25 sep. 2010

Silencios fríos.

¿Crees que alguien vendrá a buscarnos?
No quiero que me llames pesada, pero tengo mucho frío. Y tú, estás helado.
 Venga Bruno, contéstame, hombre. Qué rencoroso eres, aunque no sé de qué me quejo; siempre fuiste así. Tú, con fachada de chulo, que por eso, y quizás por nada más me encandilaste sin remedio. Ay, sabías estar en dónde te pusiera la suerte y el destino, claro que tienes que convenir conmigo, mal que te pese, que he sido tu resguardo para encontrar el equilibrio y la tranquilidad que tus emociones necesitaban. Recuerdas… fue al comienzo de venir a esta ciudad… yo paseaba sola, sabiendo que me vigilabas. Un tipo con mala pinta cruzó el paseo de parte a parte para salir a mi encuentro. No lo pensaste dos veces, en realidad, ni una sola, ni media, te plantaste en medio de los dos, cuando el individuo aquél me había soltado un “¡guapa, un adónde vas tan sola!” un “Yo no te dejaría andar por aquí, caperucita, que hay mucho lobo…”
No supo aquel lobo de dónde cayeron los golpes que le propinaste, con los puños de quincallero que tienes. Cuando llegó la policía apenas quedaba algún rasgo reconocible en su cara; tuve que declarar que se cayera al suelo de la impresión y el acobardamiento, lijando la arenisca. Nada dije de la suela de tu zapato presionando sobre su mejilla, con un movimiento rotatorio que rememoraba algún ensayo de nuestros bailes. Aquello fue principio de paseos y risas compartidas. Desde aquella, Bruno, te juro que tengo mucho más cuidado,  no quisiera  que alguien saliese herido, alborotando tu carácter. Pero ya sabes, ahora soy anciana y nadie en sus cabales me diría “caperucita” con voz de macarra. Fuiste acondicionando mi vida para tu tranquilidad, acotando apetencias y despertando prohibires: nada de esto, ni aquello, tampoco lo de más allá. Tiraste mis ropas a la basura del desencanto, con tal maestría que fui yo misma la que prescindió, en voluntaria apariencia, de mostrarme coqueta ante el espejo, del carmín con el que me conociste, llegando a repudiar el arreglo cómodo de una falda mal ajustada a la cadera, del recogimiento íntimo sobre un pendiente deslizante desde el lóbulo hacia el pelo. Desapareció el cruzar las piernas en público y recogerme el pelo, liberando la curvatura sensible de mi cuello. Mis pechos se parapetaron tras telas oscuras. Tenía que salir bien, tanto esfuerzo por agradarte. Las mujeres dábamos sin pedir, nos criaban para eso; confié que nuestra vida te restase los celos que te carcomían. Pero te duró tantísimo, Bruno, que a veces me venían ganas de llorar mirando escaparates, con maniquíes que debían tener más edad que yo y a las que parecía sacar mil siglos de antigüedad. Tener que ocultarme para comprar algún cosmético anunciado en revistas, repletas de brillante vida, algún perfume que me hiciera sentir hermosa y deseada… porque Bruno, Bruno, Bruno… las mujeres jóvenes necesitan ser halagadas aunque solamente sea por miradas casuales de otros hombres. Pero he cumplido, eh, así que dime algo…

