14 dic. 2010

Crepusculario

Sal y sol y otra vez mar, crepusculario; sabor a tarde que se fuga, a sirenas, y a campanas que tañen tristes entre las olas. La luz, crepusculario, lo tiñe todo con su color, ese que poetas y pintores aún intentan describir sobre una hoja de papel. El matiz que se observa en la cadencia lenta de las horas, cuando el astro parece un barco y se hunde en la mar, hace que todas las palabras sean erróneas, equivocadas, o imperfectas.
Detén tus pasos y observa: Crepusculario. El fuego que nace de las rocas proviene de la frontera rota de la mar, y no es cobalto sino sangre; es el espejo quebrado que refleja una realidad que se extingue, y segundo a segundo da paso a la oscuridad.
El viento aúlla en la jarcia de un velero que se aleja siguiendo la estela dorada y muere al morder la dermis desprovista de abrigo erizando el cabello. Cuando luz y calor se fugan de la mano, allá en el occidente, una losa se posa sobre nuestro corazón, y huérfanos, quedamos abandonados en la playa, como las gaviotas que se adentran demasiado en tierra, como esas rocas desnudadas de mar, que afloran tristes, afiladas y solas; . Mareados al fin, como el marino que regresa, como el que bebe por necesidad, como un niño que zafándose de la mano da sus primeros pasos solo.
y entonces, Crepusculario, uno vuelve sobre sus pasos dando la espalda a las nubes que se apagan, a las farolas que comienzan su vida y al Polifemo que en la costa, alumbra a esas luces verdes y rojas que avanzan despacio.

Por el lobo que camina.

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