18 ene. 2011

Calle Libreros (Salamanca, España)


Llegué a Salamanca por primera vez atraído por su nocturnidad. Por la tarde me encariñé con la riqueza monumental e histórica pero de noche vi personificada a la belleza en la camarera de un bar. Ante el tumulto de gente me sentí respaldado por su presencia, inagotable, tras la barra. La miré y de forma intermitente me correspondía. Decidí invitarla a una copa y charlamos hasta que el bar quedó vacío.

Nos reímos hasta el punto de que la propia risa nos dolió de tanto usarla. Quería conocerla con la misma intensidad que horas antes yo había mostrado por esa bella ciudad. Salimos del bar y en la calle Libreros me besó por primera vez. Nunca olvidaré ese momento. Su mirada mataba mis miedos y sabía que cuando ella no estuviese mi pensamiento recogería sus escombros.

Se esfumó la noche y nos quedamos vacíos. Me apretó el corazón y hoy llevo su recuerdo a cuestas. No sé su nombre pero sé que bebía ron-miel. Ahora vivo en Salamanca y mi fascinación no ha cambiado por la ciudad pero me siento incompleto de noche. Quiero encontrarla y recoger sus pasos. Ser lápiz y papel, volver a tener corazón y tiempo.

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