Callas… que resentido eres, me obligas a fruncir los labios y a mirar hacia el infinito haciéndote ver la inconformidad con tu enfado. ¡Si al menos viniera alguien! Ni siquiera el cartero llama ya a la puerta. Ni una sola vez, guardando sus timbrazos de antaño para receptores de cartas de amor, con renglones que ya no me dices, Bruno, como antes en la profundidad de las sábanas. Ahora tengo insomnio desde que callas, claro este lugar no es el más adecuado. Esperaré a que te levantes. Tampoco los hijos que hemos tenido, de los que no pronuncias ya sus nombres abren esa puerta por sorpresa, llenando la realidad del pasillo de niños revoltosos y ganas de hacer el amor entre ellos. O con otros. Pero ganas.
Tú y yo, querido… ¡fuimos tan generosos dándonos piel!
Venero aún cada huella dactilar tuya en mis huecos.
Dijeron que vendrían, pero no recuerdo cuándo, ni tampoco el tono en que fue pronunciada la frase. La memoria se desvaneció en el aire viciado de su edad adulta. No sé si volverán a por nosotros, sospecho que nos han olvidado con intensa dedicación desde que somos viejos o desde que nos ven viejos. Tengo frío. También tú tienes helada la superficie de las mejillas; además te niegas a moverte y mi abrazo no basta para calentarte. No pones nada de tu parte, Bruno. La verdad es que no les interesamos, no queremos entenderlos, ni ellos a nosotros. No somos sino una carga incómoda, recordatorio perenne pero caduco de su futuro. Algunos proclaman prescindir de años, antes de convertirse en nosotros, cuerpos encorvados, apoyados el uno en el otro. Les estorbamos en el paisaje. Sienten alivio cuando no salimos a la calle. Me gustaría hoy que esta circunstancia les alegrara, por lo menos se preguntarían dónde hemos ido. Cierras los ojos, claro, para ti siempre fue mucho más fácil no ver, si la visión no es de tu agrado. Debiera darte la razón, pero esta vez no lo haré, Bruno. No vienen a buscarnos porque nos han apartado de su memoria por algo más interesante que nosotros.
El panadero no ha venido hoy, quizás es día festivo, pues no he oído el portazo de la vecina. A veces llama para asegurarse que recibo la factura de la comunidad. Las más, para saber si seguimos vivos. Quiere esta casa para su hijo; aguarda con paciencia menguante; con impaciencia creciente.
Me saben un anexo tuyo, Bruno. Están seguros que velaré tus movimientos, tus gruñidos, hasta tus silencios. Una costumbre adquirida desde la voluntad hasta la obligación. Porque posees en mis brazos la poca fuerza que podemos reunir entre los dos. En mis ojos, pobres luceros glaucómicos, guardo la guía de nuestros pasos. Los años no te han cambiado en lo esencial. Eres orgulloso como lo eras de joven, mantienes esa postura rebelde. Continuaré paciente contigo, amor, esperaremos recordando los buenos tiempos, aquellos en los que demostramos a mi madre que no me pegarías jamás, al contrario que mi padre, pese a tus violentos arrebatos cuando las navidades y las comidas familiares estallaban en fuegos nada artificiales. Tan sólo fue tu pasión la que llegó a herirme la piel. Demostré que, pese a ser un mujeriego, no me abandonarías, privándome del honor de ser una esposa, sin dignidad, sin el recurso de tu cuerpo. Mi madre olvidaba que, aunque ella no me quería, tú sí. “Es demasiado guapo, alto y buen mozo para ti, insignificante libélula…” Libélula, así me llamaba porque confundía tal bonito bicho de alas brillantes con algún otro repugnante y viscoso; seguro que inventado por ella, a propósito para mí.
¿No pueden tardar mucho, verdad, Bruno? Revuelvo la noche con el día. La luz de esta bombilla resiste desde no sé cuánto tiempo. Aguanta más que nosotros. Dime que llamarán a la puerta, o que pasarán por las escaleras y les llamará la atención que no hayamos paseado hoy,  sacado la basura o cerrado la ventana al hilarse la tarde.
Tal vez el gato arañe la puerta para recibir mi caricia y mi regazo.
Te ofrecería algo de comer, pero temo que no querrás. Que sepas que yo tampoco comeré hasta que tú lo hagas. Desde que decidiste acostarte en el suelo, pareces ausente. Frío. No me contestas, no me hablas. No te mueves. Yo sigo con mis ideas traducidas a palabras, desgranando el tiempo, despacio, sin apresuramientos, mientras te abrazo. Rodearte apenas con mi cuerpo es un placer tan agradable como perderme por los pasados comunes y por los presentes silenciosos. Tal vez podría tratar de levantarme, pero sé que no podré conseguirlo. Llevamos mucho tiempo sin comer, abrazados sobre estas baldosas que trasmiten frialdad y permanencia. Cerraré los viejos párpados que nos han servido para contemplar juntos cada noche, cada mañana, cada día, y dormiré contigo.
El sueño nos aguarda, porque sé bien, Bruno mío, que no estarás enfadado todo el tiempo. En cualquier momento, respirarás hondo y me dirás algo, lo que sea, repetirás gruñidos que incluyan que se nos hace tarde, que soy una mujer lenta, que apenas necesitas de mí para coger el ascensor y que procure no olvidar esta vez, tu bastón. Que bastante has tenido ya que soportar en esta vida para que yo también emborrone tus últimos días. Sé que mi Bruno no habla en serio, que es débil para admitir que me quiere con desesperación. Teme avergonzarse por si acaso alguien descubre la verdad. Disimula, anda, di que no es cierto, responde, grita, envalentónate conmigo, insulta, discute, terquea. Nada, es inútil. No quiero creer lo que ha sucedido. Quieres dormir un sueño compartido, con esta libélula de alas ya arrugadas y marchitas. Te abrazo, repitiendo que te quiero.
Cierro la mirada contigo porque Bruno y yo somos un único ser, y como tal, esperaremos que se acuerden de nosotros.
¿Vendrán a buscarnos, Bruno? ¿Qué memoria nos sobrevivirá?
Menos mal que nos tenemos el uno al otro. Alguien aparecerá...
Durmamos mientras.

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