entró en la casa como una exhalación. Buscaba un botiquín. Por lo visto, el chico se había caído y su herida en el brazo no cesaba de sangrar. Ella palideció frente a la actitud hiperactiva del hombre, que removía con saña el contenido del cajón destinado a tal fin.
Desordenando el paquete de vendas, cogió un par y salió sin mirarla siquiera. El pánico se mezcló con un vil pensamiento: la sangre de aquel chico valdría muchísimo en el mercado negro. Decían que tenía dotes mágicas; quien lo bebiera conseguiría la inmortalidad. Quién no querría adquirir un bono sin caducidad para lograr sueños, sin miedo al cese, a la guillotina que extingue el tiempo.

Trató de que el pensamiento se extinguiera sin desarrollarse ni reproducirse; más fue imposible. Hizo cuentas y el dinero animó el fondo de los ojos. Cuando él volvió, con la camisa ensangrentada y movimientos ya sosegados, huyó su tranquilidad. Sabía lo que ella estuviera cavilando, traficando su mente entre balanzas con ajenas gotas de sangre humana. Ambos sabían la tarifa del despiece del chico, cada uno encontrando la información procesada por distintos motivos e iguales resultados. Precio para sus manos, para sus pies. Tasa para sus órganos internos. Promesas de vigor, éxito y riqueza.
Difería, sin embargo, la disyuntiva a seguir. Diferentes pesos vivenciales lastraban contrarias decisiones.
Claramente tan dispares, que dos personas así, jamás debieran encontrarse bajo el mismo techo, con la obligatoriedad de un idéntico futuro. Sin días para que el otro, ese enemigo extraño con quién convive,  reabsorba el hilo que le cose los labios, liberándolos para derrumbar el presente.

-        ¿Y si enfermara? ¿Y SI MURIERA? ¡Eso sería perfecto! Venderlo entonces también sería muy fácil. ¡Sin esos remordimientos tontos que te nublan la razón! – Una esperanza resuena en la voz de la mujer, ronca y baja - ¡Oh, debería estar muy enfermo…! ¡Todo saldría bien, TAN BIEN…!
Le abraza casi amorosamente, recibiendo un cuerpo rígido y frío. Todavía conserva algún círculo rojo en su camisa. Manchas de sangre con etiqueta de venta.

Aquél chico con rasgos negros, pero albino, era perseguido y así sería hasta el fin de sus días. Ojos claros, piel lechosa, cabellos blancos. Un negro en un cuerpo de blanco. Rareza que se paga por lo exótico, por lo extraño, por lo diferente. Ya fuera en su país o en cualquier otro, pero más, infinitamente más, en el suyo propio. Todos los habitantes, en un lugar paupérrimo y sin recursos,  soñaban con la resolución de sus problemas al menor coste y sacrificio.  Algo que sacuda la miseria de la vida y otorgue la felicidad plena y gozosa. Talismanes, hechizos, matanzas, mutilaciones. Ingredientes para conjuros.
Aún a cambio de la vida de otro ser humano. Un sacrificio egoísta y cruel, medio de lucro para los desaprensivos cazadores de hombres. Asesinos con infames excusas.

Se deshace del abrazo, separándose con gesto de asco de Leiza. Comienza a hablar con tono pausado y plano. Sin altibajos emocionales.

_ Sabes… he pensado que NO QUIERO vivir contigo durante más tiempo. He decidido que no deseo tu cuerpo, ni tu alma, ni la convivencia a tu lado. Voy a repudiarte, porque no me interesas ni has sido, ni serás, buena mujer. Ni siquiera has sido capaz de darme un hijo. Te devolveré a tu familia. A tus padres y hermanos. Será una vergüenza para ti, lo sé. Pero es necesario.

Leiza aterrada ante las palabras pronunciadas por su esposo, se tira al suelo y llora teatralmente. Se tira del cabello y le mira con odio infinito, ese que habla.

-¡Me arrastrarás en tu LOCURA! ¡Lo diré!... lo contaré todo y te desmembrarán  junto con el maldito diablo que has alimentado y escondido en esta casa. ¡Haré que os maten!

-NO LO HARÁS, mujer...

La levanta con las manos engarradas. La indignación le hincha las aletas de la nariz. Su boca es una línea horizontal inamovible. El desdén y la determinación se proyectan desde sus pupilas. Focaliza su imagen, busca fragmentarla con un grito que no cesará…

-        ¡Te perseguiré DÍA Y NOCHE, incesante, inagotable! Soy tu MALDICIÓN a partir de este momento. ¡Soy el que TEMERÁS cada noche y al que obedecerás cuando el sol aparezca en el horizonte! ¡El chico se queda! En la casa. Con NOSOTROS. ¡Seremos su familia, hasta que decida marchar a un lugar dónde no sea especial!
¡¡¿HAS ENTENDIDO?!!

-        Y… por cierto…- La mira directamente, lleno de furia y firmeza.

MIENTE. MIENTE, se dice. Mentiría. Sí, mentiría.

-        Tiembla, Leiza: ¡Hoy he bebido  LA SANGRE MÁGICA y eterna del muchacho…!

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